La revolución de la inteligencia es el motor de la sociedad del conocimiento

En la sociedad del conocimiento, la esencia de la industria ya no es la producción, sino la indagación científica y tecnológica. Ya no hay distinción estricta entre investigación y gestión, porque la propia acción directiva consiste en poner a todos los miembros de la organización a pensar. Hoy ya no se trabaja solo en la dimensión del espacio: se trabaja preferentemente en la dimensión del tempo. Así, lo importante es adivinar el futuro y proyectarlo desde un trabajo que no se justifica por el éxito logrado, sino por la capacidad de lograr un éxito nuevo. Así lo señala el Profesor Alejandro Llano, quien fuera uno de los rectores más destacados de la Universidad de Navarra.

En un mundo cambiante, dice, los problemas no se resuelven con una sola fórmula, sino que las respuestas se encuentran en el propio proceso de investigación práctica cuyo motor no es otro que la propia inteligencia.

En el siglo XXI, el dinamismo de la economía tiene su origen en la innovación de los conocimientos. Por eso, las empresas deben transformarse en organizaciones inteligentes, capaces de aprender cosas nuevas y de enseñarlas a otros. Solo las empresas que sepan operar de manera corporativamente inteligente podrán navegar en el espacio de la sociedad del conocimiento. Las que no lo logren, pasarán a los museos de arqueología industrial.

Las claves, según el profesor Alejandro Llano, para configurar una “empresa inteligente” son:

1.- Trabajar es aprender, dirigir es enseñar.

2.- Una “empresa inteligente” es una comunidad de investigación y aprendizaje.

3.- La profesionalidad ha de entenderse como dominio de un oficio.

4.- La “empresa inteligente” tiene una ineludible dimensión ética.

5.- Una “empresa inteligente” debe cultivar una profunda cultura corporativa.

6.- En las empresas inteligentes, investigación y gestión se identifican.

El profesor Alejandro Llanos destaca la dimensión ética, porque en la sociedad del conocimiento se aprecia claramente que no podemos prescindir de las reglas morales, ya que constituyen la lógica de la libertad, la base de la convivencia. Además, no cabe separar la ética profesional de la personal, o la pública de la privada, “porque el resultado de ese desgarramiento es siempre algún tipo de corrupción”. La regla ética más característica de la sociedad del conocimiento es la que prohíbe mentir. La tolerancia institucional de mentiras o medias verdades es letal para una empresa inteligente, ya que la verdad es la virtud imprescindible en la sociedad del saber. No hay nada más destructivo para la empresa que el disimulo, el engaño o el miedo a decir lo que se piensa.

Subraya que el individuo aislado no puede avanzar en el conocimiento por sí solo. Por eso, la empresa tiene que fomentar situaciones de aprendizaje compartido: cada uno en su nivel debe estar continuamente dialogando con los que trabajan con él, para ir descubriendo cómo hacer las cosas de manera más eficaz. El director general ha de ser catalizador de esa innovación en el saber, de la que todos son protagonistas. El trabajo en equipo se transforma así en la condición imprescindible para la buena marcha de la compañía.

En la sociedad del conocimiento el índice de competitividad de una compañía se mide por la capacidad de llegar a saber cosas nuevas y aprender a realizarlas. Esta función no se debe restringir a unos pocos especialistas de un departamento, sino que debe implicar a toda la empresa, de forma que constituya una verdadera cultura corporativa. Cuanto más poderosa sea esta cultura, tanto mayor será la capacidad de adaptarse a las demandas de una sociedad en constante cambio científico y tecnológico.

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