
Foto: Wikipedia
Por: Dr. Pedro Reino Garcés-Cronista Oficial de Ambato
Don Felipe Carcelén de Guevara y Sánchez de Orellana, fue el señor suegro del atribulado Mariscal don Antonio José de Sucre; pues casó con la primera de sus hijas: Mariana que fue la heredera de los títulos nobiliarios. No hay cómo dejar de mencionar sus ancestrales títulos de nobleza. Fue el VI Marqués de Solanda y el V de Villarrocha. Había nacido en Quito en 1765. El 19 de junio de 1803 contrajo matrimonio con la joven Teresa de Larrea y Jijón, hija de un capitán del ejército acantonado en la ciudad de Otavalo.
Tratar de entender las contradicciones de la época es lo que quiero reflexionar con mis lectores que tendrán otras razones para asumir este tema. En primera instancia, digamos ¿por qué un Marqués, dueño de fortuna y de reconocimientos de privilegio, servidor de la administración realista, que había ocupado el puesto de Primer Alcalde Ordinario del Cabildo colonial de la ciudad de Quito; de estar casado con una hija de un capitán de un ejército español; de haber sido el cobrador de las rentas quiteñas que se aplicaban a los indios, sencillamente porque nacían indios; ¿por qué fue que se volvió un extraño luchador por la independencia de España, a tal punto que fue a dar con sus huesos en la cárcel de Quito, de donde salió en libertad después de la batalla del 24 de mayo? ¿Qué le movió a este importante señor a ser parte de una red de espionaje en favor de la causa independizadora, que se sabe, tenía informado a Sucre de los movimientos del enemigo? ¿Qué le habría movido a este señor a formar parte de la Revolución Quiteña del 10 de agosto de 1809, en cuya Junta de Gobierno fue representante y vocal?
Salta a la vista que se trata de un desubicado de su casta, de una curiosa “oveja negra” surgida en los rebaños de la más rancia oligarquía expoliadora. De alguna manera rápida, digamos que en general, la revolución del 10 de agosto de 1809, fue movida por una “aristocracia intelectual” quiteña, que tenía reflexiones objetivas sobre el discrimen con que eran tratados por los gachupines peninsulares que llegaban a ocupar puestos burócratas, con menos capacidad y menos ilustración que los indianos nacidos en estas provincias sometidas a los caprichos de la realeza peninsular.
Un cholo o un mestizo instruido, como un Espejo con capacidad de publicar luces en medio de sombras de arrogantes gritones y fomentadores de odio, es lo que hizo mover los cimientos de la chicha del pensamiento colonial. Digamos ahora que una cosa es tener una oligarquía intelectual y culta; y otra diferente es estar gobernada por una oligarquía ciega, estancada, desinformada, fanática y posicionada en el esquema de sus prebendas.
De mi lectura del libro Sucre en el Ecuador, escrito por Luis Andrade Reimers (1982), tomo una cita que me parece oportuna: “Don Felipe, por tendencia natural debía sentir gran afición por la lectura y parece que por aquellos años se enfrascó en el estudio de los filósofos de la Revolución Francesa. Probablemente de esto nació en él una tendencia cada vez más acentuada a defender el derecho de los americanos a su independencia de España. En consecuencia, había tomado parte activa en el movimiento emancipador de Quito, originado el 10 de agosto de 1809, aunque la cauta oposición de su esposa le había librado de figurar públicamente en el número de los patriotas militantes. Su coideario, amigo y pariente Vicente Aguirre, trató siempre de encubrirlo, aunque él mismo debió figurar abiertamente entre los insignes patriotas y sufrir mucho en los años subsiguientes por la causa de la libertad.” (p. 164).
Don Felipe debió haberse complicado su vida por tener que actuar a dos fuegos. Los quiteños sabían que él era el “Tesorero de la Santa Cruzada; pero también el Representante del barrio de La Catedral ante la Junta Soberana de Quito”. Luchar estando dentro de un sistema dependiente de un vigilante, como debió haber actuado el presidente de la Audiencia, le habrán sobrevenido las consecuencias que relata Andrade Reimers: “Desde los trágicos días del 2 de agosto de 1810 parece que las cosas fueron empeorando para la familia Carcelén-Larrea, pues en cada disturbio callejero de la ciudad las autoridades españolas solían hacer caer sus represalias y multas sobre las propiedades agrícolas del Marqués de Solanda. Además, don Felipe, siendo por ley agente de retención del tributo per-cápita que debían pagar los indígenas a la Corona española, anualmente tenía que entregar al erario de Quito más de 3.000 pesos por este concepto. Luego, en los últimos años los constantes reclutamientos para el ejército realista le habían privado de sus mejores hombres en el trabajo de las haciendas.
Por todas estas circunstancias don Felipe Carcelén, apenas tuvo noticias seguras sobre la llegada del general Sucre a Guayaquil, contra las protestas de su esposa, le había despachado varios de sus esclavos, uno de los cuales fue aquel Felipe Padilla que hemos visto, el cual parece que al comienzo lo traicionó pero luego fue uno de los soldados de Sucre en la Batalla de Pichincha”. (p. 165)