Por: Dr. Pedro Reino Garcés
Cronista Vitalicio de Ambato
Atrincherarse, esconderse, parapetarse, escudarse, blindarse o meterse en cuartos a los que se llega después de veinte puertas, veinte llaves, veinte secretarias, cuarenta conserjes, cuarenta guardianes, veinte espías a nombramiento o un doble de esbirros a contrato, son prácticas del poder contemporáneo. Los elegidos por las democracias, una vez posesionados, pasan a sus despachos que cada vez perfeccionan los bloqueos con las manías que afloran después que ofrecieron abrazos en los procesos de la trampa engendrada entre las risas de la democracia.
Toda idea de fortaleza empieza en el feudalismo, superando la herencia de la psique que últimamente establece el binarismo o el bicefalismo con la amenaza. La fortaleza reivindica el ego mientras que la amenaza pulula en lo social indefinido. ¿Piensa usted a cuántos señores feudales ha llevado a sus castillos con su voto? Desde luego que un elegido, una vez en el poder, pasa a una singularización, a una idividualización que entra en relación directa con el narcisismo. El señor feudal es un narciso atrincherado. En la reflexión presente, la arquitectura juega un papel importante, puesto que es el reflejo de la ideología del arquitecto o constructor de los espacios que pasan a ser las sedes del poder, y de las tendencias arquetípicas, las que también son reflejo de las ideológicas de una época. Un elegido pasa a ser un “inquilino ideologizado” que convierte a su nicho (o útero) en madriguera, fortaleza, oficina, despachadero, área íntima, solario, humilladero, santuario, cantina o bebedero, confesionario, conspiradero, dispensario, reservado, y etcéteras nombres que provienen de los perfiles del sujeto beneficiario.
Hemos visto varias remodelaciones de los espacios de poder. Los nombres que quedan citados como ejemplos son la cara funcional que prestan de acuerdo a los intereses y perfiles de los ungidos. Remodelar es re-establecer un molde, hacer aditamentos o cambiar la disposición de algo, pero en el fondo, en la semanticidad original, significa concordar con la ideología del remodelador. Remodelar es hacer más funcional, hacer una actualización del criterio feudal. Los remodeladores representan mentes de alquiler, no son creativos puros, presentan arte con algo de ingenio para complacer y convencer, sobre todo en una sociedad de mercado, donde la pacotilla, el maquillaje, la envoltura oropelesca satisfacen lo visual y el negocio justificado de los presupuestos.
Hemos aludido al sentido freudiano del útero. El funcionario remodelador hace concordar al remodelante para sentirse acomodado a su micro cosmos. Por ello busca placentas de felpas y alfombramientos. Todos los cables umbilicales que le conectan con el mundo exterior, están dispuestos para que nada tenga que hacer desbordando su cápsula. Si hereda o fabrica estos espacios, no le queda otra alternativa psíquica y comportamental que engreírse, reinventarse su dimensión semántica ante la incógnita de los expectantes. Sobre lo dicho queda la alternativa. Si la arquitectura es la paradoja de la resistencia, conviene desarrollar una arquitectura de la democracia, donde entren en juego las relaciones espaciales con lo popular, con la gente que promueva al poder a sus representantes, puesto que sucede que, es la arquitectura el impedimento y la trampa de una herencia atávica contaminante que termina con la fragilidad significativa de la imberberancia politiquera. Cuántos de nosotros nos topamos con gente de éstas, llamadas nuevos funcionarios, quienes pasan a ser íconos medievales, puesto que asumen su importancia internándose en oficinas a las que se llega después de muchas puertas custodiadas por un sinnúmero de esfinges vivientes.