El insecto más molesto del verano es también el animal que más muertes humanas causa, por las enfermedades que propaga. Pese a su apariencia simple, para localizar a sus presas y alimentarse de su sangre emplea un complejo sistema sensorial que los estudios han detallado en los últimos años, y que explica por qué somos tan dispares ante los picotazos.

Es la plaga entre las plagas del verano, la más universal y de la que nadie se libra. En buena parte del mundo es mucho más que una simple molestia: el mosquito es el animal más letal del planeta para los humanos, debido a las infecciones que transmite. Frente a unas 100 000 muertes anuales por mordeduras de serpientes, apenas una de las enfermedades propagadas por los mosquitos, la malaria, mata cada año a más de 600 000 personas.
Pese a tratarse de una amenaza tan grave como familiar, solo recientemente han comenzado a conocerse con detalle los mecanismos que permiten a los mosquitos localizarnos y picarnos. Con ello, hemos empezado a comprender también por qué pican a unas personas más que a otras, algo mucho más complejo de lo que tradicionalmente han contado los mitos populares.
No buscan el peculiar alimento para su propia nutrición, sino la de su futura prole: necesitan las proteínas de la sangre para fabricar los huevos
Por lo tanto, en estas especies son solo las hembras fecundadas las que pican, mientras que los machos se bastan con jugos vegetales. Pero ¿por qué prefieren la sangre de una especie, o de unos individuos frente a otros?
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Una amenaza creciente
Lo cierto es que, si hablamos de mosquitos en general, estamos muy lejos de ser su plato favorito: de más de 3 700 especies conocidas hasta ahora, solo un par de centenares pican a los humanos, en torno a un 6 %. La mayoría son oportunistas, aprovechan casi cualquier fuente de sangre que se les presente.
Entre los que nos prefieren en su menú, destacan tres géneros. Culex incluye el mosquito común, C. pipiens, el más abundante en España y otros países. Es el típico mosquito nocturno; aunque su picadura no suele provocar más que picor e incomodidad, también puede transmitir virus como el del Nilo Occidental o ciertas encefalitis.
En España existen casos de dengue y de Virus del Nilo Occidental, y los Anopheles de la malaria también están presentes
En nuestras latitudes, los mosquitos raramente son portadores de enfermedades, pero el peligro aumenta con el ascenso de las temperaturas a causa del cambio climático. Especies tropicales se han extendido a zonas templadas: el Aedes aegypti ha llegado al norte hasta las islas británicas.
En España existen casos de dengue y de Virus del Nilo Occidental. Los Anopheles de la malaria también están presentes, por suerte aún sin transmisión del parásito, si bien los estudios alertan de una expansión de la enfermedad con el calentamiento.

La posibilidad de que el dengue se convierta en una enfermedad endémica en el Viejo Continente es un escenario real

Según el epidemiólogo Raimundo Seguí López-Peñalver, de la Universidad Internacional de Valencia, “la posibilidad de que el dengue se convierta en una enfermedad endémica en el Viejo Continente es un escenario real”.
Para el biofísico del Instituto Tecnológico de Georgia David Hu, que ha investigado el vuelo de estos insectos, “las personas están perdiendo la guerra contra los mosquitos”. Hu lanza una pregunta: “¿Cómo pueden encontrarnos tan fácilmente unos animales tan simples?” En la respuesta podría encontrarse la solución.
La pista de la respiración
Dicha respuesta empieza por la pista primaria que guía al mosquito hacia su alimento. Y qué mejor que utilizar como señal algo que todas sus presas expulsan al respirar: dióxido de carbono (CO2). Los mosquitos detectan el CO2 por medio de pelos sensoriales o sensilias en sus palpos maxilares, unos apéndices en la mandíbula. Y son capaces de oler este gas desde una gran distancia; algunas publicaciones hablan de 10 metros, otras de hasta 50.
Pero el CO2 también está presente en la atmósfera, por lo que los insectos deben ser capaces de captar pequeñas fluctuaciones para distinguir a sus víctimas del ruido de fondo y encaminarse hacia ellas. Así, reconocen variaciones de hasta un 0,01 % en el nivel de CO2, lo que les permite seguir la estela de densidad creciente del gas hacia su objetivo.
El CO2 es el estímulo que dispara el programa de ataque y aguza otros sentidos, la visión y la respuesta a otros olores
“Los insectos son muy buenos encontrando fuentes de olor en muchas condiciones de viento”, dice. Sus investigaciones recientes indican que pueden recordar las rachas de aire que les llevan estímulos olorosos para buscarlas de nuevo.
Además, el mosquito tiene que saber cómo ignorar otros múltiples focos que expulsan CO2 y de los que no puede sacar ningún provecho, como los automóviles o las chimeneas. Para ello cuenta con la ayuda del resto de sus sentidos, incluyendo la visión y la detección del calor.
Estas informaciones se integran en el sistema que controla la navegación. El CO2 no solo es el estímulo que dispara el programa de ataque, sino que además aguza otros sentidos: pone la visión en alerta y aumenta la sensibilidad y la respuesta a otros olores.
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Olor a humano
El primero de estos dos sentidos, la visión, es el que inicia la identificación de un emisor de CO2 como una fuente potencial de alimento. El reconocimiento visual del mosquito opera a 5-15 metros, pero sus ojos simples apenas rinden una imagen borrosa y pixelada que no es de gran utilidad para diferenciar a un humano de un mueble o un arbusto. El insecto debe acercarse y sobrevolar los posibles objetivos para descubrir cuál de ellos es picable.
En esto continúa ayudándole el olor del CO2, que mantiene al mosquito en el rastro de su presa y motivado para encontrarla. El gas activa además la atracción visual hacia ciertos colores.
La piel exuda más de 500 compuestos volátiles, y la evolución de los mosquitos los ha entrenado para reconocer docenas de ellos
Al aproximarse a menos de 20 centímetros, se olvida del CO2 para no aterrizar por error en la nariz o la boca, centrándose en el calor —sus antenas detectan el infrarrojo— y la humedad de nuestra piel junto con otro rasgo definitivo: el olor corporal. La piel exuda infinidad de compuestos volátiles; se han identificado más de 500, y muchos más aún no se conocen. La evolución de los mosquitos los ha entrenado para reconocer docenas de ellos. La atracción de estos insectos hacia componentes del sudor humano se conoce desde los años 60.
Por fin, a solo tres centímetros de distancia, todos los indicios le confirman al mosquito que somos su próxima cena; se posa, nos prueba mediante los receptores de sus patas y finalmente nos pica, para después levantar el vuelo sin que lleguemos siquiera a notar el pinchazo. Lo que sí sentiremos después es el picor insistente, provocado por la histamina que segrega nuestro cuerpo como reacción alérgica a la saliva del atacante.
¿Por qué a mí?
El último factor confirmatorio, el olor corporal, es la clave de cómo los mosquitos nos distinguen de otros animales: los humanos tenemos nuestra propia firma olfativa que incluso es peculiar según la zona del cuerpo. En parte, depende de la microbiota de la piel. Por ejemplo, a los mosquitos les atrae el olor de los pies. Un estudio mostró que al Anopheles de la malaria le cautiva el queso belga Limburger, fabricado con las mismas bacterias de los pies.
Es más, el olor explica lo que todos sabemos por experiencia: en cualquier grupo de personas siempre hay alguna que es un imán para los mosquitos. La mitología popular lo ha atribuido a razones infundadas, como una sangre más dulce.
No es cierto, aunque sí podría influir el grupo sanguíneo; según algunos estudios, los mosquitos prefieren a los individuos con sangre de tipo 0. El antígeno propio de cada grupo puede secretarse en el sudor o la saliva, y es posible que los mosquitos lo huelan. Sin embargo, hay resultados discrepantes a este respecto.
Las mujeres con embarazo avanzado exhalan un 21 % más de CO2, lo que cuadra con la observación de que reciben más picotazos
También rezumamos más ácido láctico con el ejercicio físico, lo cual es una muestra de que no todo es genético; condicionantes ambientales o relacionados con la actividad pueden afectar a nuestro atractivo para los mosquitos.
Igualmente, al hacer deporte desprendemos más CO2, sudamos y nos acaloramos. Es conocido el caso de las mujeres con embarazo avanzado: exhalan un 21% más de CO2, lo que cuadra con la observación de que reciben más picotazos.
“Si no causaran tanto sufrimiento, quizás admiraríamos a los mosquitos”
La argucia de los virus
Todo lo anterior describe el proceso de alimentación del mosquito hembra, que el bioingeniero de Caltech Michael Dickinson, coautor de algunos de estos estudios, califica como “una manera bastante elegante de buscar comida”.
A ello se ha podido llegar gracias a diversas líneas de investigación a lo largo de años y con enfoques muy diversos: los experimentos clásicos se basaban en introducir mosquitos en compartimentos con estímulos o, aún peor, en exponer la piel de los propios científicos a los picotazos.
La infección con malaria, dengue o zika causa un olor corporal más atrayente para los mosquitos que transmiten dichas enfermedades
Sobre esto último, experimentos con ratones han mostrado que la infección con el parásito de la malaria o con virus del dengue o el zika causan un olor corporal más atrayente para los mosquitos que transmiten dichas enfermedades.
Según el coautor de estos trabajos Penghua Wang, de la Universidad de Connecticut, “cuando los mosquitos no infectados pican a estos huéspedes atractivos, pueden después picar a otras personas y extender más el virus”.
Podría decirse que la evolución ha llevado a estos patógenos a inventar una argucia para aumentar su propagación. El trabajo de Wang ha descifrado cómo funciona: la infección con dengue o zika aumenta la población cutánea de bacterias Bacillus, las cuales fabrican acetofenona, un atrayente para los mosquitos.
Cerveza, cannabis y sexo
Para Wang, “una mejor comprensión de cómo un virus interactúa con un huésped puede ofrecer nuevas estrategias para prevenir y tratar las enfermedades transmitidas por mosquitos”. Pero aún falta mucho camino por recorrer.
Un estudio durante un festival indica que quienes han bebido cerveza son un 44 % más apetecibles para los mosquitos
Aunque se ha sugerido como explicación tentativa un cambio en el olor corporal, lo cierto es que se ignora el mecanismo. El mismo estudio encontraba que los fumadores de cannabis eran un 35 % más atractivos para los mosquitos, y un 46 % más quienes habían dormido con alguien la noche anterior.
Los autores de la Universidad Radboud escriben con cierta sorna que a los mosquitos “les gustan los hedonistas entre nosotros”. Pero todo ello sugiere que la influencia de factores relacionados con los hábitos aún es un capítulo por escribir.

Quedan cuestiones abiertas sobre mezclas específicas de olores que atraen más a los mosquitos, y hay un interés continuo en diseñar mejores repelentes

“Pienso que quedan cuestiones abiertas sobre mezclas específicas de olores que atraen más a los mosquitos, y hay un interés continuo en diseñar mejores repelentes”, señala Van Breugel. Por el momento y “para un humano con la esperanza de evitar las picaduras de mosquito, nuestros resultados subrayan un número de realidades desafortunadas”, escribían en un estudio Van Breugel, Dickinson y sus colaboradores.
Su conclusión: por lo que sabemos hasta ahora, la estrategia de búsqueda de víctimas de los mosquitos es “fastidiosamente robusta”.



