El antecedente de la migración extremeña hacia América

Por: Dr. Pedro Arturo Reino Gartcés
Historiador/Cronista Oficial de Ambato

 

Realmente hay poca investigación renovada sobre  actores, que la historia los llama: secundarios, vinculados a los principales protagonistas de suceso histórico de la conquista y colonización de nuestros entornos que están registrados como ´de Quito´. Muchos de estos aparecen en relaciones tenidas como de la conquista del Perú. Esta poca investigación se debe a una serie de factores, entre los que tenemos: la falta de interés institucional por las ciencias históricas que restringen o  niegan aportes a la investigación y a la difusión de libros relacionados con estos temas. La falta de investigadores de formación académica que indaguen archivos. La falta de interés y la desconexión entre la investigación y la formación educativa que por medio del ejercicio docente reclame trabajos que vinculen al estudiante con la investigación más fresca. Si la educación demuestra su retraso, en una sociedad donde los lectores se pueden contar con los dedos de la mano, no hay mucho que pedir para que las publicaciones de estos temas sean objeto de demandas masivas.

Para constancia de lo dicho,  voy a referirme a un libro publicado en 1978 hace ya 42 años a la fecha 2020, en España. El  libro está escrito por el presbítero Vicente Navarro del Castillo, y titula La Epopeya de la Raza Extremeña en Indias (Navarro del Castillo, Vicente, Catálogo biográfico de 6.000 conquistadores, evangelizadores y colonizadores que, procedentes de 248 pueblos de Extremadura, pasaron a América y Filipinas durante los siglos XV y XVI). El libro ha sido publicado en Mérida, (Badajoz), España. 1978).

 El antecedente de la migración extremeña

El autor, muy acertadamente, en sus páginas preliminares advierte el equívoco argumento de muchos historiadores, que hacen juego a esa justificación que indica que el hecho conquistador tuvo como ideal el parámetro religioso de difundir el cristianismo. Notemos que lo está diciendo un presbítero. “La historia, buena maestra de la vida, nos enseña que la causa de la emigración de los pueblos ha sido siempre el buscar a lo largo de los siglos  en la emigración multitudinaria o individual el remedio a sus necesidades vitales que no lo pudieron encontrar en sus territorios de origen. Iberos, celtas, cartagineses, romanos, alanos, suevos, godos y árabes, por no salirnos de nuestra historia patria, se vieron empujados a nuestras tierras por el deseo de encontrar un vivir mejor. El mismo fin mueve a los leoneses, castellanos y gallegos hacia nuestra región en los siglos medievales; y esta es la causa de las modernas emigraciones europeas hacia tierras más allá de sus fronteras” (Navarro, p. 17)

Más claro no puede haberse escrito respecto a las razones por las que  la gente abandona su espacio patrio. Compárese lo que ocurre en la actualidad con quienes emigran a los Estados Unidos, a España, Italia, Inglaterra, etc. No ha de ser porque quieran volverse evangélicos, ser toreros o porque les guste estar cerca del Papa. Sencillamente es porque quieren cambiar su economía. Los antecedentes de las “quiebras” hay que estudiarlas en las relaciones de política económica, que son particulares.

Una de las cosas de la textura del relato histórico que manejamos los hispanoamericanos en general, es referirnos a los conquistadores como “españoles”, cuando España era un mosaico de reinos. Para nosotros, los mestizos, los inventores de una España unificada, vagamente importaba la remota designación geográfica, más que el sentido político de ese forcejeo de reinos que particularizaban las procedencias, y que a nosotros nos siguen pareciendo provincias. Esto mismo de hablar de extremeños, nos transfiere ese sentir nacionalista raizal con que evidencian su identidad.

Si volvemos al caso de entender las razones con que se entusiasmaron los peninsulares (españoles) para emigrar hacia las tierras “descubiertas”, con el propósito de colonizarlas, está “el atosigante régimen latifundista a que estuvo sometido por largos siglos…el latifundismo fue la causa primordial que empujó a los hombres a la emigración” (Navarro, p. 17).

Al leer estos datos, lo menos que podemos hacer es darnos cuenta del imaginario que trajeron en cuanto a esquemas conductuales político administrativos. Veamos contrastivamente algunos de estos modos de vivir:

Las órdenes militares tenían el aval de los reyes  y de los grandes señores feudales para retomar territorios que reconquistaban de manos de los árabes. “La lista de propiedades patrimoniales de las Órdenes de Santiago, Alcántara y Temple es ingente”. (Navarro, p. 18).

 A nuestro entorno llegaron los conquistadores con reconocimiento de ser miembros de estas señaladas Órdenes. Y claro, los conquistadores de segunda fueron beneficiarios de encomiendas y terrazgos. (Tikal, Órdenes Militares de España, Susaeta ediciones,Madrid, s.f.) Vieron a los indios como a moros, les quitaron las tierras y les convirtieron en tributarios esclavizados.

Diremos que dentro del mismo esquema imaginario llegan las órdenes religiosas. Nuestro autor dice que “tampoco la iglesia se vio excluida de reparto, y aunque su patrimonio procedería en su mayor parte de legados testamentarios y fundaciones piadosas, fue una latifundista más en la amplia y esquilmada región (Extremadura)” (Navarro, p. 17). En América, y en particular en nuestro entorno, el latifundismo y el sometimiento a los nativos, también es un calco del comportamiento acarreado. (Para noticias puntuales véase mi libro: Indios Mitayos en Hambato Colonial (2020).

Parte de la estructura legal de los poderosos latifundistas estaba reglamentada por la consolidación y fundación  de mayorazgos “como una causa más de este insultante latifundismo…que concentraba la tierra en manos de unos pocos. (Estaba vigente) el arbitrario régimen de herencias  por las que el hijo mayor se llevaba el mejor y más amplio bocado del reparto” (Navarro, p. 18).

¿Cómo sobrevivía un empobrecido peninsular de Extremadura atrapado por el latifundismo voraz? Pues vendiendo su mano de obra en calidad de semi esclavitud. “y no es extraño, pues aún hoy, fincas de miles de fanegas solo ocupan, yo lo he conocido, a una decena de pastores o porqueros. Los terrenos  sometidos a la explotación agrícola eran mínimos y la población trabajadora numerosísima. Ni aún los trabajos artesanos le podían ofrecer ocupación, porque los artesanos proliferaban de un modo tan exorbitante que, para poder emplearse, tenían que someterse a jornales de hambre. Sépase que sastres, tejedores, cordeleros herreros, sombrereros, etc, apenas si percibían 3 reales por jornada solar”. (Navarro, p. 18).

De lo dicho a lo conocido por los hispanoamericanos, pongamos dos datos de  cómo, esta pobre gente pasó al protagonismo histórico y a la inmortalidad: Pizarro, el porquero Pizarro, de quien se dice que fue amamantado con leche de puerca; y Benalcázar que huyó a América por haber matado un burro. De porqueros y arrieros pasaron a un rol de emperadores desorbitadamente  enriquecidos por la audacia de sus conquistas. El resto de inmigrantes traían sus oficios artesanales, que muy pocos lo ejercieron, porque se convirtieron en militares y en nobles explotadores, insistamos, según el imaginario de los señores de donde habían logrado escabullirse.

Esta gente de oficios bajos, en la propia península, como no podía subsistir con  su oficio, tenía como alternativa el enrolarse a esas milicias del feudalismo y de las cruzadas, donde ganaba algo más. Lo mismo hace ahora un artesano o hijo de artesano depauperado en el Ecuador actual. Su “salvación” económica, y casi, familiar, está en ingresar a la policía o al ejército. Es un mercenario disfrazado de servidor a la patria. No se da cuenta que entra al servicio del poder. Por esta misma razón, los artesanos que lo fueron en la península, en la conquista tomaron armas blancas y armas de fuego, con lo cual aseguraron sueldo y escala social, y muchos llegaron al poder.

Nuestro autor Vicente Navarro del Castillo, con un claro criterio sociológico apunta que los relatos fabulosos oídos de la boca de los primeros emigrantes al Nuevo Mundo, sobre oro, plata, mitos fantasiosos; y mujeres a disposición sin represión de la religión, operaron como sustento motivador entre los ideales que vivían  dentro de un mundo de pobreza. “Pero mayor atracción producirían esos relatos escuchados, no de labios de desconocidos, sino de los propios hombres de la tierra, pecheros o hidalguillos  empobrecidos, que sin una blanca en los bolsillos marcharon  a ultramar y volvieron con talegones repletos de buen oro y con una ostentación lujuriosa e incitante” (Navarro, p. 19). Esta misma conducta se observa a la inversa en nuestros actuales migrantes que envían las remesas y vuelven a sus pueblos a conversar que conocen Estados Unidos o que han viajado por toda Europa, redescubriendo un mundo lleno de comodidades y hasta experimentando  instintos sexuales con mujeres exóticas, muchas de las cuales se han embarazado y han formado hogares como un acto de reversión histórica.

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