La historia omnisciente. Andrade Reimers en ejemplos. 1978

Pedro Reino - Wikipedia, la enciclopedia libre

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Por: Dr. Pedro  Reino Garcés

Historiador-Cronista Oficial de Ambato

No vamos a quedarnos en la definición básica de la omnisciencia que significa “saber o conocer”. Hay que tener una capacidad casi divina para asegurar que alguien “puede conocer o saber sobre las cosas reales y posibles” como afirmaciones a priori. Entrar en terrenos “de lo posible” por pura imaginación, es ficción. Y una redacción con ficción es parte del quehacer literario más que de la objetividad histórica. Solo en estos campos un autor es como un Dios que afirma o niega lo que expone porque se supone que es “el que todo lo sabe”.

Hay una categoría de omnisciencia que se la denomina inherente, que más bien hace que un autor diga que, como si un escritor lo supiera todo, redacte y afirme todo lo que desea. Un autor omnisciente debe ser un erudito, como premisa; pero esto no le deja la total libertad para que lleve a un lector ingenuo a creer en sus aseveraciones como categorías de verdad absoluta. La misma erudición más el sentido crítico serían el antídoto para contrarrestar estas categorías, sobre todo en tratándose de aspectos científicos o verdades que flaqueen de subjetividad, como sería el caso de la credibilidad que necesita la historia.

El lector ingenuo decodifica como verdades las tergiversaciones y hasta los engañosos sofismas de los llamados ´actos de habla´. Un historiador que asevera sin fundamento termina de falsario, o en el mejor de los casos, acaba haciendo historieta. Esto, sin contar con la implicación ideológica a que tiene derecho en pro de favorecer a los personajes de su simpatía, o a las circunstancias que determina la apología.

Andrade y Reimers publicó su libro apologético sobre Atahualpa, llamándolo “Hacia la verdadera historia”. Lo editó la CCE por 1978. Esto quiere decir hasta ahora, que las demás escritas o que se escribieren, carecerían de veracidad, puesto que es un título de un autor omnisciente. Bajo esta premisa lo leímos sin opción a la réplica. El planteamiento es que los ecuatorianos-destinatarios, debemos enorgullecernos con la prole de nuestros conquistadores, por todos “los bienes” que significan las conquistas. Atahualpa: “Nacido a comienzos del siglo XVI…creció en la fortaleza o centro administrativo de las faldas del Pichincha… pudo contemplar con alegría y optimismo la obra constructora de su padre para compensar las guerras pasadas. En las ciudades de Caranqui, Otavalo, Cayambe, Mulaló, Latacunga, Muliambato, Mocha y Riobamba vio levantarse hermosos templos y cómodas residencias imperiales de acuerdo a las características arquitectónicas de los incas.” (p 83). Que un invasor venga, destruya y reedifique sus “cómodas residencias imperiales” merece nuestro aplauso ¿Verdad? Los vencidos: contentos.

El escritor omnisciente nos asegura que Atahualpa “pudo contemplar con alegría y optimismo la obra constructora de su padre para compensar las guerras pasadas”. ¿Oyó de Atahualpa decir esto? Ni siquiera habían llegado los cronistas castellanos para decir que lo tomaron de alguna “versión de la oralidad”. Estamos frente a dos conceptos de la subjetividad: alegría y optimismo. ¿En qué momento de su vida habría sentido Atahualpa lo que asegura Reimers? ¿Cuándo fue adolescente o cuando estuvo en prisión? Si tales conceptos los tomó de alguna fuente ¿por qué no los cita? De todos modos serían subjetivos. ¿Cuáles serían los sentimientos de los pueblos vencidos? Pensemos sobre todo en los caranquis que fueron degollados por el padre de Atahualpa y arrojados a la laguna que pasó a llamarse “Lago de sangre (Yaguar cocha)” en quichua, redenominada por los incas conquistadores suplantando la lengua caranqui. Los historiadores nos han convertido en atahualpistas.

Otra pequeña muestra: Huayna-capac “Tuvo amores con una princesa indígena de Caranqui y de ella obtuvo el más noble e inteligente de sus hijos, el príncipe Atahualpa (p. 83). El autor relata como testigo al decirnos: “tuvo amores” pero no sabe si se consolidó semejante sentimiento con esa princesa indígena caranqui anónima, parte de la cultura sometida. Luego asegura que Atahualpa era “el más noble e inteligente de sus hijos” ¿Han leído que se dice que los incas tenían hijos por cientos? Pero resulta que el escritor sabe que Atahualpa fue el más noble e inteligente. ¿Qué mismo es un noble? ¿Cómo se midió su inteligencia? ¿Y por qué el mismo autor relata más adelante que, ya para morir, Huayna cápac dejó “el Sur para su hijo de sangre ciento por ciento incaica, Huáscar, y el Norte para su querido hijo mestizo, Atahualpa.?” ¿Por qué le minimiza? ¿Quién asegura que esto hizo Huayna capac? ¿Por qué no cita la fuente de este “testamento” o el origen de este mito?. Pero estamos en el camino de ir comentando “la verdadera historia” que todavía sirve de apoyo a la identidad ecuatoriana…

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