Sabía que lo iban a sacar del ataúd y a desnudarle. Por las voces que habían subido como palomas de piedra a los techos del Mausoleo, se supone que había intuido que para el 13 de abril debía estar bañado con formol y substancias milagrosas que solamente el infinito amor del señor Luis Pérez Vaca le habría de untar con algodón alfeñicado, directamente con sus dedos llenos de manchas rosadas que le habían quedado como huellas de sus quemaduras.

Así limpiaba la fama que tenía el cuerpo idolatrado de su Genio. No le importaba que  los peligrosos ingredientes que manejaba con sus dedos le marcaran nuevas huellas. Se aproximaba el Día del Maestro y la Momia debía lucir de lo mejor ante los visitantes que se enfilaban para contemplarla metida en el ataúd en ese altar que existe en su Mausoleo. El señor Pérez cada año era felicitado, porque ser el único que puntualmente cuidaba que la momia no se nos muriera. ¡Qué va a ser de nosotros sin la momia!

Se me ocurre que tengo que devolverle algo de sus ideas; por eso digo que sabía que cada cumpleaños tenía que salir del ataúd a recibir un poco de sol y de paz que había sido negada en su propia tierra de curuchupas y tiranos. Sabía que lo sacarían al patio de su casa, a escondidas de los nuevos déspotas y sicarios que podían llegar de improviso disfrazados de gérmenes, de ácaros, de piojos y hasta de ratas, a ensañarse con los restos de sus rabias que cada año se repletaban y desbordaban su luz ácida desde su féretro.

El señor Pérez, con sus 82 años que había guardado en su joroba, me llevó al Mausoleo; tenía una cara redonda como escudo conseguido en sus cruzadas de ser el mejor y único taxidermista, fundador del museo del colegio Bolívar en 1918. Me daba recelo de preguntarle delante de la Momia ¿por qué se le quemó la cara como un mapa en la que se veían pequeñas islas de su propia piel?

Cuando se fueron los “cargadores” que se había contratado para que lo sacaran del ataúd, la Momia se habría dado cuenta que eran los mismos a los que una vez les ofreció escribir un libro sobre los indios para hacer llorar al mundo. Como ellos no habían sabido esto, se fueron contentos contando unas monedas. Se fueron los “cargadores” sacudiéndose las Catilinarias de sus costales que siempre llevaban a su espalda, ajustados por las sogas opresoras que nunca le faltan a la Patria.

Ahora voy a desvestirle, me avisó con delicadeza y una secreta reverencia. Esto no lo puede ver cualquiera.

La Momia estaba tendida en el piso de su propia catedral, con su elegante traje negro con zapatos de charol y corbatín de mariposa luciendo sobre la inmaculada muerte de su camisa. Pensé que podía levantarse porque se sentía que ya estaba lista para salir a caminar por las calles de París. Solo que estaba con la cara reseca como un pergamino, haciéndole muecas a la vida y a la vanidosa pretensión de sus adversarios. Tan cuidadoso que era él de su presencia, que prefería que le dijeran pobre pero no descuidado; tener ahora que mostrarse en esas irreversibles fachas, con la sombra de lo que fue su cara a la que le habían sobrado cuatro pelos, y con el labio incompleto carcomido por la infamia de sus detractores. ¡Qué diría de él si se encontrara con don Ignacio de la Cuchilla!

El Mausoleo tenía esa luz violeta colocada por Pedro León, el decorador que vino desde Quito en 1933 a iluminar con su pasión el Mausoleo, poniendo luces boreales en la penumbra de vida con que le iluminó a tan querida Momia que enorgullecía a la Patria: la Momia  necesita “un lecho de luz, luz pálida, luz espectral, luz eterna”, le había dicho al arquitecto Jorge Mideros que esculpió en las informes rocas la furia de Montalvo. De esa furia ahora solo quedan los gritos de los libros convertidos en silenciosa piedra.

Y el taxidermista Pérez, diestramente le fue quitando la leva, el chaleco, la corbata y la camisa. Los zapatos que habían recogido el olor de los destierros. Le sacó los pantalones y un calzoncillo largo que tenía olores verdes y vapores de substancias químicas que contaminando inundaron el ambiente. ¿Pasará este olor rezando un Padre Nuestro? Fue mi pregunta  llena de mis arcadas y de sus ansias de desahogar su forclusión con mis arcadas.

Es el aire que se ha puesto pesado por falta de renovación. Es que la Momia todavía mantiene frente a la Patria la frustración de sus deseos. Me dijo mientras se aprestaba a su tarea de recorrerle el cuerpo con líquidos amoniacales empapados en su algodón alfeñicado.

Así, como si buscara los intersticios de sus verbos iba siguiendo las rutas antiguas de su sangre, las de sus rabias e impotencias. Imaginándose las urgencias del deseo, mezclaba el formol con perfumes franceses que le gustaban a Lida en Niza. Y cuando llegaba a palparle el corazón, siempre le frotaba con sus lágrimas.

Es que el señor Pérez, quien cargaba la joroba de su vida, recordaba que en ese tiempo había acompañado a su padre en los trabajos que realizó en los museos de Londres y Madrid, en  el Imperial de Berlín y en el Trocadero de París. Una vez que finalizaba la tarea con su Momia, decía que tiene aires de genio. Y le cambiaba de ropa como a un hijo: le ponía camisa limpia y calcetines para que no se le deformen los huesitos; y le subía nuevamente al ataúd para que duerma.

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