Para un órgano de prensa de conocida imparcialidad, como es el caso nuestro, pronunciarse sobre candidatos es asunto que no le corresponde. Una cosa es orientar, y otra, muy diferente, ejercer una presión determinada sobre el elector. Sin embargo, pensamos que es de vital importancia elegir a los hombres más capaces y honestos. Las inmoralidades, las componendas y enriquecimientos ilícitos son problemas morales que debemos remediar tajantemente.

Alguna vez debemos resolver nuestros problemas con objetividad y buen juicio. Es la tarea que nos corresponde para el futuro inmediato. Es el espíritu que debe animar a cada ciudadano al depositar su voto el próximo domingo 11 de abril, y la insobornable tarea que debe asumir responsablemente cada uno de los elegidos, quienes tendrán en sus manos el porvenir o la destrucción de la Nación.

El acto electoral que se avecina tiene trascendental importancia para el futuro nacional, ya que de los hombres que elijamos depende el futuro mediato e inmediato del país.

En esta comedia de enredo que estamos viviendo en el Ecuador, o si lo prefieren, en este vodevil lleno de puertas para que los personajes entren y salgan cada poco, sin decir apenas más que bobadas, parece  que hemos llegado, por ahora, al menos, al último acto.

El país exige que gobernantes, políticos y politiqueros, contralores y procuradores, fiscales y jueces actúen honestamente sin hacernos creer que la corrupción prospera por causa de la insuficiencia legal. La verdad es que la corrupción es fruto de la negligencia de las autoridades y de un culto generalizado por el dinero fácil, en una comunidad que admite y permite que los medios sean justificados por el fin.

Los descarrilamientos que se han dado en el país, que parecen descubrir un cáncer de venalidad e inmoralidad en los nervios del mismo gobierno, son eminentemente reparables. El pueblo ecuatoriano espera que los  nuevos mandatarios que resulten electos el próximo domingo  comiencen a repararlos con mano implacable, sancionando a amigos y compadres que estén involucrados en actos de corrupción. Los multimillonarios no deberían existir.

Hay que eliminar la inequidad que la generan los malos gobiernos y los empresarios de derecha. Los empresarios tramposos tienen mayores reticencias a aumentar los salarios mínimos.  La gran contribución de los gobiernos progresistas o de izquierda ha sido el mejoramiento de los salarios mínimos. La diferencia con los gobiernos de derecha es notable.

Hace tan solo una generación teníamos un trabajo y los empresarios obtenían ganancias, desde luego, pero era un trabajo seguro, podíamos recurrir a los sindicatos, podíamos ponernos enfermos porque estábamos protegidos, podíamos irnos de vacaciones y trabajar ocho horas al día. El sueldo nos permitía vivir con dignidad. Ahora, nuestros hijos no tienen seguridad en el trabajo, no tienen afiliación al Seguro Social, no ganan ni el salario mínimo de un profesional con alta preparación académica, cobran sus sueldos con factura y siguen siendo despedidos sin indemnización.

¡Hay que detener el avance del neoliberalismo!

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