Por: Dr. Pedro Reino Garcés
Historiador/Cronista Oficial de Ambato
De pronto me encuentro con que tengo que hablarles de bomberos y luminarias, porque así me lo piden las circunstancias de esta ciudad que tiene que escuchar la palabra de la calle, y que tal vez lo crea que no sabe ni tiene por qué distinguir entre hablar y lenguar, que es una práctica de la ritualización en donde operan los discursos de prestado. Para ello, he tenido que buscar el origen de estas circunstancias: Los bomberos tienen que ver con el fuego, y las luminarias también. Parecería una contradicción pensar en la luz que sale del fuego y en los bomberos que se han formado para apagarlo. ¿Qué mismo hacen los bomberos? ¿Apagan la luz o la candela que ‘enciende al hombre’ y no sabe qué hacer con ella? El fuego puede írseles de las manos. Los bomberos (salvando la misión precautelatoria producida por accidentes) son la personificación de la ironía de nuestros pirómanos. Deben manejar claramente una filosofía del equilibrio con una clara identificación de los perversos.
El enredo nos viene desde la mitología griega con historias de Vulcano, desde los latinos que tenían “ignis” en lugar de “piros”. Digamos que los ‘ignis’ latinos no solo que veían la candela y su luz, sino lo encendido de las pasiones, que hasta llegaban a “arder”. ¿Hay bomberos para apagar las pasiones? ¿Se quema el hombre? ¿Cuánto de filosofía aprende un bombero? Es posible que tengamos que rebajarnos a palabras menos peligrosas. Digamos que los bomberos apagan las candelas, que son como nuestras estupideces, nuestros desatinos, porque no sabemos ni hemos podido manejar ni la luz ni las pasiones. Las pirotecnias también son entretenimientos de pirómanos. A muchos les he dicho que la pirotecnia es una especie de demagogia de la luz. Por eso entretiene a la gente.
Por ahora tengo que decirles que estas palabras pretenden ser también una luz, son una chispa en los objetivos de un pueblo que no solo busca arte, sino claridad, mucha claridad. Hay combustiones limpias y otras con mucha humareda. Vivimos entre muchos ahumaderos pestilentes y permanentes, físicos, palpables; así como mucho más numerosos metafóricos, inmorales. Los bomberos saben que tras los nubarrones no solo que está el peligro, sino la incertidumbre, que es más grave en la misión que busca salvar la vida del hombre.
En todo caso, en un acto relacionado con luminarias y bomberos, estamos como en el principio del mundo, y sería bueno tomar conciencia de nuestros elementos. ¿Qué clase de cenizas heredamos? ¿Las de los dioses o las de los demonios? ¿Será mucho pedir que la plebe no juegue con candela? ¿Cuáles son nuestros filósofos encargados de conducir las teas inmortales? ¿Será mucho pedir que cuidemos las luminarias que luchan contra toda oscuridad, y que también son hijas del fuego? Pensemos que estamos como en el principio, junto a los dioses de todas las culturas, en las faldas mismas de nuestros volcanes, ejercitando palabras y ratificando con los avances de nuestra propia sabiduría, los elementos que por ahora se vuelven indispensables para nuestra vida.