Por: Carol Murillo Ruiz

Cuando decimos América, en el presente, decimos muchas cosas y una sola: un continente virgen. ¿Por qué un continente virgen si esa palabra además nos remite a una referencia de pecado y de castigo? ¿Por qué entonces repetirlo, un continente virgen? Cuando llegaron los conquistadores a las tierras del supuesto oriente, todo aquí era increíble, salvaje, puro, natural, verde y azul, blanco y canela. Así nos dicen los documentos escritos por aquellos que tuvieron que dar cuenta a la corona de sus hazañas de dominio y sujeción, de estupor y de aniquilamiento. Así nos dice la historia fantástica de los relatos de aquellos que no podían con la sorpresa de ver, sin medida, unas tierras nuevas y maravillosas. De tal espasmo solo han pasado quinientos años. Ningún continente tiene una historia tan corta y tan manoseada; ningún continente tiene una historia tan corta y tan retorcida en los libros del vencedor.

Por eso cuando -en la reciente Cumbre de las Américas- el primer presidente negro de los Estados Unidos tira hacia un lado la historia, enseguida advertimos que lo que él concibe como historia es una recopilación de datos crueles pero no de condiciones crueles (y digo crueles para utilizar un término nada sociológico). Su pragmatismo le obliga a revisar datos y cambiarlos por otros datos. He allí su destreza política, su positivismo del instante, del instante del pasado. No debería de asombrarnos. Los datos, al fin y al cabo, son el triunfo de la razón occidental.

Continente virgen y datos crueles son apenas las caras de una misma moneda: el olvido. Sí, el olvido individual y colectivo. Obama, al revés, nos dio una clase de alienación personal que debería avergonzar a quienes vieron o vimos en él un punto de inflexión en la historia de un país que vivió la esclavitud y tardíamente la abolió. Entonces, ¿Obama es un hombre libre? Quizás los hierros del presente tienen la virtud de ser invisibles e impalpables; pero su discurso en una Cumbre que tenía como tema central empezar el pacto del desbloqueo a Cuba se vio relativizado por un dato cruel: Obama es cautivo de su referencia. ¿Cuál es su referencia? El futuro. Trabaja para el futuro. En esa concepción tan lineal de la historia no se puede mirar atrás, no se debe mirar atrás. Su propio triunfo personal –llegar a la presidencia de una potencia- siendo negro es la mayor prueba de que el pasado ha sido superado. Pero todos sabemos que su triunfo, regodeado del voluntarismo filosófico que sustancia su manera de estar en el mundo, tiene una acumulación de condiciones históricas que superan en grado sumo la creencia popular de que todo es posible cuando se tiene voluntad.

¿No han tenido voluntad los cubanos para entenderse en el mundo como una isla soberana que requiere relacionarse con todos los países del orbe para crecer y progresar? O, ¿acaso la voluntad de Cuba es distinta a la voluntad de Estados Unidos en los albores de una globalización –post caída del muro de Berlín- que a fines del siglo XX aún controlaban? Pues no. El voluntarismo no es una categoría en las relaciones internacionales de ayer ni de hoy. Y tampoco es una categoría de la historia general del mundo y menos de las relaciones económicas del tercer milenio. Por eso, el momento clave de la cumbre de Panamá no se debe a la voluntad de Obama, se debe a condiciones históricas distintas en nuestro continente y en otros continentes, muy a pesar del supuesto inmovilismo historiográfico de Barack Obama.

Así, las interpretaciones que hoy tenemos de lo que un día fue la bipolaridad y luego la unipolaridad, siempre jugando con la idea de la hegemonía de Estados Unidos, hoy son valoraciones históricas que permiten entender mejor por qué otras potencias activan el ajedrez del escenario global e impiden que el antiguo hegemón siga modelando el mundo aunque tenga aliados de su misma calaña en otros lares. Por tanto, persistir en el aislamiento y embargo económico a Cuba ha sido el peor abuso estadounidense en nuestro hemisferio. Y lo ha hecho precisamente porque donde hay luchas sociales históricas, la potencia solo ve cifras delictivas y armas de grueso calibre, y donde hay líderes y movimientos emancipatorios, la potencia solo ve sedición y terrorismo. No observa la historia, detecta el delito.

Y entonces vamos sabiendo ya por qué somos un continente virgen: porque no tenemos historia, es decir, porque no tenemos derecho a inspirarnos en nuestra propia historia continental… aunque esa historia, según la cifra oficial de los años cristianos, tenga como límite los quinientos años de conquista, colonización, independencia y pretendida neocolonización. Quinientos años que debemos borrar porque no nos hace bien recordar los datos crueles del pasado. Ironía de las ironías.

2
Hace pocos días murió Eduardo Galeano. El autor de “Las venas abiertas de América Latina”. El capital social e histórico de la izquierda latinoamericana. ¡Cuánto le debemos a Galeano! En primer lugar, le debemos la proeza de ablandar poéticamente el lenguaje de los sabios de la academia y que nos acercara al dolor y a las luchas populares. Y cuando digo dolor no hablo del victimismo sino de la fuerza social de los que solo tienen dignidad y ética para luchar.

En segundo lugar, le debemos que nos refiriera la historia sin la etiqueta de los tribunales científicos y que en su prosa también pudiéramos ver el signo del tiempo que le tocó vivir. O sea, un día escribió con la retórica clásica de una izquierda desesperada por dar a conocer las fechorías de los vencedores, y otro día escribió con la poesía que el fútbol le otorgaba a su ojo y a su pluma. O sea, un día escribió del desangre de una región y otro día escribió de la esperanza que subyace en toda tragedia colectiva.

Los dos sucesos, ya lo ven ustedes, nos remiten sin más a la historia. Al recuerdo. A las ganas de evocar aquello que nos hizo fuertes y sabios. A aquello que heredamos quizás sin merecerlo.

Por eso, a América Latina y el Caribe no le puede caer la peste del olvido. Y no puede caer en la liviandad de recordar para no repetir las equivocaciones. Si nuestros antepasados acertaron o no en sus luchas, ¿por qué nosotros no podemos errar? Lo terrible sería no renovar la lucha, no desacralizar la espesa normatividad del poder que nos dice incluso qué debemos recordar y qué debemos relegar. ¿Qué sería de nosotros si solo recordáramos las desdichas y qué sería de nosotros si solo recordáramos los laureles? ¡Seríamos sólo llanto o solo risa! Y lo extraordinario es ser llanto y ser risa.

Lo vital es recordar cómo se montan las desgracias, los crímenes y el aniquilamiento de lo humano. Lo vital es ver en nuestros países el modo en que la política delinea y potencia las fuerzas sociales que batallan en todos los campos de la vida. Lo vital es explorar los límites del poder y aprovechar las fisuras de su ideología.

A propósito, Obama también dijo que no quería estar atrapado en la ideología (a partir de su insistente mirada en el futuro). Recalcó que le “interesa el progreso y los resultados”; incluso dijo que “no le interesan las argumentaciones teóricas” para explicar o demostrar las injusticias que hay en nuestros países. Pues bien, lo que siguió fue una proclama ideológica de su visión de progreso, es decir, la ecuación liberal más simple: problema y solución.

A lo anterior se une la última genialidad de la visión norteamericana (y de la derecha continental) que buscar inducir a creer que nosotros –los pobrecitos latinoamericanos- hemos inventado un chivo expiatorio (Estados Unidos) a fin de justificar la incapacidad que tenemos para gobernar nuestros estados y proveer de prosperidad a nuestros pueblos. ¿Estados Unidos un chivo expiatorio? Lejos estamos de los rituales de sacrificar un chivo para exculparnos de las desgracias habidas y por haber. Todos sabemos aquí que América Latina y el Caribe es una zona de riquezas naturales y sociales, y, justamente por ello, si volviéramos los ojos a la corta historia que tenemos, sabríamos que el afán de controlar y disponer de esas riquezas es lo que agita a un imperio o a otro, aquí y acullá, en cualquier punto de la dinámica de la política, de la guerra o, más simplemente, de los mercados del lucro, del lujo y de la muerte. Léase, entre otras cosas, el narcotráfico y la droga. Un asunto que de manera didáctica lo presentó la presidenta Cristina Kirchner, como un parteaguas entre la labia de la cooperación y el progreso de Obama y la realidad de un negocio que se regodea en el mercado del consumo y el lavado de dinero que facilita el mundo desarrollado.

Así, Obama habló para la galería mediática que sigue su discurso como una receta democrática libertaria e imparcial. Y nos lanza la chuzada del chivo expiatorio para esconder su rol injerencista desde que las otrora trece colonias se transformarán en una potencia sin escrúpulos.

La Cumbre de las Américas fue escenario también para tomar la temperatura política de las derechas latinoamericanas cansadas de una década de pérdidas electorales y el afianzamiento de gobiernos identificados con la reforma de sus Estados y el establecimiento de políticas públicas reales. Parecía que inventaban el agua tibia. Conscientes de que la tribuna de la Cumbre estaba contrapesada por líderes que como nunca dicen las cosas por su nombre, idearon una cumbre paralela para mostrar su beligerancia y su fanatismo por el neoliberalismo perdido. Parecía que querían repetir los triunfos de los movimientos sociales que en las primeras cumbres, aquellas que quisieron imponer el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), bloquearon el servilismo de los gobiernos de Menen, de Fujimori, de Uribe y de otros innombrables oligarcas de los países de antaño. ¡Y las cadenas mediáticas se ufanaban de reproducir el pluralismo del fanatismo!

3
Quizás debamos saber, a estas alturas, que los imperios sí leen la historia. Leen la historia que les enseña a arrasar con la cultura y la economía de las pequeñas y grandes poblaciones humanas en todos los estadios de las civilizaciones en oriente u occidente. Leen la historia del desarrollo de las armas, de la topografía social, de la psicología colectiva. Leen la astucia de los insignificantes y los nadies, como diría Galeano. Allí se reviste su poder y su inteligencia selectiva. Y usan lo que les conviene y lo que les demanda el futuro, ese futuro que tanto obsesiona a Obama y que es farol de su imperio gracias a su nuevo esclavismo individual: el olvido selectivo.

Y quizás debamos saber también, a estas alturas, que nosotros debemos releer la historia, nuestra historia. Leyéndola aprenderemos que hay miles de poblaciones, pequeñas y grandes, a lo largo de todos los estadios históricos, que nunca se dejaron devastar por el poder y que crearon una praxis de la resistencia que pronto se convirtió en estrategia de guerra. Y algo más: que nuestra vocación por la paz no nos haga olvidar de la opción de la guerra, cuando sea necesario.

Ojalá volvamos a Galeano no en un sentido nostálgico y culposo sino en un sentido ético de lo colectivo. Una ética social que cruce, de palmo a palmo, nuestra nueva historia y nos cure del olvido y de la paz de los sepulcros. Se lo debemos a esa América color canela que no es virgen ni es amnésica.

EcuadorUniversitario.Com

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