Por: Rodolfo Bueno
Eso le está pasando al gobierno actual, no sabe qué hacer con los huevos que rompió por obedecer al Fondo Monetario Internacional, FMI. Dicen los sabios en economía y, aparentemente, demuestran que los subsidios son malos por definición. De ser así no deberían existir, pero existen, ¿por qué? Porque son necesarios; si no, los pobres con talento no podrían estudiar ni tendrían acceso a la salud cuando se enferman ni gozarían de los demás beneficios sociales.
En Ecuador el subsidio a los combustibles es tan viejo que pocos recuerdan cuándo apareció, pero ni siquiera los neoliberales, que siempre lo criticaron, se atrevieron a quitarlo cuando fueron gobierno. Sabían cómo iba a reaccionar el pueblo. El presidente actual, que nunca hubiera sido electo si en sus discursos programáticos hubiera propuesto lo que hace ahora, ya que en ese caso ni sus familiares más cercanos hubieran votado por él, toma medidas que, además de impopulares, complican más aún la situación social que viven los ecuatorianos. Es que el alza del precio de los combustibles genera un efecto inflacionario de siniestra secuela, el incremento impredecible de los precios de todos los productos de primera necesidad, impacto que los pobres conocen por llevarlo impregnado en su memoria atávica.
Los economistas neoliberales, que aconsejan a todo gobierno eliminar los subsidios, no conocen la pobreza que generan y hablan de ella por hablar, no saben y no quieren saber que la genuina miseria es un círculo vicioso imposible de romper. Si un mago de las finanzas como el primer Rockefeller, que, según dicen, hizo la fortuna con el sudor de la frente y la sangre de sus obreros, hubiera tenido la desdicha de llegar al mundo entre los intocables de Calcuta, habría muerto tan en la miseria como nació. El verdadero menesteroso es víctima de la incomprensión social de un medio que le achaca toda la culpa de sus desdichas y se encuentra encadenado a la penuria, la ignorancia y la tiranía del tiempo; se saca el aire desde el amanecer hasta el anochecer sin devengar siquiera para un pedazo de destiño que por lo menos lo ilusione con el olor de la miel, siempre siente hambre y cansancio y lleva la vida a cuestas, cual pesado fardo, sin haber gozado nunca de una sola alegría. Toda una eterna pesadilla.
En general, en Ecuador, y en todo el mundo, el obrero gana poco y labora mucho, mucho más de las ocho horas diarias que conquistó el 1 de Mayo de 1886 en Chicago, en ocasiones, desde las primeras horas de la mañana hasta el anochecer; parte del salario que les descuentan es birlado por los patrones sin escrúpulos con el pretexto de otorgarles beneficios ficticios, no tienen jubilación, ni montepío, ni ningún tipo de ahorro o amparo que le permita cubrir cualquier emergencia; si en su quehacer sufren algún accidente, la culpa es suya, sin que importe la gravedad del caso; tampoco tienen tiempo libre para averiguar de sus derechos, por no pertenecer a ningún sindicato. De eso debería ocuparse el gobierno y no de obedecer ciegamente las órdenes del FMI.
En estas circunstancias, el gobierno de Ecuador decreta el estado de excepción nacional, medida que sólo puede empeorar la situación de pobreza que vive el ciudadano medio. ¿Acaso espera que la gente comprenda sus razones a palos? Enfrentar a la fuerza pública con la población no le va a dar resultado alguno, pues la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas son también parte del mismo país y en ocasiones anteriores han arrojado del poder a presidentes persuadidos de que el pueblo pretende desestabilizar a sus gobiernos, democrática y legalmente constituidos. Y eso no es así, el pueblo reacciona porque defiende el derecho a existir con dignidad. Lo legal y lo justo, la ley y el orden, la paz social y el gobernante, no siempre coinciden, como es el caso actual.
Pedirle al gobierno nacional que aprenda a hacer tortillas con los huevos que ha roto es inútil, como es inútil pedirle que tenga piedad al contemplar el rostro famélico del pueblo ecuatoriano, cuyos actos vandálicos se explican por el hambre de justicia, que se ha convertido en la brújula espiritual de las grandes mayorías. Pedirle que se compadezca del pueblo y derogue las medidas es también inútil, porque no se trata de un estadista capaz de comprender que las medidas dictadas hunden al Ecuador en la vorágine de lo desconocido y que no tienen nada que ver con los miles de informes que sobre el país se escriben para ocultar su dura realidad.
Mientras tanto, el rugido de la multitud no va a cesar mientras el gobierno no escuche al pueblo, cuya voz autorizada es la de cualquier manifestante que expresa públicamente su descontento. Él no es ni leído ni tan instruido como los miembros del gabinete presidencial, pero tiene una filosofía y un pragmatismo contra los cuales es difícil discutir: ¡No puedo hacer otra cosa, pues tengo hambre!