
Interrogatorio al infinito
Por: Rodrigo Murillo Carrión
Machala, Ecuador
*
Explorando la transparencia del vacío,
los recodos del firmamento,
los dominios de la oscuridad;
observando los faros del camino
en su interminable vereda,
el vanidoso conocimiento
ha llegado al principio y al final
de nuestra gran morada, el universo.
Acercándose al cielo de los dioses,
venciendo su miedo atávico,
abrió una ruta hacia lo improbable,
perforó las barreras de lo imposible,
y se apropió del tiempo absoluto.
A su regreso,
hemos venido a plantearle nuestras dudas:
¿Dónde floreció el germen de la vida,
esa primera partícula del amor?
¿Cómo obró el prodigio de su multiplicación a partir de la nada?
¿Cuándo, en su metamorfosis,
se hizo de espíritu gigante
y conquistó la Tierra?
Quizás, desde las murallas
que levantan las estrellas fronterizas,
hubiese dado una mirada furtiva
al otro lado de nuestra eternidad;
persiguiendo reliquias y cacharros,
vestigios de dimensiones escondidas;
unas frágiles vibraciones de algo,
o un trueno retumbante,
la fuente de aquella fuerza irresistible,
que se enuncia con la ecuación perfecta
y la palabra mayúscula: Amor
Dime ciencia: ¿Has descubierto
una galaxia, una estrella, una luna,
o quizás un mundo nuevo
donde se hubiere fundido
esa invisible materia original;
donde se encendieron
el magnetismo y el calor
que precipitan las mentes y corazones
en la sublime emoción que es el amor?
En la Tierra no encuentro su lugar,
o acaso deambulan por todas partes,
¿estarán mimetizados
en los entresijos del horizonte nocturno?
¿Amanecen y se mueven sobre
ansiosos rayos de luz?
Más parece un milagro,
la respuesta es, un milagro,
el amor es un milagro,
de aquellos fenómenos
que la ciencia es incapaz de explicar
y que una elocuente humanidad
los ha entendido desde siempre.
Y mientras el cerebro busca y discurre,
mi corazón no perderá la paciencia;
no le importa, seguirá amando,
y el mundo también seguirá amando,
frente al silencio del infinito.