
Por: Mateo Cedillo Pacheco
Estudiante universitario y miembro de CES-AL, Cuenca (Ecuador)
Alicaídos los ánimos y profundamente desmoralizado, he llegado a la conclusión que los prematuros veinte años de este milenio nos ha dejado algunas lecciones. Ojala que nosotros, los latinoamericanos, podamos dirigir con el objetivo de superar definitivamente las amenazas que se ciernan contra la libertad y la legalidad. La primera de ellas, el reconocimiento de la corta vida de la humanidad: de los ciento treinta siglos de historia tan solo unos pocos instantes corresponde a un supuesto régimen democrático, por tanto, resulta imprescindible y decisivo nuestro posicionamiento en su defensa y en su desarrollo progresivo de mejora. La segunda, es la necesidad de un irrestricto respeto a la Ley. Nada puede encontrarse por sobre las garantías constitucionales de los ciudadanos de un país, en el que existe el imperio de la Ley, su observancia y el estado de derecho.
Ecuador, la pequeña nación de donde provengo, es un preclaro ejemplo de lo pernicioso que pueden convertirse las ambiciones personales de un caudillo o cacique al alcanzar el poder político. Mal que bien ha caminado la democracia ecuatoriana en el pantagruélico y movedizo suelo de la contemporaneidad. Varios de los desatinados golpes de unos pocos quintacolumnistas, que buscaban amordazar la airada naturaleza democrática, han dado en el blanco con la ayuda de un deterioro del sistema hegemónico que reinaba y reina todavía en el Ecuador; aunque la resistencia y persistencia de un grupo de comprometidos intelectuales, escritores y diversos sectores de la sociedad civil han revalorizaron la prudencia, el orden económico y la división de poderes, evitando la debacle del incipiente sistema actual. De todos modos, la incertidumbre de esas amenaza está presente y viva, a través del fantasma del populismo y la tiranía. Debemos estar en alerta permanente, forjando ciudadanos libres, independientes y críticos que puedan contrarrestar esa embestida.