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Por: Dr. Pedro Reino Garcés,
Cronista Oficial de Ambato
Uno de los aspectos que menos se ha estudiado en nuestro medio, sobre todo porque es del campo de la antropología y la sociología, a más de la etnohistoria, tiene que ver con las razones que encubren las palabras usadas por los quichua-hablantes en cuanto tienen que ver con las relaciones de parentesco.
Partamos del hecho más próximo y sencillo. Nosotros, occidentales hablantes de español tenemos una sola palabra que cambia de género con /o/ o con /a/ y decimos hermano o hermana; y se lo emplea, tanto dicho por un varón como por una mujer. El caso que pervive es que en las sociedades andinas, no solo quichua hablantes, esto no es así porque depende del género de quien está en la posición de hablante. Cuando yo digo que tengo huauki estoy diciendo que soy varón y que tengo hermano. Cuando yo digo que tengo turi estoy diciendo que soy varón y que tengo hermana. Mi hermana en cambio me dice pani porque soy varón; y si se dirige a su otra hermana, le dice ñaña.
¿Qué significa todo esto en el imaginario y en las formas de relación de afectos y desafectos en los indígenas? ¿Nos hemos detenido a pensar en que están ligados a teorías de acercamientos o distanciamientos intra y extra familiares? Y lo que es más, ¿sabíamos que las formas de tratamiento y palabras de las relaciones familiares tienen directamente que ver con las cuestiones de las estructuras del poder y las concesiones o prohibiciones con que operaban en su mundo de relación social jerarquizada? Yo creo que no sabemos nada.
Veamos algunas consideraciones que puedo comentarles de este quebradero de cabeza en el que me he metido por culpa de un libro que me ha traído el azar del destino: Reyes y Guerreros de Tom Zuidema, 1989. Si solo entre hombres se puede decir que son huauqui, y solo entre hermanas son ñaña, se ha establecido un mundo para varones y otro para mujeres bajo un criterio de horizontalidad y a la vez de paralelismo. No existen según el decir de los mestizos, los “ñañitos” en boca de varones, a no ser que los miren como afeminados, tanto el que lo dice como el que oye; pero más en la boca de quien lo dice. Solo las mujeres pueden tener “panas”. El varón que trata de “pana” a otro varón se está poniendo en un plano feminoide, y si no le gusta el trato por convicción puede ser rechazado o es que se está autodelatando.
El referido libro dice categóricamente que las sociedades indígenas no ponían apellidos a familiares. Cuando llegaron los españoles les armaron un pachakutik; es decir que el mundo se les puso al revés porque les hacían pertenecer a ayllus y panacas que son categorías muy diferentes a lo que traen los diccionarios elementales. El ayllu se establece mediante lazos de parentesco; y las panacas por vínculos de jerarquía. Pero pensemos cómo se daba un tejido social entre estas categorías cuando se enlazaban.
Digamos entonces que así como los varones llevan una genealogía masculina, también entre los vinculados a panacas, las mujeres llevaban su propia dinastía femenina heredando el “apellido” materno. No lo hacían justamente vía apellidos (que es lo que pasó en la colonia con los líos que no entendieron los escribanos ni los jueces), sino mediante palabras claves que juntaban a los nombres, mediante las cuales se evidenciaba la filiación. Si a un nombre le seguía el término quichua «caca” un nativo entendía que se trataba de un hermano, o de una madre; o de un hermano y su esposa o a un padre y su esposa, en línea de dependencia de un superior genealógico hermano de la madre, de quien se esté hablando. Cuando se añadía al nombre el término “ipa” va por lo femenino porque se refiere a una hermana o al padre de la hermana del esposo (p. 56)
En mis indagaciones sobre genealogías dinásticas aborígenes yo había notado que los escribanos coloniales, seguramente respetando la información de los nativos, a los varones les daban o ponían el apellido paterno; y a las mujeres el materno. Por eso entendí que las mujeres Sinailín en Tungurahua pertenecen a una élite dinástica. Esto sería de ver si el tratamiento pertenece realmente a la cultura pantsalea, en donde está el apellido Sinailín; o es un esquema traído por los mitimaes en el incario.
Según el estudio de este antropólogo holandés, Tom Zuidema, que estuvo en el Perú por 1955, las formas de tratamiento habrían enloquecido a cualquiera porque depende de quien tome la palabra, si es hombre o mujer, para que le cambie todo un vocabulario. Imaginémonos una disputa frente a un juez de la colonia por el derecho a las dinastías de cacicazgos. Por eso es que la iglesia decía “que te perdone Dios y que te entienda el diablo”.
Una nota, para nosotros relevante, es la palabra “huahua” /guagua/ que la usamos en el mestizaje para varones y mujeres indistintamente. Con este término nos referimos para niños / niñas; y en trato afectivo hasta a muchachos de pubertad o jóvenes en general. Pero la fuente indica que dicho término significa “hijo o hija” cuando habla una mujer; pero tenía también por significado de nieto o nieta en labios de una abuela. Cuando habla el hombre tiene que decir “churi” al hijo, y “ususi” (ushushi) a la hija. Si hacemos un comentario al mal uso que se ha generalizado en el español coloquial mestizo, al decir “huahuas”, o quien lo diga, está asumiendo un rol de hablante femenino.