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Foto: Wikipedia
Por: Dr. Pedro Arturo Reino Garcés
Cronista Oficial de Ambato
Mis opiniones en este texto quieren contrastar aclaratorias para buscar en los sectores de afectados, a los que van por el camino de las utopías y a quienes ejercen las distopías.
Me aventuro a plantear estas reflexiones pensando en la conducta de los sobrevivientes a los fenómenos telúricos que ha soportado el hombre de Tungurahua, con un estoicismo fatalista. Es una historia reciente, registrada desde la época colonial con el supuesto “primer” gran terremoto de 1698 en que se hundió el nevado llamado Carihuairazo, y destruyó con sus aluviones y sacudidas de la tierra, entre otros pueblos, el incipiente trazado urbano de lo que llegaría a ser la villa de Hambato.
La arqueología es posible que nos pueda revelar un conocimiento de un mundo antecedente que les pertenece a las culturas aborígenes quitu pantsaleas. ¿Se empecinarían en reasentarse sobre los escombros de sus tierras devastadas?, ¿migrarían a otros parajes?, ¿entrarían en beligerancia con otras etnias que habrían defendido sus territorialidades? Lo poco que ha quedado ya no existe sino como referencia bibliográfica o como muestra desarticulada de una historia perdida, en algún museo.
Cada cien años acá la tierra tiembla fuerte y uno de sus volcanes asentados a la redonda, erupciona botando lava, ceniza, cascajo, arenas y lodos. Vivimos riesgosamente en un hervidero palpitante. No hay un registro sistemátizado de los trastornos derivados de aluviones producto de sus lluvias torrenciales, o de las épocas de sequía sin agua para el agro. Al terremoto de 1698, le sucedió el de 1797; en 1773 erupcionó el Tungurahua; en 1886 hubo total oscuridad por la ceniza vomitada por el Tungurahua; en 1916 a 1918, botó piroclastos y tapó el cauce del Pastaza; en 1949 se destruyó Pelileo y otros pueblos y se anuló el Ambato patrimonial y de sus cantones. En 1987 de forma leve y en 1996 se habla del “terremoto de Pujilí” con pequeñas secuelas en Tungurahua. En 1999 hasta 2018 hizo estragos el volcán que tuvieron que evacuar a la población de Baños con un costo social más grave que la propia erupción.
Relacionados con todos datos y acaso otros más, los archivos dan testimonio de la tragedia humana y el flagelo que soportaron las clases más depauperadas, sobre todo por los abusos cometidos sobre la tenencia de la tierra, a los campesinos y a los indígenas. Creo que en estos grupos hubo más resignación que resiliencia.
Planteado así someramente el problema, preguntémonos ¿qué clase de sociedad somos?: ¿resilientes o distópicos? ¿Seremos emperradamente míticos o incipientemente reflexivos?, ¿Por qué no hemos huido de este nido de cataclismos? ¿Qué fe o qué designio pesa en este querer revertirnos a la misma ceniza de donde provenimos?
Aquí hay que ir aclarando las cosas: no todos pueden ser resilientes, porque no todos tienen la capacidad intelectual, ni emocional, ni económica para “resurgir de las cenizas”, a no ser que sea por milagro de alguna divinidad. ¿Quién manipula nuestra suerte? Aquí los resilientes se han impuesto sobre los débiles y más depauperados golpeados por la tragedia. Muchos de ellos se han aprovechado de las citadas catástrofes naturales para enriquecerse. Digamos que las tragedias son grata oportunidad para ladrones y saqueadores de escombros; mientras “los otros”, los que botaron la comida y los enlatados al río Ambato, han hecho lo propio con las ayudas de beneficencia solidaria, nacional e internacional.
Eliecer Cárdenas nos legó un libro novelado: “El viaje del Padre Trinidad” sobre el terremoto de Ambato, publicado en 2005 en 287 pág. por Ed. Norma de Colombia. No solo se robaron la custodia y joyas de La Matriz. También se robaron niños, mientras las autoridades se daban banquetes con jamones americanos dados como ayudas a los damnificados, relata Cárdenas.
La historia se repite desde que el hispanismo y sus distopías se instalaron en estas tierras. Véase por ejemplo la conducta de los once hacendados de Tungurahua que hicieron la llamada “Composición de Tierras al por Mayor” y se adjudicaron toda la actual provincia, sometiendo a sus habitantes al pago de rentas, luego del terremoto de 1698. A más de esto, revísese juicios por linderaciones movidas por los terremotos y pleitos por readjudicación de predios que fueron a parar en manos de gente de poder. Relean el llamado Libro Rojo de San Juan de Ambato.
Véase el manejo discriminatorio que hizo la creada “Junta de Reconstrucción de Tungurahua” después del terremoto de 1949. ¿Acaso no hay memoria un tanto fresca de los beneficiarios de la última erupción del Tungurahua? No creo que se puedan llamar resilientes a los que les cuesta lágrimas la supervivencia el abandonar su patrimonio acosados por la necesidad extrema.
Si la utopía tiene como presupuesto el llevar a la sociedad a progresivas metas de felicidad y desarrollo, preguntémonos ¿qué de planificación está desarrollada en nuestro medio desde el punto de vista de los fenómenos telúricos? ¿Nos basta ser valientes sentimentales? ¿cuáles son los pronunciamientos teórico científicos de los profesionales y la academia?
Calificando de utopía nos ponemos a cantar y bailar el “Altivo Ambateño” luego del terremoto de 1949:
Yo de esta tierra no he de alejarme
Porque es el suelo donde nací…
De Juan Montalvo la herencia conservamos
De ser rebeldes, altivos y valientes
Nunca a este Ambato
Llegará la mala suerte
Si es de luchar, lucharemos por la muerte
Con acertada y expresiva letra y música de ese mulato guayaquileño Carlos Rubira Infante, asumiendo como suyas las catástrofes que golpearon el alma tungurahuense, ofreció desde fuera de la escena de muerte y escombros por una parte; y desde los festines de la Junta Reconstructora que se estructuró para marginar al alcalde “comunista” Neptalí Sancho Jaramillo; ofreció, digo, lo que muchos creen que fue el haber entendido la resiliencia en la conducta heroica de luchar hasta con la muerte. Con música se venden mejor las ideas.
Sin negar el valor de la propia utopía que busca un bienestar onírico, ni el poder de la resiliencia consciente en el sujeto afectado; creo que a los 75 años de haber callado y ocultado muchas verdades, de haber perdonado muchos agravios, de haber enterrado muchas memorias, conviene enfrentarnos a mirar el fenómeno telúrico y su desastre social como una distopía, concepto que se da, “como consecuencia de la manipulación y la alienación, en una sociedad que termina siendo indeseable en sí misma, por deshumanizada, irreflexiva, conformista e inoculada de resignaciones que justifican y aceptan la vulneración de derechos” (Pág. Virtual).
A pesar de que la palabra distopía proviene del medioevo, de las reflexiones de San Agustín, el pensador Bauman (polaco judío, 1925 – 2017) comenta que el término está vinculado a un malentendido concepto de modernidad. Las cosas y las sociedades tienen que modernizarse, y para lograrlo necesitan “limpieza del terreno” en nombre de un diseño nuevo y mejorado, que choca con el anticuado y arcaico comportamiento de conservar lo patrimonial. La distopía, dice “tiene una sed de creación destructiva” y es “compulsiva, obsesiva, continua, irrefrenable y eternamente incompleta”. Y no es que esta limpieza de terreno tenga solo que ver con lo literal. Se refiere también al terreno del alma colectiva.
Para este análisis conviene no solamente mirar, sino partir de un somero entendimiento de lo que pensaron y cómo actuaron nuestras élites administrativas como reacción ante las catástrofes.
Bajo la malicia de la distopía y de la alienación con que se ha contaminado a la estratificación social; hay que decir que los niveles de reflexión que son socioculturales, provienen de niveles de estratificación económica. Así, un resiliente, es decir, alguien que tenga “capacidad de sobreponerse a períodos de dolor emocional y situaciones adversas”, como lo fue el trauma del terremoto; será quien disponga de los recursos para sobreponerse, sobre todo como beneficiario de los recursos destinados para los afectados, por el estado, para remediar la tragedia.
En mi opinión, creo que ni siquiera le sirve la palabra resiliente a quien lo haya perdido todo, esto, porque hubo discriminación, hasta de credos religiosos, para que haya recibido las ayudas de la beneficencia social. ¿Cómo ser resiliente alguien que ni siquiera recibió una carpa como cobijo, mientras un grupo de privilegiados se enriquecían a costa de la catástrofe? Esto, va en contra de quienes piensan que toda la población afectada debe ser vista de modo igual.
De este comentario surge el presente argumento de la distopía entendida como “una sociedad ficticia, indeseable en sí misma” que surgen en gobiernos tiránicos caracterizados por la deshumanización, que despreciaron al alcalde socialista, acusándole de comunista bajo el dogma cristiano, y generaron un ente de beneficiarios para que dispusieran de los recursos que el Estado y la ayuda internacional enviaba para remediar la situación.
El pueblo guarda en su memoria lo que ocurrió con los “ilustres indeseables” de la referida y renovable Junta que involucraron al poder político y al religioso. Decidieron unilateralmente derribar los templos de la provincia a dinamitazos que duraron meses, y priorizar la edificación de nuevas iglesias, como la catedral de Ambato, cuando la gente había quedado sin techo. Destruyeron el patrimonio arquitectónico que soportó el sismo y generaron un modelo destructivista que pervive soterradamente como ideario de la manipulación alienante que manejan las élites administrativas que son las mismas y beneficiarias, creyentes en las distopías.
Y así, las piedras de muros y paredes fueron vistos como basura y no como recuerdos patrimoniales. Los reconstructores querían el terreno limpio para que el arquitecto modernizador (Durán) levante el adoratorio a un Dios renovado, resurgente, en desmedro del que mató a pedradas y a garrotazos a la gente en el terremoto.
A más abundar sobre el concepto, la literatura se anticipó en decir que las distopías se trataban de sociedades ficticias que se veían condenadas a que todo le saliera mal. Pero qué advertencia nos han dado a nuestra realidad, cuando nos ha tocado ir comprobando de tumbo en tumbo, que el desastre es nuestra realidad, y que por el ejercicio de la alienación, estamos condenados a la tragedia. Cada terremoto da la pauta para un ejercicio de prácticas nefastas que ya nos parecen como normalizadas y admisibles. Nos han convertido en sociedades ficticias, de donde ha desaparecido la reflexión.
¿Cómo demostraremos que en un futuro volveremos a tener ideas propias? ¿Por qué el tungurahuense vive desvinculado de lo patrimonial? ¿Por qué las leyes de patrimonio no son estimulantes con la historia en vez de ser una carga para quienes ven el estorbo burocrático que representan? El cadáver insepulto que representa el bien patrimonial, el que se pudre lentamente a la luz pública, no demuestra que somos resilientes querendones de nuestro pasado. Es considerado como vergüenza generacional.
La realidad en que vivimos es que nuestras conciencias han sido inoculadas de sometimientos masivos. La dignidad humana ha sido retirada de la conciencia colectiva, La gente vive el confort del sometimiento. Y sin embargo invocamos a Montalvo que no dejó una herencia impracticada.