“Vecinos bárbaros”: la interculturalidad en tiempos de xenofobia

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Por: Dr. Iván Rodrigo Mendizábal

Docente de la Universidad Andina Sumón Bolívar

 

 

La migración ha sido un motivo constante a lo largo de la historia de la humanidad. Pese a que se cree que muchas comunidades son oriundas de algún lugar, el hecho es que estas en algún momento de su historia o han tenido visitantes que luego se han asentado entre ellas por algún motivo (matrimonio, comercio, refugio…) o algunos miembros han debido irse del seno familiar a residir en otros lugares para fundar otras colectividades. A su vez, se sabe que las invasiones han llevado a profundas transformaciones en las comunidades o sociedades, al punto que muchos de sus miembros o han debido consentir los resultados de la invasión o irse a otros emplazamientos, dejando atrás huellas y parte de la memoria. Ni qué decir de los desastres naturales, de los problemas sociopolíticos, de la fundación de Estados-nación, entre otros, que hicieron que se cambiara la noción de pertenencia a un lugar.

Planteo lo anterior porque la migración no es un tema nuevo: es un hecho que atraviesa el corazón de la humanidad desde milenios, por lo que la cuestión de alguna “pureza” étnica o social muchas veces lleva a cuestionarnos sobre cuáles son, en efecto, las raíces de cualquiera de nosotros. Un filme francés, de Julie Delpy, quien además lo interpreta, “Vecinos bárbaros” (2024), retoma el asunto de las migraciones, el refugio por diversidad de causas, pero también la cuestión de la interculturalidad en los tiempos actuales, cuando se cree que hemos superado las taras xenófobas.

“Vecinos bárbaros” pone en escena a un pequeño pueblo francés, con un alcalde demagógico y a una población común y corriente que recibe a una familia de sirios que busca refugio, en lugar de unos migrantes ucranianos que en principio deberían haber llegado, los cuales son acogidos por otra población. Este argumento puede parecer anodino, pero, a la par, es el detonador de una serie de hechos que hacen que el filme de Delpy se constituya en una singular comedia política trabajada con gran dosis de mordacidad.

Y es que esta película está realizada para cuestionar las ideas que se tienen acerca de que los supuestos pueblos o naciones desarrolladas son más empáticas con las personas o grupos sociales que viven la exclusión en sus países, o sufren la persecución política, o son blanco de la violencia genocida, lo que los lleva a buscar amparo, por lo cual dichas naciones les abren las puertas. El problema es que, detrás de las argucias políticas, hay todo un sistema que Delpy trata de desnudar. Es así como un pueblito francés, apacible, idílico, con gente que tiene trazas de ser los más afables del planeta, es el escenario para el desarrollo de una trama que se complejiza poco a poco, llevándonos a los terrenos de la crítica social. Así, desde el principio, la directora pone los elementos para hacernos creer que veremos una especie de historia “maravillosa” porque de por medio podrían estar unos migrantes ucranianos que escapan de la guerra, los cuales tendrían que ser acogidos con los brazos abiertos por un pueblo con aspecto familiar. La representación de la preparación para el recibimiento, en este contexto, es pintoresca, además porque se nos hace ver que medio mundo tiene expectativas de conocer a seres más o menos de otro planeta, semejantes a los habitantes del pueblito. El giro está en que los que llegan son sirios,

hecho que motiva que pronto caigan las caretas no solo políticas, sino también sociales, de los habitantes del pueblito, ergo Francia o ergo Europa.

En otras palabras, no es lo mismo recibir migrantes ucranianos que sirios. ¿En qué medida los prejuicios raciales y culturales de los occidentales contra los que vienen de Oriente han desatado acciones de odio? “Vecinos bárbaros” provoca que pensemos esta cuestión, además de otras como quién es merecedor del refugio y quién no, más aún cuando el prejuicio está determinado por razones políticas o religiosas; igualmente, el racismo estructural que muchas veces se postula que ha sido superado, pero que sigue operando como motor oculto y reaparece cuando se presentan personas o familias de otras latitudes y condiciones de las que se conoce poco o muchas cosas, pero con sentido estereotipado.

El caso es que en “Vecinos bárbaros”, los habitantes afables del pueblito de cuento de hadas pronto sonsacan escondidamente sus actitudes racistas, de rechazo e incluso ponen en evidencia que son capaces de obrar con violencia. Por ejemplo, cuando ven a los sirios llegar, inmediatamente cuestionan si las mujeres llevan velo, o creen que, porque vienen de un país musulmán, son algo así como sujetos incultos, sin profesión y que pueden hacer tareas menospreciadas como dedicarse a labores del campo. Por el contrario, la familia de sirios demuestra y trata de convencer a los pueblerinos de que ellos son profesionales, vienen de una cultura como cualquier otra, además sofisticada, y que pueden ir más allá de las convenciones establecidas, es decir, no son simples obreros o mano de obra, pese a que estos oficios tampoco les causan repulsa. El hecho es que muchas veces se cree que los migrantes, más aún si su apariencia no concuerda con quienes los reciben, deben ser trabajadores a destajo.

De este modo, Delpy se encarga de poner en entredicho cómo las sociedades occidentales tratan a los migrantes, evaluándolos según su procedencia y su apariencia, sin descontar la cuestión religiosa, más aún si esta tiene que ver con el islam. El trabajo creativo de la directora, en este marco, es de fino detalle, pues lo que intenta es poner de relieve las contradicciones morales cuando se reciben o conocen personas de otro origen; trata de ir más allá de los estereotipos, los mismos que va desmontando a medida que se suceden los hechos en la trama de su película, al mismo tiempo que discute el valor de las relaciones sociales y la idea de interculturalidad.

Es posible que a muchos espectadores les parezca, luego de que Delpy expone los problemas de relacionamiento, que la trama de su filme se va cerrando hacia una conclusión edulcorada, previsible, de aceptación de la diversidad. Sin embargo, cuando vemos que la comunidad reconoce a la médica siria que ayuda a parir a una mujer francesa, en la orilla de un lago, pronto nos damos cuenta de que detrás hay una metáfora fuerte. Esta implica una inversión de roles y valores donde constatamos que quien proviene de un país próspero, cuando está desamparado, es ayudado por quien es sujeto de su desprecio, enseñándonos así que el refugiado, más aún musulmán, independientemente de su profesión médica, tiene humanidad; el lago, entonces, como el útero de la tierra, permite aflorar una nueva esperanza. Dicho esto, Delpy piensa que todo es posible en el mundo si rescatamos el sentido de lo humano por sobre lo político y la desidia.

Tal mensaje no puede pasarse por alto, primero porque la directora también nos obliga a modificar la mirada respecto a quienes llegan a nuestras puertas: ¿Quiénes son los bárbaros? ¿Quiénes son los verdaderos vecinos bárbaros? El título en francés es solo “Les barbares”; la versión en plataformas está traducida como “Vecinos bárbaros”, aunque la versión para pantalla grande fue conocida como “Conoce a los bárbaros”. Cualquiera que sea el título, la película actúa como espejo: en realidad, los bárbaros, que pueden entenderse también como “crueles”, “inhumanos”, “violentos”, etcétera, en primer lugar, son los personajes “buenas gentes”, pero que tienen un obrar contradictorio; y en segundo lugar, en la medida en que el espectador se identifica o no con cualquiera de ellos, el asunto se deriva en que precisamente aquel también es el verdadero bárbaro, pese a las bonitas palabras que pueda decir cuando conoce con curiosidad a esos individuos “otros” que no corresponden con la supuesta cultura occidental compleja. Desde ya, esto tiene que ver directamente con el francés, contra el europeo o contra quien sea de cualquier parte del mundo.

Y acá surge el tema de la interculturalidad. Este es el eje ético de “Vecinos bárbaros”. La interculturalidad implica el reconocimiento mutuo de diversidad de culturas, de sus orígenes étnicos, de sus costumbres o tradiciones, etc.; supone diálogo horizontal, pero sobre todo integración; el resultado: una activa y permanente transformación hasta llegar (o lograr) a un mundo enriquecido. La película, más allá de ser un espejo, también es la representación de un laboratorio social donde, a medida que pasa el tiempo, se observa que la convivencia entre personas o familias debe ser necesaria con el objeto de que cada cual aprenda y transforme sus percepciones y conductas propias. Es claro que los protagonistas franceses son problemáticos, lo mismo que los sirios; estos últimos también acarrean sus propias determinaciones y condicionamientos; es decir, son como cualquier persona del planeta. De lo que se trata es que en el laboratorio social representado en “Vecinos bárbaros” el espectador tome conciencia de lo que significa la migración y el refugio, el prejuicio racial, el menosprecio y exclusión sociocultural, además de lo que significa la identidad más abierta, más dialogante con la diversidad.

De eso se trata el filme de Delpy, de ser un vehículo para concientizar sobre el diálogo intercultural en los tiempos de xenofobia más recalcitrante. Las diferencias culturales no deben ser el muro que separa a la humanidad; por el contrario, deben ser el camino para la práctica del diálogo que ayude a desmantelar los prejuicios y construir un mundo más humano y unitario basado en el reconocimiento recíproco. Sabemos que la migración es hoy objeto de instrumentalización política (justamente así comienza “Vecinos bárbaros”), cuestión que ha derivado más en la profundización de los odios sociales e incluso nacionalistas. La película lo expone y lo critica; el mecanismo de la mordacidad presente en su trama está asociado al humor, ya que empezamos a ver en forma inversa una forma de vida comunitaria. El guion lleva a que todo se vea desde el extrañamiento cognitivo, para que nos demos cuenta de que los prejuicios están en el seno de nuestras actitudes y sociedades. De ahí la dimensión política de la película de Delpy: frente al paternalismo político en apariencia bienintencionado, la directora postula un cambio de actitud en sentido de promover prácticas de renuncia y reconocimiento para construir la verdadera humanidad.

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