La investigadora desgrana las posibilidades terapéuticas de las comunidades microbianas que habitan nuestro organismo o por qué todavía no podemos utilizarlas para personalizar la atención médica. Advierte, asimismo, sobre los riesgos de que las redes sociales conviertan hipótesis científicas en tratamientos sin evidencia, como ocurre con el denominado SIBO.

Para Rosa del Campo (1970, Logroño), vivimos en ‘la era de la microbiota’: ya no basta con describir qué microorganismos nos habitan, sino que queremos entender qué funciones desempeñan, cómo condicionan la respuesta a los tratamientos y hasta qué punto pueden usarse para prevenir o curar.
Investigadora posdoctoral durante 27 años en el Servicio de Microbiología del Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid, hace un año pidió una excedencia para volver a su tierra y continuar su labor en la Facultad de Medicina de la Universidad de La Rioja. Pionera del trasplante de microbiota fecal en España —lo puso en marcha en el Ramón y Cajal en 2015 para tratar la infección por Clostridium difficile— y colaboradora del CIBER de Enfermedades Infecciosas (CIBERINFEC), conversó con SINC sobre esos retos, que abordó a finales de julio en Santander, durante el curso de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) Microbioma humano y ambiental: ciencia, emprendimiento y sociedad.
¿Cómo han evolucionado sus líneas de investigación?
Mi línea central siempre ha sido la resistencia a antibióticos, pero hemos derivado hacia el estudio de la microbiota y la ecología microbiana en la salud y en la enfermedad. En 2015, un grupo holandés demostró que el trasplante fecal curaba la infección por Clostridium difficile, una bacteria anaerobia que causa diarreas en hospitales y afecta sobre todo a personas mayores que han tomado muchos antibióticos.

Empezamos con un banco de donantes sanos y administrábamos las heces, manipuladas lo mínimo posible, por colonoscopia

Ese mismo año me encargaron poner en marcha el programa de trasplante fecal del Ramón y Cajal. Empezamos con un banco de donantes sanos y administrábamos las heces, manipuladas lo mínimo posible, por colonoscopia; después evolucionamos hacia las cápsulas, en las que concentramos la microbiota para tomarla por vía oral.
¿Por qué cree que estamos en ‘la era de la microbiota’?
En medicina nunca nos ha interesado lo que no nos infectaba, nunca hemos estudiado la microbiota como factor de enfermedades a largo plazo. Ahora vemos que contribuye al cáncer colorrectal, el párkinson o el alzhéimer, y buscamos nuevas formas de diagnóstico que antes ni imaginábamos, igual que tampoco imaginábamos que un microorganismo pudiera causar cáncer y hoy lo tenemos claro.
También lo digo en el sentido de la prevención: ¿podríamos analizar la microbiota a los 20 años y estimar el riesgo de un cáncer colorrectal a los 60? Lo estamos tratando de perfilar.
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¿Qué fue antes: una microbiota alterada que aumenta el riesgo de enfermar o es la enfermedad la que altera la microbiota?
Nuestros estudios son una foto de una situación. Comparo 50 pacientes con 50 controles y miro su microbiota, pero eso no me sirve, necesito una película dinámica.
Lo que sabemos es que cada persona tiene su propia microbiota: aunque inoculásemos a todos las mismas bacterias, cada uno seleccionaría unas u otras. Eso no lo vamos a poder controlar en todas las enfermedades.

Lo que sabemos es que cada persona tiene su propia microbiota: aunque inoculásemos a todos las mismas bacterias, cada uno seleccionaría unas u otras

Por ejemplo, cuando encontramos un cáncer de colon, tenemos dudas de si lo que vemos es la causa o la consecuencia de un ambiente proinflamatorio pretumoral que selecciona determinadas bacterias. De hecho, rara vez obtenemos conclusiones sólidas.
Otro gran problema es que no está definida la composición de una microbiota normal o sana; llevamos 20 años intentándolo y no lo hemos conseguido, por la gran variabilidad individual. Pero ya no nos importa tanto la composición como la funcionalidad: si falta una bacteria pero otra puede cumplir su función, me da igual cuál esté. Quiero saber qué están haciendo.
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Entonces, ¿tiene sentido hacerse hoy un análisis personalizado de la microbiota?
No, ninguno, y hay que informar a la población de que no se hagan test de microbiota porque no están validados, no tenemos puntos de corte para nada. Además, alarman mucho a la gente, cuestan un dineral y, después, no tenemos forma de modificar esa microbiota. Encima, derivan en la toma de antibióticos, porque al no existir una definición de normalidad, todo sale ‘alterado’. Se recetan antibióticos, algunas personas mejoran síntomas como la hinchazón o el dolor, y cuando termina el tratamiento, los síntomas vuelven.
¿Puede explicar en qué consiste el SIBO y por qué considera que no tiene base científica?
Hay un problema grande con el SIBO [siglas en inglés de sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado], que se diagnostica a personas que se hinchan, no toleran ciertos alimentos o tienen molestias frecuentes, a menudo con mucho estrés de por medio. Pero es un diagnóstico sin base científica porque ni siquiera existen puntos de corte: a alguien con síntomas le hacen un test de metano, dicen que produce demasiado, le dan antibióticos, luego probióticos… y entra en un círculo vicioso.

[El SIBO] es un diagnóstico sin base científica porque ni siquiera existen puntos de corte

En teoría se asocia a un sobrecrecimiento que no existe como tal; puede haber un cambio de fermentación de aerobia a anaerobia, pero las pruebas diagnósticas tampoco están validadas, y pueden dar positivo en personas sanas y sin síntomas. La mayoría de gastroenterólogos y microbiólogos no creemos en el SIBO, pero en la privada sigue habiendo mucho negocio alrededor.
¿Cómo es el circuito habitual de estas personas?
Suelen acabar en una clínica privada donde les hacen test de microbiota de 400 o 600 euros y les recomiendan probióticos, dietas o antibióticos. Como la mayoría no resuelve el cuadro, acaban cronificando y siguen tomando de todo.
Suele ser gente formada, con grupos en Facebook o Instagram dedicados al tema, donde también circula mucha información mal aconsejada. Cuando llegan al hospital, a veces llevan dos años con restricciones alimentarias muy severas y piden un trasplante fecal, que no les hacemos porque no está indicado; la única indicación aprobada hoy es erradicar el Clostridium difficile.
Sabemos que buena parte de la microbiota se fija en los primeros años de vida. ¿Podemos cuidarla de forma sana?
Es complicado, porque no hay estudios de seguimiento desde que naces hasta que mueres, siempre es esa foto de la que hablábamos, pero sí sabemos que existen comunidades microbianas: no se trata de una bacteria en concreto, sino de toda una comunidad, y se modifica con los hábitos, la dieta, los viajes, el estrés… También sabemos con certeza que los alimentos ultraprocesados contienen aditivos que influyen negativamente en la microbiota, y que conviene reducirlos y comer producto fresco.
Modificarla sería una herramienta terapéutica interesante, pero no es tan sencillo, porque cada persona tiene la suya y no vamos a poder intervenir a fondo en esas comunidades. Mucha gente piensa que si está deprimida es porque tiene ‘una microbiota de deprimida’ y que basta con cambiársela, pero eso no va a poder hacerse.

Le digo a la gente que si quiere un trasplante fecal, que coja la línea 6 circular del metro de Madrid y dé un par de vueltas

Estamos expuestos a millones de microorganismos cada día —le digo a la gente que si quiere un trasplante fecal, que coja la línea 6 circular del metro de Madrid y dé un par de vueltas— y, aun así, nos quedamos con los que se asocian a nuestras células y a nuestra comunidad microbiana. Esa estructura no se cambia fácilmente.
Entonces, ¿qué se puede personalizar hoy en la práctica clínica?
Estamos intentando personalizar tratamientos oncológicos, como en pacientes a los que se les da inmunoterapia para el cáncer y no responden. Tenemos, por ejemplo, un proyecto con el Hospital Puerta de Hierro (Madrid) para trasladar microbiota de pacientes respondedores a los que no responden. También estudiamos, en personas con infecciones urinarias de repetición, eliminar los uropatógenos mediante trasplante fecal, y su papel en la erradicación de bacterias multirresistentes.
Pero, hoy por hoy la personalización no existe, no tenemos herramientas para hacerlo caso por caso, aunque esperamos tenerlas en el futuro, igual que esperamos poder asignar el riesgo de determinadas enfermedades en función de la microbiota de cada persona.
¿Qué podría ocurrir de aquí a cinco años?
En cinco años quizá no haga falta un trasplante fecal completo para tratar el Clostridium difficile, sino eliminar bacterias concretas —con fagos, por ejemplo— o añadir otras que puedan reemplazarlas, en lugar de introducir todo el ecosistema de un donante.

Hoy por hoy la personalización no existe, no tenemos herramientas para hacerlo caso por caso

Seguro que seguiremos sin saber qué bacteria influye en el párkinson o el alzhéimer —eso tardará mucho más, porque no va a ser una sola bacteria, sino toda una comunidad—, pero avanzaremos en la funcionalidad de la microbiota; no tanto quién está, sino qué hace.
¿Cómo funciona en la práctica ese trasplante fecal?
La única indicación actual sigue siendo la diarrea por Clostridium difficile. Son personas que ya han tomado muchísimos antibióticos y a las que, para erradicar el clostridium, se les dan otros, como vancomicina o fidaxomicina, que también destruyen la microbiota. Como ya se les han dado tantos, directamente les damos el trasplante fecal.
Pero si quisiéramos cambiar la microbiota de alguien con infecciones urinarias de repetición, algo que de momento solo está en investigación, sí tendríamos que dar antes antibióticos que se concentran en el intestino, para reducir la microbiota del receptor antes de administrar la del donante.
¿En qué otras líneas trabajan?
En colonización por bacterias multirresistentes en la UCI, en párkinson y en cáncer de pulmón. En párkinson buscamos prevenir los síntomas a largo plazo: llega un momento en que la dopamina deja de hacer efecto, y creemos que hay bacterias que la degradan.

En párkinson buscamos prevenir los síntomas a largo plazo: llega un momento en que la dopamina deja de hacer efecto, y creemos que hay bacterias que la degradan

También estudiamos posibles toxinas neuromusculares producidas por bacterias que afecten a estos movimientos, como la del tétanos, que provoca contracción, o la del botulismo, que provoca relajación. Son fronteras nuevas. Hace dos años, si me hubieran dicho que una bacteria puede influir en el párkinson, habría dicho que no; ahora digo que tal vez sí.
Y en cáncer de pulmón buscamos optimizar la microbiota para que los pacientes respondan mejor a los inmunomoduladores y tengan una mejor salud intestinal, algo que vemos de forma transversal: tengas la enfermedad que tengas, nadie te mira el intestino ni te pregunta cómo vas de tránsito, y muchos pacientes están estreñidos. De hecho, todos los que han recibido un trasplante fecal han recuperado el ritmo intestinal.


