Por: Rodolfo Bueno
Nicolay Bujarin, en su libro La Economía en el Periodo de Transición, dio una detallada clasificación de los grupos sociales que deben liquidarse con la finalidad de construir el socialismo, la lista parece interminable: los directores de la producción, el mando militar y espiritual, los banqueros, los altos burócratas del Estado, la grande y pequeña burguesía, los profesionales, los científicos y, en general, toda la inteligencia técnica.
Lo llamaban El amado de Lenin y fue fusilado en 1938 luego de ser condenado en los famosos juicios públicos de 1936 cuando se declaró culpable del grave delito de traición. Con lágrimas convincentes en los ojos pidió la pena máxima para sí por deslealtad con su pueblo al haberse vendido a sus enemigos de clase y por ser un agente del nazi-fascismo. Hoy se sabe que aquellos juicios fueron una farsa y que al actuar así salvaba, según previo acuerdo con la tiranía, la vida su joven y amada esposa. Su patética declaración persuadió incluso a Joseph Davis, autor del libro Misión en Moscú, quien sostuvo que la URSS no sería derrotada por la Alemania Nazi porque había eliminado a tiempo a su quinta columna. Se refería a la orgía de sangre desarrollada en los trágicos años de las purgas de Stalin cuando él era el primer Embajador de los EEUU en la Unión Soviética.
En 1988, durante la Perestroika y la glaznost, se destapó parte de la horrible tragedia. Uno de los testimonios que más hondo caló en el corazón de la sociedad mundial fue el de Anna Mijáilovna Lárina, la esposa de Bujarin. ¡Quién lo creyera! ¡Cincuenta años después del asesinato de su marido, vivía todavía la viuda que apenas tenía setenta y tantos años!
Bujarin, viendo eliminar uno a uno a sus antiguos camaradas y al presentir su futuro arresto, escribió un hermoso ditirambo titulado A Las Futuras Generaciones. En él, a más de execrar la tiranía, revelar su ideal político y proclamar su inocencia, pregonaba su firme lealtad al comunismo, en cuyo nombre ofrendaba la vida, confiando en que las futuras generaciones y la historia tarde o temprano le darían la razón. Este largo documento histórico, imitando a los antiguos rapsodas, lo aprendió de memoria su cónyuge repitiéndolo todos los días algunas veces ante él. Por eso, cuando los pesquisas lo arrestaron y confiscaron cuanto papel encontraron luego de espulgar hasta el último escondrijo de su vivienda, no pudieron hacer lo mismo con su testamento político por estar oculto en los intrincados laberintos del cerebro de esta valiente mujer.
¡Pasado medio siglo, la viuda recitaba ante una asombrada prensa el testimonio escamoteado en los juicios del año 1936!, como si fuera un médium trasmitía el mensaje de ultratumba de un optimista Bujarin, que ella había guardado en su férrea memoria a través de largos años de desolación, y a pesar de todo su infortunio nunca perdió la esperanza de que viniesen días mejores. Sin embargo, la tragedia de su esposo fue completa, su ideario político se conoció demasiado tarde, cuando ya el pueblo ruso había perdido la confianza en todo lo que sonaba a comunismo.