Incendios, mucho más que combustible

Cada verano, cuando los incendios forestales vuelven a ocupar las portadas, reaparecen también las mismas explicaciones y las mismas soluciones aparentemente sencillas. «Hay que limpiar los montes». «El problema es el combustible». «Después habrá que restaurarlo todo». Son frases comprensibles y bienintencionadas, pero que, repetidas una y otra vez, terminan simplificando un fenómeno extraordinariamente complejo. Y las soluciones sencillas rara vez funcionan para los problemas complejos.

Incendio de Burgohondo (Ávila)

Un hombre observa uno de los pinares arrasados por el incendio de Burgohondo (Ávila) en el Parque Natural del Valle de Iruelas. / EFE/ Raúl Sanchidrián

Quizá el primer paso para gestionar mejor nuestros ecosistemas sea, precisamente, poner un poco de orden en las ideas. Un incendio forestal no es un único problema, es la suma de varios procesos diferentes que conviene no confundir. Una cosa es la ignición, es decir, cómo comienza un fuego. Otra muy distinta es su propagación, condicionada por la meteorología, la topografía y las características de la vegetación. Y otra diferente es la restauración del ecosistema una vez extinguido el incendio.

Cada uno de estos procesos está gobernado por factores diferentes y exige respuestas también distintas.

En el debate público, sin embargo, solemos mezclar todos ellos. Hablamos de prevención cuando en realidad nos estamos refiriendo a la extinción; denominamos restauración cuando pensamos en reforestación; y hablamos de combustible cuando nos referimos a organismos vivos que forman parte de ecosistemas enormemente complejos.

Un bosque no es únicamente aquello que puede quemarse, es el hogar de miles de especies. Regula el ciclo del agua. Protege el suelo frente a la erosión. Almacena carbono

Este último ejemplo merece una reflexión. En ecología del fuego, llamar combustible a la vegetación es técnicamente correcto. Es un término físico que describe la capacidad de un material para arder bajo determinadas condiciones. Pero cuando esa palabra abandona el ámbito científico y pasa al lenguaje cotidiano, corremos el riesgo de reducir un bosque a una sola de sus muchas propiedades.

Un bosque no es únicamente aquello que puede quemarse, es el hogar de miles de especies. Regula el ciclo del agua. Protege el suelo frente a la erosión. Almacena carbono. Modera las temperaturas locales. Sustenta redes tróficas de enorme complejidad. Conserva patrimonio natural y cultural. Produce bienes y servicios esenciales para nuestra economía y nuestro bienestar.

Incluso quienes nunca pisan estos montes se benefician diariamente del aire que respiramos, del agua que bebemos, de la regulación climática o de la conservación de la biodiversidad que estos ecosistemas hacen posible. Y solo bajo determinadas circunstancias, ese mismo bosque puede actuar también como combustible.

Reducir un ecosistema a esa única propiedad sería tan limitado como definir una biblioteca únicamente por el papel que podría arder en un incendio

Reducir un ecosistema a esa única propiedad sería tan limitado como definir una biblioteca únicamente por el papel que podría arder en un incendio. Sería olvidar precisamente aquello que intentamos conservar. Y esto es de vital importancia porque la forma en que describimos un problema condiciona inevitablemente las soluciones que consideramos razonables.

Esta simplificación también condiciona la forma en que entendemos la restauración ecológica. Tras un gran incendio es frecuente escuchar que ahora «hay que devolver el bosque a su estado anterior«. Sin embargo, la naturaleza no dispone de un botón para deshacer lo ocurrido.

Recuperar funciones, no solo paisajes

Hay que entender que un ecosistema no está formado únicamente por árboles. También lo integran el suelo, los microorganismos, los hongos, las redes de interacción entre plantas y animales, la estructura del paisaje, la diversidad genética de las poblaciones y multitud de procesos ecológicos que han tardado décadas o siglos en desarrollarse. Algunas de estas características pueden recuperarse relativamente deprisa. Otras necesitarán mucho tiempo. Y algunas jamás volverán a ser exactamente iguales.

Por eso la restauración ecológica nunca significa reconstruir una fotografía del pasado. Supone favorecer que el ecosistema recupere, en la medida de lo posible, su funcionamiento, su biodiversidad y su capacidad para seguir proporcionando beneficios a la sociedad en un escenario ambiental que, además, continúa cambiando.

Hay que recordar además que tampoco existen recetas universales. Una actuación adecuada para un pinar mediterráneo puede resultar innecesaria o incluso contraproducente en un robledal atlántico

Hay que recordar además que tampoco existen recetas universalesUna actuación adecuada para un pinar mediterráneo puede resultar innecesaria o incluso contraproducente en un robledal atlántico o en un bosque maduro de montaña. Las especies son distintas. Los suelos son diferentes. El clima cambia. También lo hacen la historia de perturbaciones, los usos del territorio y las necesidades sociales. La buena gestión ecológica consiste precisamente en comprender esas diferencias, no en ignorarlas.

«Limpiar el monte», una expresión engañosa

Esto explica por qué expresiones aparentemente simples como «limpiar el monte» generan tanta confusión. ¿Qué significa exactamente limpiar? ¿Eliminar toda la vegetación? ¿Reducir determinados organismos que en condiciones muy concretas pueden convertirse en combustibles? ¿Favorecer una mayor heterogeneidad del paisaje? ¿Recuperar usos tradicionales compatibles con la conservación? Dependiendo de la respuesta, estaremos hablando de actuaciones muy distintas y con consecuencias ecológicas también muy diferentes.

La ciencia difícilmente ofrecerá respuestas sencillas a problemas complejos. Pero sí puede proporcionar algo extraordinariamente valioso: un método para distinguir qué sabemos con bastante certeza, qué seguimos investigando y qué decisiones dependen, además del conocimiento científico, de los valores y prioridades que como sociedad decidamos adoptar.

Quizá ese debería ser el verdadero objetivo de la gestión forestal del futuro: construir protocolos consensuados, transparentes y adaptativos, fundamentados en la mejor evidencia científica

Quizá ese debería ser el verdadero objetivo de la gestión forestal del futuro: construir protocolos consensuados, transparentes y adaptativos, fundamentados en la mejor evidencia científica disponible y capaces de integrar, de forma explícita, las diferentes sensibilidades sociales. Porque los bosques no pertenecen únicamente a quienes viven junto a ellos, ni solo a quienes obtienen de ellos un rendimiento económico. Sus beneficios alcanzan a toda la sociedad, muchas veces de forma silenciosa e invisible.

Gestionar bien nuestros bosques exige mucho más que apagar incendios. Requiere comprender cómo funcionan los ecosistemas, utilizar con cuidado las palabras con las que los describimos y recordar que aquello que intentamos proteger vale mucho más que su capacidad para arder.

Los bosques forman parte de la infraestructura ecológica que sostiene nuestra propia existencia, aunque muchas veces solo reparemos en ellos cuando arden

Los bosques forman parte de la infraestructura ecológica que sostiene nuestra propia existencia, aunque muchas veces solo reparemos en ellos cuando arden. Quizá cuando todos empecemos a mirarlos como lo que son en su conjunto, también empezaremos a gestionarlos mejor.

Luis Navarro es catedrático de Botánica en la Universidad de Vigo. Su investigación se centra en la ecología y conservación de la biodiversidad, la biología reproductiva de las plantas y la restauración de ecosistemas. Compagina la actividad científica con la divulgación y el asesoramiento en gestión y conservación del medio natural.

Fuente: SINC
Derechos: Creative Commons.
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