Por: Dr. César Hermida B. | cesarh@plusnet.ec

El filósofo francés Edgar Morin sostiene, en una entrevista para el Correo de la UNESCO, que “hasta mediados del siglo XX la mayoría de las ciencias tenían como modo de conocimiento la especialización y la abstracción, es decir la reducción del conocimiento de un todo al de sus partes… su concepto clave era el determinismo… y la aplicación de la lógica mecánica”. Dice que el conocimiento debe “construirse en relación con el contexto”, que “hay que recomponer el todo”, y que hace falta una reforma del pensamiento, haciéndolo más “complejo” es decir que vincule y distinga, sin desunir, tratando la incertidumbre. Agrega que “el dogma de un determinismo universal se ha derrumbado; el universo no está sometido a la soberanía absoluta del orden, sino que es el campo de acción de una relación dialógica (antagónica, competitiva y complementaria) entre el orden, el desorden y la organización”.

Morin cree que la información, la cibernética (con mecanismos de retroacción y regulación) y los sistemas (organización en la que el todo es más que la suma de las partes) serían las teorías que ofrecen una vía de acceso para la reforma del pensamiento. Señala que la autoorganización agregaría el desarrollo conceptual de estas tres teorías, permitiendo asistir a la creación de un orden a partir del desorden, y que estas organizaciones necesitan alimentarse con energía, consumir, “disipar” energía para mantenerse. En el caso del ser viviente, éste es bastante autónomo para extraer energía de su entorno, e incluso para extraer informaciones e incorporar su organización.

Para Morin el pensamiento complejo tiene tres pisos, la base con las tres teorías, un segundo piso con la autoorganización y un tercero con tres principios: el dialógico (sobre la vida y la historia humana), el de recursión organizativa (“los individuos humanos producen la sociedad en y por sus interacciones, pero la sociedad, como totalidad resultante, produce la humanidad de esos individuos al brindarles el lenguaje y la cultura”), y el “hologramático” (la parte está en el todo y el todo está en la parte: la totalidad del patrimonio genético está presente en cada célula individual, al igual que el individuo es una parte de la sociedad, pero ésta está presente en cada individuo como un todo, a través de su lengua, su cultura, sus normas).

Morin concluye que “el pensamiento complejo… no expulsa la certidumbre para reemplazarla por la incertidumbre, o la separación para incluir la inseparabilidad, o la lógica para permitirse todas las transgresiones… sino que efectúa un ir y venir incesante entre certidumbres e incertidumbres, entre elemental y general, entre separable e inseparable. No abandona los principios de la ciencia clásica –orden, separabilidad y lógica- sino los integra en un esquema más vasto y más rico. Tampoco opone un holismo global y vacío a un reduccionismo sistemático. Vincula lo concreto de las partes a la totalidad, articula los principios de orden y desorden, de separación y unión, de autonomía y dependencia, que son a la vez complementarios, competidores y antagónicos, en el seno del universo. (…) El paradigma de complejidad puede enunciarse como que, mientras la simplicidad separaba y reducía, la complejidad reúne, sin dejar de distinguir. El pensamiento complejo integra la incertidumbre y es capaz de concebir la organización. Es capaz de reunir, contextualizar, globalizar, pero reconociendo lo singular y lo concreto”.

Con autorización del autor: Tomado de la edición impresa de El Tiempo de Cuenca 2012-03-05

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