La escultura española en Quito

La instalación de las primeras órdenes religiosas en Quito y la construcción de iglesias y conventos hicieron necesaria la importación de las imágenes religiosas indispensables para el culto católico. Los proveedores naturales de esas obras fueron los escultores españoles, que lo hicieron a través de Sevilla, el único puerto autorizado para el comercio con las colonias de ultramar.

En España la escultura tuvo su edad de oro entre 1580 y 1680. El tema religioso prácticamente monopolizó la atención de los artistas, que usaron la madera como soporte para sus obras y que desarrollaron un dominio impresionante de la policromía para decorarlas. Las ciudades de Sevilla y Granada concentraron a los escultores y talleres más renombrados y desde allí se surtió gran parte de la demanda de imágenes religiosas generada por las colonias americanas.

El oficio de escultor fue producto de una larga tradición, que incluía un amplio dominio de la anatomía y de las técnicas del tallado y la policromía. Tanto en España como en América, los secretos del oficio se aprendían en los gremios y en los obradores o talleres, bajo la dirección de un maestro debidamente autorizado.

El proceso de producción

Lo primero era elaborar un boceto y seleccionar la madera –generalmente cedro o roble-, después se procedía a desbastarla, operación encomendada a los aprendices. Una vez concluida la talla, se colocaban varias manos de yeso con el fin de corregir las imperfecciones. Antes de clocar las láminas de pan de oro, se pasaba una capa de Bol de Armenia.

En la fase del acabado de las obras participaban los pintores. Si la vestimenta de la imagen se iba a decorar con la técnica del estofado se cubrían las láminas de pan de oro con pintura al óleo. Para hacer visibles los motivos se aplicaba la técnica del esgrafiado, que consistía en realizar la serie correspondiente de incisiones con el garfio hasta mostrar la capa de oro, con este procedimiento se conseguía imitar la apariencia de los más hermosos brocados. Si el acabado era con la técnica de la policromía, se prescindía de la capa de pan de oro y la decoración se pintaba con oro, directamente sobre al escultura.

Si el diseño preveía exhibir la piel de la imagen en el rostro, las manos, los pies o el torso, los pintores recurrían a la técnica conocida como “encarnación”, que podía ser brillante o mate. Hasta 1630, los ojos se tallaban como parte de la imagen, después de esa fecha se volvió una práctica común esculpir la cabeza de la imagen en dos piezas, con el propósito de colocar los ojos de vidrio, que se pegaban en las órbitas. Luego se acoplaban las dos piezas, tan estrechamente, que la unión era casi invisible. Eventualmente, la cara no se tallaba sino que era fundida en plomo, constituyendo una mascarilla que se superponía a la cabeza de la imagen y luego se pintaba.

No siempre los escultores tallaban toda la imagen. En el caso de las llamadas “de vestir”, se acababan sólo la cara, las manos y los pies. El cuerpo de la imagen era tallado de forma elemental porque se lo “vestía” con los brocados y sedas más lujosos. También, se optaba por usar tela encolada, que luego se moldeaba y pintaba de acuerdo con el diseño de la estatua.

Tomado del libro “ 200 años de escultura quiteña”, editado por Xavier Michelena.

EcuadorUniversitario.Com

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