
Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Director Colección Taller Literario, Cuenca (Ecuador)
Los días lunes, en la Unidad Educativa del Milenio ¨…¨, es usanza formar en el patio a los reos a fin de cumplir con lo que el currículo penitenciario dicta. De este modo, una vez los presos -uniformados por supuesto-, están colocados en columnas, empieza el espectáculo. El show lo dirige el alcaide junto a sus guías penitenciarios de más confianza. Para empezar, se les obliga a cantar, airosos, un himno del que las personas privadas de la libertad no tienen idea; eso sí, vigilan muy de cerca que la mano derecha repose extendida sobre el costado izquierdo de cada pecho. Acto seguido ordenan a los guardas y sus canes que controlen, al máximo, la disciplina. Pues, a todas luces, no se puede tolerar que exista el mínimo ruido o movimiento, mientras el gobernador de la prisión emite sus comunicados semanales. Después, otro himno -aún peor que el primero- y, con el propósito de enseñar el folclore de la cárcel, un grupo de convictos exponen una temática que les importa menos que el tiempo que les queda para salir libres. Al final, los presos pasan, acompañados de su guía carcelario, a sus celdas compartidas, hacinadas, pestilentes.
Las instalaciones de estas instituciones dan terror, provocan pánico, engendran escalofríos. Hay, normalmente, dos o tres bloques frívolos cercados, repletos de cámaras de vigilancia, puertas de aluminio que se asemejan a barrotes y sirenas que disponen del tiempo y de la voluntad de los pobres diablos que han caído en este establecimiento de ¨rehabilitación social¨. No obstante, lo que más produce espanto es la actitud que han adquirido la mayoría de los estudi… perdón, la mayoría de los presos cuando necesitan pensar por sí mismos. Es decir, ellos esperan que el segurata les diga exactamente lo que deben hacer, ni siquiera son capaces de ir al tocador sin, previamente, haber pedido autorización: no es mentira ¡Permiso para ir al baño! Por estas y varias razones más urge hacer un motín, resquebrajar todo tipo de sistema, abolir todo orden que se considere ¨normal¨. Estos inocentes son los que, realmente, necesitan el Habeas Corpus.
Proseguiría con el relato de lo que sucede puertas adentro de cada celda; pero quien suscribe no es más que un triste aspirante a guía.
De justicia, innovación y solidaridad, nada.