
Podríamos titular este artículo también como “el poder de los relatos” o “el poder de las historias que nos contamos”. En cierto sentido, estas afirmaciones ya implican ciertos significados, aunque, en su contexto, “el poder de las ficciones” me parece más apropiado para hablar del reciente filme argentino de Hernán Goldfrid, “Lo dejamos acá” (2026), que, por otro lado, cuenta con las actuaciones de Ricardo Darín y Diego Peretti, dos monstruos del cine de ese país. Cabe indicar que esta película está en las plataformas de streaming.
“Lo dejamos acá” es una comedia sobre el psicoanálisis. Desde ya, en la película se indica que Argentina tiene el mayor número de profesionales de la salud mental, lo que sugiere que gran parte de su población, en particular la urbana, es paciente de algún profesional del ramo. A partir de ello, el protagonista es un psicoanalista que practica métodos poco corrientes para inducir la cura de alguna persona. Y no solo eso, también tiene un ego que le permite superar cualquier reto o situación sin más.
En el camino, otro individuo le pide su ayuda: se trata de un novelista connotado que sufre una crisis creativa, quien además reconoce que su método de escribir ingiriendo bebidas alcohólicas le resulta ahora insuficiente; como el psicoanalista, cuyo nombre es Ulises Verón, el escritor, Martín Bouchard, es, a la par, otra persona con un ego singular.
La película cuenta, desde ya, con la participación de dos actores, quienes realizan un trabajo conjunto que, a ratos, divierte y, en otros, llama la atención, porque, de lo que se trata, en el contexto de la sociedad del espectáculo, es acerca de la presencia y la tensión entre dos formas de actuar y de representar personalidades.
Goldfrid los aprovecha hasta el punto de que la sola presencia de ambos en cartelera es ya una especie de apuesta segura, hecho que ha llevado a que “Lo dejamos acá” se sitúe en algunas semanas entre las películas de plataformas y produzca una variedad de opiniones contrapuestas, no solo de críticos, sino también de las propias audiencias en las redes sociales.
La cuestión de fondo es si el psicoanalista debería intervenir con soluciones expeditas en los conflictos de los pacientes, haciéndoles creer que, en efecto, han llegado a curarse. El título de la película, “Lo dejamos acá”, en realidad alude a esta situación como si fuera la culminación de un proceso por fin resuelto. En asuntos de salud mental, la película parece revelar que la solución a los problemas que todos buscan es la que se busca, cuando la realidad puede ser otra: una cosa es la parte psicológica de las personas y otra la dimensión corporal, que tiene más que ver con la medicina.
Y es aquí donde el trabajo de Darín y Peretti, de la mano de Goldfrid, es sugerente. Pues lo que vemos es un psicoanalista que pretende reinventar el psicoanálisis. Curiosamente, su nombre, Ulises Verón, alude, si se quiere, a dos acepciones: Ulises, “el que causa dolor”, pero también “el astuto”, y Verón, “el honesto”. En otras palabras, vendría a ser el psicoanalista cuyo exceso de honestidad, que raya en la astucia, puede causar cierto daño con su quehacer: para quienes trabajamos en semiótica, la figura del argentino Eliseo Verón nos resuena y es posible que por este efecto podamos hallar algún sentido a “Lo dejamos acá”, sobre todo en su resolución. Dejo esto de momento en suspenso.
Por otra parte, en cuanto al personaje Martín Bouchard, se puede decir que el nombre señala al guerrero y el apellido tendría que ver con alguien que es visto como “recio como un fortín”; dicho de otro modo: un escritor que se presenta (o es visto) como un recio guerrero que enfrenta toda adversidad. Cabe reafirmar el hecho, en la trama de la película, de que lo que vemos, además de dos actores de renombre, son dos egos en pugna: uno que impone y otro que se pretende enfermo, pero que requiere probar su propia fortaleza.
De lo que va la película, entonces, es como un psicoanalista, aprovechándose de su profesión y posición, va más allá de la voluntad de su paciente para inducirlo a hacer cosas y, por otro lado, lo controla hasta el punto de que le hace creer que su cambio ha sido por su propia convicción. Y, asimismo, trata de un profesional de la salud mental que emite dictámenes que quienes le consultan asumen como si fueran decisiones de verdad. Es claro que Verón sabe manipular las situaciones y a las personas, así como sabe sembrar en ellas imágenes que tendrían algo de positividad, aunque esta positividad, paradójicamente, derive de una voluntad negativa. Contra ello, nos topamos con otro profesional, de las letras que es consciente en la manipulación de la imaginación. ¿No hay algo de narcisista en este hecho?
Algo con lo que juega el filme de Goldfrid es precisamente con esa vieja cuestión que atraviesa toda existencia humana: para vivir, se requiere que alguien confirme o refute una presunción propia o, mejor dicho, que todos necesitamos siempre de alguien que nos cuente o nos diga algo. Y ese alguien, en sentido figurado, tiene un poder que, en este caso, o en el de la vida de las personas en general, radica en la palabra.
Verón, en este sentido, es una autoridad; su poder es médico-psiquiátrico. Michel Foucault lo ha estudiado tanto en “El nacimiento de la clínica” como en “El poder psiquiátrico”. Para él, aparte de que la medicina normaliza el desequilibrio social dado por alguna enfermedad, el poder psiquiátrico tiene la potestad de intervenir en la misma voluntad de los individuos, hasta el punto de hacer producir una nueva identidad.
En la película, esto lo podemos ver en las tácticas inductivas que Verón realiza con inteligencia (por algo, incluso él se presenta en la televisión no solo como un “consejero”, sino también como un “incitador” o como un desarticulador de historias). El encuentro con el escritor Bouchard es, desde ya, un reto, pues este, pese a que simule estar con un problema de bloqueo, al mismo tiempo es capaz de cuestionar su autoridad y posicionamiento. ¿Y cómo se da este hecho?
Bouchard también tiene el poder de la palabra. Él escribe novelas, historias o relatos que concitan atención: se dice de él que es un “bestseller”. Aunque pareciera problemático parangonar dos tipos de personas, lo que constatamos es que ambos sí tienen ese poder: para uno, la palabra es ordenadora; para el otro, desorganizadora en apariencia. Sin embargo, algo que es interesante considerar es que el escritor tiene un poder distinto del que el psicoanalista trata de aprovechar. Este analiza e interpreta las palabras de los pacientes y trata de reorientarlas hacia otras significaciones tal vez más “constructivas”.
El novelista construye o fabula historias con palabras, aunque sabe controlar lo que estas implican en los imaginarios de los lectores. Empero, insisto, la pugna es entre dos egos que tienen para sí el poder de las palabras. ¿Cómo lograr ordenar el mundo ficcional de los escritores? La respuesta parece ser clara: es intervenir en la novela, trabajando los relatos ficticios como si fueran reflejo de la realidad. Esta no es una afirmación de la película, sino la confirmación de algo que no es tan nuevo pero que merece recordarse: nuestras vidas están traspasadas de ficciones, de la misma manera que requerimos de dichas ficciones para seguir dando sentido a nuestras existencias.
Es aquí donde podemos retomar al viejo Eliseo Verón (no a Ulises Verón, el personaje de “Lo dejamos acá”). Recordemos sus libros, “Conducta, estructura y comunicación” y, posteriormente, “La semiosis social”. Opuesto a Foucault respecto del poder como una acción, Verón plantea que el poder, más bien, si bien implica la sujeción de alguien sobre otro semejante, es sobre todo el efecto de un tipo de discurso: “un sistema de relaciones entre un discurso y sus condiciones (sociales) de reconocimiento”.
Una cosa es el discurso psiquiátrico, cuyo efecto se matiza en hechos sociales y de espectáculo en la película de Goldfrid (pienso en la escena del restaurante, cuando el psiquiatra por poco condiciona al amante de una paciente suya, sin contar los programas matinales de televisión donde la consulta médica se mezcla con las noticias del momento). Y otra es el discurso literario cuyo efecto tiene que ver con la producción de significados en el orden de los imaginarios y las imaginaciones de tipos de sociedades. Pero yendo más allá de los postulados de Verón, el semiólogo, ¿no estamos constatando en realidad el poder de las propias ficciones, esas que, insisto, permean toda existencia humana?
Digamos que Verón, sea el semiólogo como el psicoanalista, así como Bouchard, el novelista convertido de pronto en un escritor naturalista (porque radiografía las patologías de la sociedad donde él mismo vive y participa), en cierta medida dialogan y llevan más allá las tesis de Jacques Lacan. Este connotado psiquiatra francés planteaba (tomando en cuenta las tesis del inglés Jeremy Bentham, muy conocido por sus planteamientos sobre la cárcel y la vigilancia), en uno de sus seminarios, que todo discurso sea médico o psiquiátrico implica un tipo de ficción cuyo efecto es la producción de realidad significante para quien sea: es decir, “la verdad tiene estructura de ficción”. La ficción no es una falsedad; al contrario, implica el poder de las palabras en el mismo sentido en que todo ser humano habita y es producto de las palabras.
Cuando llegamos a la última parte de la película, cuando los personajes han tocado fondo con las ficciones que ambos fabricaron, producto de sus interacciones, de sus egos, de sus ansiedades y de sus apuestas, nos desconcierta el giro por el que corre luego “Lo dejamos acá”. De hecho, perturba tal giro, aunque también seamos conscientes de que la trama nos ha ido manipulando. Tal giro, de pronto, nos saca de la realidad ficcional del argumento para introducirnos abruptamente en otra realidad, más ficcional: es el cine dentro del cine, es la novela hecha cine, es la unión de dos egos que pareciera que se divierten con las expectativas y los deseos de los espectadores. Y es que, si leemos a pie juntillas la forma del relato cinematográfico, es para darnos cuenta de que el mismo cine es también una forma de discurso psiquiátrico-ficcional por la cual nos sentimos auscultados. Ahí nos damos cuenta de que habría falsificación de historias y de situaciones, donde la autoridad es también una ficción: saber manipular es tener la capacidad de inventar cosas y situaciones o hechos.
¿Podemos reafirmar entonces los postulados de “Lo dejamos acá”, a sabiendas de que hay muchas cuestiones que tienen que ver con aspectos éticos, con señalamientos a la banalización de las prácticas médicas o literarias, con insinuaciones respecto al espectáculo de la vida humana? La película es inquietante; a veces predecible, otras insólita. La apuesta con dos monstruos del cine argentino puede ser arriesgada, pero hace que el juego de significaciones abiertos que deja planteado sea interesante para, precisamente, provocar.
Cabe sumar a esto un trabajo audiovisual en el que el espectador se sumerge: más allá de las actuaciones, hay una historia que se sostiene con un montaje dinámico, al modo de un thriller, una fotografía que a ratos enfatiza claroscuros y en otros momentos luminosidad para resaltar dos polos en los que la realidad representada se estructura: la negatividad y la positividad. Si tuviéramos que seguir el comentario común, podríamos decir que el filme se sostiene bien hasta cierta parte hasta resentirse en su resolución; pero, retomando la propuesta de lectura que planteo en este artículo, diría más bien que “Lo dejamos acá” es una singular lectura de eso que muchas veces no queremos reconocer: el poder de las ficciones, a través de las palabras (y las imágenes) que dan sentido a nuestras realidades, por más que estas también sean puras ficciones.