No es ninguna sorpresa que durante largo tiempo a las mujeres se les negó el acceso a estudios y carreras científicas. Lo sorprendente es que, pese a ello, pudiera surgir una oleada de astrónomas que, sobre todo en el siglo XIX y en los países anglosajones, persiguieron, observaron y estudiaron eclipses solares viajando por todo el mundo.

Quien le pida información a internet sobre mujeres y eclipses puede que se tope con antiguos mitos según los cuales estos fenómenos astronómicos acarrean riesgos de deformidad o muerte para un feto en gestación; junto con los correspondientes rituales de protección y, naturalmente, la información científica que desmiente todas estas supersticiones. Cómo no, las búsquedas sobre hombres y eclipses devuelven resultados con un cariz muy diferente.
Es solo un detalle que revela cómo, pese a los avances, en pleno siglo XXI aún persiste cierto poso de invisibilización; si bien nada comparable a la que en su día sufrieron las investigadoras que nos han legado buena parte del conocimiento que hoy tenemos sobre los eclipses solares, y que nos ha ayudado a entender el Sol y nuestra propia Tierra. Sus valiosos logros se impusieron a las trabas sufridas por su condición de mujeres, a menudo eclipsadas ellas mismas por maridos o supervisores.
Así funcionan los eclipses solares: ¿por qué, cómo, cuándo, dónde?
Acusada de bruja por “bajar la Luna”
El ejemplo más antiguo lo encontramos entre los siglos II y I a.C. en la región griega de Tesalia, donde vivió la astrónoma Aglaonice. Si es que realmente fue así; aunque aparece mencionada en escritos de Plutarco y otros autores, su existencia no se da por segura. Es posible que la referencia a ella englobe a un grupo de mujeres que fue conocido como las “brujas de Tesalia”. Su brujería, se decía, era el poder de “bajar la Luna”.
Aglaonice habría tenido acceso a los calendarios mesopotámicos de eclipses, y por ello se habría creído que era ella quien hacía desaparecer la Luna
Aunque existen referencias a la predicción de un eclipse solar por parte de Tales de Mileto en el siglo VI a.C., de ser cierto se presume que el filósofo griego se habría basado en el conocimiento babilónico.
Igualmente, Aglaonice habría tenido acceso a los calendarios mesopotámicos de eclipses. Pero entonces no era habitual conceder a las mujeres excesivo crédito en materia de conocimiento, y por ello se habría creído, o tal vez hecho creer, que era ella quien hacía desaparecer la Luna. Ya existiera Aglaonice o fuese un nombre ficticio, lo que muestra el caso es que, desde muy antiguo y durante siglos, la ciencia en manos de mujeres fue juzgada como hechicería.
La astrónoma china que simulaba eclipses
La predicción de los eclipses tardaría siglos en dominarse en otras regiones, mucho antes en China que en Occidente. Es allí donde aparece el siguiente nombre femenino: de 1768 a 1797, solo 29 años, vivió Wang Zhenyi. Los impedimentos para que una mujer se dedicara al estudio de las ciencias no eran menores entonces en China que en Europa. Pero el talento germina si se abona, y por fortuna Wang contó con padres y abuelos que le facilitaron una formación científica, a lo que ella unió el estudio autodidacta de la ciencia oriental y occidental.
Los estudios de Wang Zhenyi sirvieron para desmontar creencias de la época, incluyendo la noción de la Tierra plana
Además de la astronomía, cultivó disciplinas tan diversas como las matemáticas, la medicina, la geografía, la poesía o las artes marciales. Para una vida tan corta dejó una profusa obra, incluyendo varios trabajos científicos y divulgativos, junto con una amplia colección de poemas. Fue pionera en la defensa de la igualdad entre hombres y mujeres. Se cree que fue la malaria la causante de su muerte prematura, sin dejar descendencia que continuara su obra.
La antigua historia de los eclipses solares y qué nos han enseñado
Carrera científica, solo para hombres
No fue hasta el siglo XIX cuando la ciencia comenzó a definirse como una profesión. Hasta entonces había sido una afición de caballeros acomodados. Pero continuó siendo una ocupación de caballeros; no de damas, “debido a las barreras institucionales y sociales en la época, empezando por las limitaciones en las opciones educativas”, expone a SINC Megan Rhian Briers, del Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia, que trabaja en una tesis doctoral sobre las mujeres en el trabajo astronómico de campo en el siglo XIX.
En el siglo XIX la ciencia comenzó a definirse como una profesión, pero continuó siendo una ocupación de caballeros, no de damas
Por si fuera poco, en particular la observación de eclipses planteaba sus propios retos. Según Stevenson, “las expediciones solían ser a ubicaciones remotas sin instalaciones ni comodidades, y requerían equipos, medios y conexiones diplomáticas para cruzar fronteras”. Todo lo cual, prosigue la historiadora, implicaba que era esencial formar parte de un grupo, ya fuera universidad, observatorio o sociedad científica, sin desdeñar la conveniencia de disponer de riqueza propia. “Para una mujer, si tenía niños, era aún más difícil”.
El florecimiento de las astrónomas
Frente a estos obstáculos, es sorprendente que en el siglo XIX surgiera una pujante oleada de mujeres que consiguieron inscribir su nombre para la posteridad en la ciencia de los eclipses, principalmente en los países anglosajones. La Royal Astronomical Society (RAS) de Londres aceptó en 1835 a las dos primeras mujeres, Mary Somerville y Caroline Herschel, pero solo como miembros honorarias. La equiparación aún estaba lejos; en cambio, la British Astronomical Association (BAA) acogió a las mujeres desde su fundación a finales del XIX.
La Royal Astronomical Society aceptó en 1835 a las dos primeras mujeres, Mary Somerville y Caroline Herschel, pero solo como miembros honorarias
Una excepción a esto último es quien suele aparecer en lo más alto de la lista de aquellas investigadoras, la irlandesa Annie Scott Dill Russell, quien ya trabajaba en el Real Observatorio de Greenwich cuando se casó con un astrónomo, su supervisor, Edward Walter Maunder.
Russell había estudiado en Cambridge, sin recibir titulación porque no se concedía a las mujeres, y las normas la obligaron a dejar su trabajo al casarse. Nada de ello le impidió convertirse en una referencia en la fotografía de eclipses y el estudio del Sol. “Su trabajo fue muy innovador y original”, cuenta a SINC Silvia Dalla, física solar de la Universidad de Lancashire. Para fotografiar un eclipse en India en 1898, diseñó una cámara con un gran angular que le permitió capturar el rayo más largo de la corona solar que se había registrado.
Annie Russell Maunder diseñó una cámara con un gran angular que le permitió capturar el rayo más largo de la corona solar que se había registrado
Intrépidas y aventureras
Una peculiaridad de la investigación sobre eclipses es que no pueden llevarse al observatorio. Como apunta Stevenson, este trabajo exigía desplazarse a lugares remotos, en un mundo menos accesible y globalizado que el de hoy. Maunder participó en expediciones de la BAA a Noruega, India, Mauricio, Canadá y Argelia. En esta última, para presenciar el eclipse total del 28 de mayo de 1900, viajaron también dos hijas de un anterior matrimonio de su esposo, Edith e Irene, junto con las también astrónomas de la BAA Catherine Octavia Stevens, Lilian Martin-Leake y Mary Acworth Orr (de casada Evershed).
La investigación sobre eclipses exigía desplazarse a lugares remotos, en un mundo menos accesible y globalizado que el de hoy
Las dos, junto con una tercera, Elizabeth Brown, solicitaron en 1892 el ingreso como socias de pleno derecho en la RAS; “pero en el voto secreto no se alcanzaron los dos tercios necesarios de apoyo de los socios masculinos”, explica Dalla.
Brown fue una intrépida cazadora de eclipses: en 1887 viajó con su prima segunda Martha Louisa Jefferys a Rusia, y dos años después ambas repitieron en la isla caribeña de Trinidad. La propia Brown financiaba sus expediciones; organizó la de Trinidad como alternativa a las dos oficiales enviadas por la RAS a otros lugares.

Las contribuciones de las mujeres fueron omitidas en las fuentes en las que se ha basado la historia de las expediciones de eclipses

Según un estudio dirigido por la historiadora de la astronomía y las matemáticas Deborah Kent, de la Universidad de St. Andrews, la comunidad astronómica ignoró su trabajo: “Brown y Jefferys son invisibles en los informes oficiales”.
“Las contribuciones de las mujeres fueron omitidas en las fuentes en las que se ha basado la historia de las expediciones de eclipses”, señala Kent a SINC. “Las observaciones de las mujeres podían cuestionarse, requerían verificación adicional o quedaban incluidas en los informes de los hombres”. Brown describió sus propias experiencias en dos volúmenes, In Pursuit of a Shadow (1887) y Caught in the Tropics (1890).
Los eclipses que nos dieron la velocidad de la luz
Computadoras humanas
Fuera de las islas británicas, al otro lado del Atlántico cabe reseñar a Elizabeth Thompson (de casada Campbell), a quien Stevenson define como “avezada observadora de eclipses, capaz de manejar telescopios, equipo fotográfico y espectrógrafos para analizar la composición química de la corona solar”; o a Maria Mitchell, de quien se dice que fue la primera astrónoma profesional de EE UU al incorporarse en 1865 al observatorio del Vassar College de Nueva York. En 1878 lideró una expedición cien por cien femenina a Colorado, con cinco de sus alumnas.
En 1878 Maria Mitchell lideró una expedición cien por cien femenina a Colorado, con cinco de sus alumnas
En Australia despuntó Annie Louisa Trehy (de casada Dodwell), que en 1910 dirigió una expedición a la isla de Bruny, junto a Tasmania. Aunque las nubes impidieron la visión del eclipse, los cambios de temperatura registrados durante la totalidad fueron de interés.
Tampoco la aportación de las mujeres a la observación de los eclipses se limitó a las científicas. Según Briers, “si ampliamos el concepto de lo que significa hacer astronomía, encontramos mujeres por todas partes: colaborando desde casa, en las expediciones, escribiendo informes para audiencias generales o especializadas”.
Preparaban las campañas, operaban equipos, recogían datos; eran colaboradoras, esposas, hijas… Para Kent, “está bien documentado que el trabajo de las mujeres permitía a los hombres hacer investigación científica”.
La aportación de las mujeres no se limitó a las científicas: preparaban las campañas, operaban equipos, recogían datos
España, pocos ejemplos históricos
Y ¿qué hay de España? “La investigación en astronomía no se desarrolló aquí con el mismo auge que en otros países europeos, hay pocas figuras destacables y prácticamente todas son hombres”, resume a SINC Carme Jordi, astrónoma de la Universitat de Barcelona. Jordi apunta que actualmente las mujeres aún suman algo menos de un tercio de la comunidad astronómica española; es imaginable su escasísima representación en el pasado.
Las mujeres aún suman algo menos de un tercio de la comunidad astronómica española
En tiempos más recientes, en la segunda mitad del siglo XX, Jordi destaca a la barcelonesa Maria Assumpció Català i Poch, que “durante más de 30 años investigó manchas solares y realizó cálculos sobre órbitas y eclipses”. Salvando a estas valiosas pioneras, la rara presencia histórica femenina, se lamenta Jordi, “dificulta que las mujeres tengan ejemplos a seguir”.

La rara presencia histórica femenina dificulta que las mujeres tengan ejemplos a seguir




