Doctor Rodrigo Borja Cevallos: «Humanismo y Universidades»

Ante el sensible fallecimiento del Señor Doctor Rodrigo Borja Cevallos, ecuatoriano ilustre, expresidente  Constitucional del Ecuador, www.EcuadorUniversitario.Com expresa su nota de pesar a su distinguida familia y le rinde un merecido y cálido homenaje a través de la publicación del artículo «HUMANISMO y Universidades», que es una conferencia magistral que ofreció en Quito, en octubre de 2009, en el marco de la VIII Cumbre de Universidades  Públicas de América Latina y el Caribe, organizado por el  Consejo de Educación Superior CONESUP.

Sr. D. Rodrigo Borja Cevallos

HUMANISTA E INTELECTUAL  DE TALLA UNIVERSAL

 

 

INTERVENCIÓN ESPECIAL

Dr. RODRIGO BORJA CEVALLOS

 

Señores rectores, señores profesores, señoras y señores:

VOY A HILVANAR las diferentes versiones en torno a la Universidad, que como comunidad de maestros enseña a discípulos que aprenden las artes, las ciencias, y las leyes. Ha sido sin duda la creación más fecunda, colineal y duradera en las civilizaciones. El concepto de Universidad está ligado desde siempre al humanismo, tanto al humanismo filosófico y su exposición al renacimiento con la concepción antropocéntrica del mismo, su vocación de explicarnos fenómenos del hombre y la naturaleza desde un punto de vista estrictamente humano y no divino. Su confianza en la capacidad del hombre para refrescar la verdad, sin ataduras dogmáticas, y la elección de la razón y de la ciencia como las autoridades supremas para la búsqueda de la verdad.

Y también al humanismo político, que hace del hombre el punto de vista sobre todo lo existente, que se acoge a la frase de Protágoras que ayer citó Miguel Rojas Mix, en el que el hombre tramita toda su potencialidad, y que lo sitúa en el centro de las ideologías políticas, de la sociedad, del gobierno, de la economía y de las leyes, que en consecuencia hace del Estado un medio al servicio de bienes humanos y no un fin en sí mismo, como propugnaban los fascistas.

La historia de la Universidad es apasionante. Sus antecedentes remotos deben encontrase en la academia fundada por Platón, y Descartes que fue uno de los grandes acontecimientos en la historia de la cultura. Sus antecedentes también están en la escuela de los sofistas, en la vieja Grecia, que recibían las enseñanzas de Froguen, y Protágoras, en el sentido de que la política es el arte de desenvolverse exitosamente en el mundo, y de que la retórica es el instrumento indispensable para alcanzar ese éxito. También son sus antecedentes la Academia de Palestina, Babilonia, India, Marruecos y Egipto. Las primeras universidades europeas se establecieron muy avanzada la edad media, bajo el patrocinio de la iglesia católica.

Les decía que las primeras universidades se establecieron en Europa bien avanzada la edad media, bajo el patrocinio de la iglesia católica para enseñar las siete artes liberales, la gramática, la dialéctica y la retórica que constituían el trívium del programa escolar, y la aritmética, geometría, música y astronomía, que era el quadrivium. La primera universidad americana se fundó en Santo Domingo, República Dominicana, en el año 1538; vinieron luego San Marcos en Lima, en 1551, y en el mismo año la universidad de México; en 1586 se fundó en Quito la Universidad de San Fulgencio, que es la actual Universidad Central, la de Santa Fe en 1865, Guatemala, 1687, La Habana, 1721. En los Estados Unidos fue Harvard la primera universidad en erigirse, en el año 1636; le siguieron Yale, Princeton, Columbia, York Home y varias otras. A partir de ese momento, el momento de la fundación de las universidades en América Latina, en Europa, en Estados Unidos, la historia de la humanidad fue modelada, sobre el pensamiento universitario, y por las decisiones políticas que, en función de él, tomaron los hombres de estado. De los campos universitarios brotaron las primeras nociones de la filosofía, las raíces de las ideologías políticas, los primigenios conceptos de la ética y de la estética, las aproximaciones a la ciencia y las nociones fundamentales del tema.

Largo y fecundo ha sido leer todo el trayecto histórico de la Universidad desde el trívium y quadrivium medievales, hasta la sociedad del conocimiento de nuestros días. La revolución digital con su fascinante mundo de la informática, internet, cyber espacio, robótica, telemática, fotónica, realidad virtual, correo electrónico, inteligencia artificial, dinero electrónico, prensa digital, libro electrónico, y demás prodigios de la cibernética, ha generado una nueva era histórica para la humanidad que dejó atrás al homo sapiens, de los primigenios antropólogos, que imperó a lo largo de mil cuatrocientas generaciones humanas, para remplazarlo por el homo digitales, que es el amo y señor de la sociedad del conocimiento de nuestros días.

Entra y constituye una etapa última del proceso de post industrialización, del capitalismo moderno, con su información en forma de textos, signos, gráficos, imágenes, ideogramas y sonidos -es la «materia prima» con la que operan los modernos instrumentos de la producción-.

Ésta, la sociedad del conocimiento, es una sociedad terriblemente dinámica porque está contagiada del dinamismo de los conocimientos, que es abrumador. Piensen ustedes que estos se duplicaron desde la época de Cristo hasta mediados del siglo XVIII. Se volvieron a duplicar en los siguientes 150 años. Y actualmente se duplican cada 4 ó 5 años.

En las tres últimas décadas se ha producido más información que en los cinco mil años anteriores. Una edición dominical del «New York Times» trae en sus páginas más información que la que tenía al final de sus días, un hombre culto del siglo XVII.

La revolución digital, al sustituir la cultura escrita por la cultura audiovisual, ha modificado una serie de actividades basadas en la imprenta, como la política, la economía, la industria, el comercio, la literatura, la educación, el periodismo, las relaciones internacionales y muchas otras. Los átomos han sido reemplazados por los bits, capaces de moverse a la velocidad de la luz, es decir a 300 kilómetros por segundo. La pantalla electrónica sustituyó al papel escrito. Las bibliotecas del futuro serán bancos de datos conectados con terminales de computación.

La revolución electrónica está modelando nuevas formas de organización social, nuevas culturas políticas, nuevas maneras de hacer política, nuevos modos de comunicación del líder con las masas y nuevos métodos de producir, intercambiar y distribuir los bienes y servicios de naturaleza económica.

Lamentablemente, abre también enormes oportunidades de impulso al populismo político, porque en la video política ya ha generado la revolución digital. Es más importante la imagen que la palabra; más importa el cómo se dice, qué se dice desde las pantallas de la televisión, y esto impulsa el populismo con bases en los juegos de imágenes. En fin, ha modelado un nuevo modo de producción, nuevas modalidades financieras, nuevos sistemas de intercambiar y distribuir bienes y servicios.

La revolución digital, de otro lado, se ha encargado de desmentir a Oswald Spengler y su profecía de la «decadencia de Occidente». Como recordarán y recordamos, el filósofo alemán en los años veinte predecía que Occidente está en el invierno de su cultura; que ha perdido toda fuerza seccional, y que por consiguiente entrará inevitablemente en proceso de decadencia. Pero gracias a los prodigios de la revolución digital, Occidente está sin duda en el mayor esplendor científico. Es la avanzada científica, tecnológica, económica y militar del mundo. Lidera las comunicaciones planetarias-produce 4 de las 5 palabras y 4 de las 5 imágenes de las comunicaciones mundiales- y es el depositario de los secretos de la revolución biogenética. Nos guste o no nos guste fue el triunfador en la guerra fría; es el hacedor del nuevo orden económico internacional, a imagen y semejanza de sus intereses económicos. Domina la globalización, que sin duda es una estrategia habilísima para domesticar y apropiarse de todos los mercados del planeta; es dueño de las divisas más fuertes; maneja la educación tecnológica de última generación; domina el Know- How tecnológico y científico: lidera la industria aéreo espacial, maneja las comunicaciones mundiales, es dueño del lenguaje digital, y produce cuatro de las cinco imágenes, y cuatro de las cinco palabras de las comunicaciones planetarias; y finalmente es el depositario de los secretos de la revolución biogenética de nuestros días.

De modo que bien puede hablarse de que hay una occidentalización de la cultura universal, que se manifiesta no sólo en las altísimas expresiones de la ciencia y tecnología, sino también en las formas de organizar la sociedad, la vida cotidiana, las costumbres, las pautas de consumo, y otros elementos de la vida diaria de la gente.

Más específicamente, existen impresiones de que hay una norteamericanización de la sociedad mundial; o para decirlo con las ingeniosas palabras del escritor neoyorquino, George Hitler, una macdonalización del país. Fíjense ustedes que el mayor rubro de las exportaciones de los Estado Unidos, en la primera década del siglo XXI, no son las manufacturas como podría creerse, sino sus películas y programas de televisión, ése es el primer rubro de exportación norteamericana. Es la exportación de una manera de ser y una forma de ver la vida.

Juan Luis Cebrián, en su libro La Red, publicado en 1998, trae cifras muy elocuentes sobre el predominio de filmes norteamericanos en Europa, y afirma que, en Francia, por ejemplo, a pesar de que la industria cinematográfica está enormemente protegida, el 70% de la taquilla corresponde a películas estadounidenses; esa cifra sube en España al 90%. Esto es lo que explica evidentemente la macdonalización del poder, por sus valores y subvalores, en el marco de la post guerra fría.

Germinados todos los contrapesos y los equilibrios, que debieron crearse, o deben crearse para frenar el abuso y la dominación de la potencia triunfadora de la guerra fría, la revolución digital ha modificado varios conceptos políticos y económicos tradicionales; entre ellos, sostengo yo, el de imperialismo. En la sociedad del conocimiento es mucho más tanques, barcos y aviones; el dominio científico; innovación tecnológica; patentes de invención; descubrimientos; tecnología de formación; universidades de excelencia; producción masiva de científicos; ingenieros de sistemas; tecnólogos, y profesionales de vanguardia. Todo esto, obviamente, al servicio de la dominación internacional.

De modo que el símbolo emblemático del imperialismo en la sociedad del conocimiento ya no es el Pentágono, sino Silicon Valley. O podría, en efecto, ¿explicarse el imperialismo norteamericano sin sus universidades? Y la onda expansiva de las ya formadas generaciones enteras de jóvenes procedentes de los cuatro puntos cardinales del planeta. Como el estratega polaco norteamericano Zbigniew Brzezinski en su obra El Gran Tablero Mundial, publicado en el 98, describe: «es posible encontrar graduados de las universidades estadounidenses en casi todos los gabinetes ministeriales del mundo».

La sociedad del conocimiento, lamentablemente, tiene también sus puntos débiles, ella señala una tendencia sistemática a concentrar el saber científico y tecnológico en pocas mentes, lo cual puede tener los mismos efectos de polarización social, dominación oligárquica, exclusión y trizamientos de las sociedades que tuvo y sigue teniendo la concentración de la propiedad, y el ingreso en pocas manos. Lo que yo temo es que la sociedad del conocimiento cree una nueva clase dominante, aquella que maneja las tecnologías de la última generación. Si esto sigue así, yo veo que va a producirse una implacable polarización entre las personas dentro de los países, y entre los países, en el concierto internacional, que los divida entre los que saben y no saben, los informados y los desinformados; o para decirlo en términos informáticos, entre los conectados y desconectados.

En el curso de la historia se han dado dos grandes reformas universitarias y está en marcha una tercera, en Europa. La primera reforma universitaria fue fruto de la revolución francesa que desmanteló el sistema educativo superior medieval, cortó la influencia clerical e implantó el laicismo en la educación. Creó la llamada universidad napoleónica, cuya característica fundamental fue asumir estudios modernos, dar tribuna a la enseñanza magistral del profesor, y no permitir casi participación alguna al estudiante. La universidad napoleónica, obviamente, se extendió por el mundo como uno de los valores fundamentales de la revolución francesa.

La segunda reforma universitaria surgió en 1918, como mencionaron los señores rectores en la jornada de ayer, en los claustros universitarios de la ciudad de Córdoba, y como parte de un proceso profundo de búsqueda de América Latina, de su identidad cultural. Esta reforma postuló la educación de carácter gratuita y laica, la libertad de cátedra, la autonomía universitaria y cogobierno, el libre ingreso estudiantil, la designación de los profesores por méritos, y otros avances en la educación superior. La reforma universitaria de Córdoba produjo una profunda transformación cultural y política en toda la América Latina. De manera que no se equivocaron los líderes estudiantiles de aquellos años, ya que en su primera proclama manifestaron: «estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana.»

Y también acertó el filósofo argentino, José Ingenieros, cuando afirmó de ella que tiene los caracteres de un acontecimiento histórico de magnitud continental. Hoy está en marcha, como mencionó Rojas Mix ayer, una nueva reforma universitaria que se inició en 1999, en Bolonia, con la reunión de los 29 ministros de educación de Europa, para trazar las líneas maestras del denominado Espacio Europeo de Educación Superior. El propósito central es convertir la economía europea en la economía basada en el conocimiento, la más competitiva y dinámica del mundo, como afirmaron sus patrocinadores del proceso de Bolonia. Un año después siguió la estrategia de Lisboa, cuyo propósito, evidentemente, fue crear la universidad europea de calidad que pudiera corresponder a las necesidades de la globalización, la sociedad del conocimiento y la nueva economía.

Permítanme, leer un pequeño párrafo de mi enciclopedia de la política, en que emito un juicio de valor sobre el tema. «En un ejercicio de pragmatismo, los gobiernos europeos han buscado la productividad del conocimiento, desmedro de las disciplinas humanísticas, lo cual supone, sin duda, la supresión o condensación no rentables, y la orientación de las universidades hacia la nueva economía, la economía del conocimiento que ha surgido de la conjunción de los modelos software en la informática, con el avance tecnológico de las telecomunicaciones, y aplicación de la robótica a la producción industrial».

Esta reforma universitaria que está en marcha en Europa, ha producido encendidas discusiones dentro y fuera de los claustros universitarios. Los círculos estudiantiles acusan a sus gobiernos de tratar de mercantilizar y privatizar la educación universitaria, y colocar la universidad bajo las leyes del mercado; incluso los jóvenes europeos expresaron la sospecha de que tanto el proceso de Bolonia, como la estrategia de Lisboa, obedezcan a los designios de la mesa redonda europea de industriales que se reunió en 1995, y que fundó grandes corporaciones privadas transnacionales como la Nestlé, La British Telecom, la Renault, CNC y muchas otras, para presentar la visión empresarial de los cambios que deben introducirse a la educación superior, para que pueda responder, según ellos, a los retos económicos y sociales de la actualidad. Y la sospecha tiene sustento, sin duda. El hecho evidente de que a partir de 1998 se inició en todo el mundo desarrollado un proceso de mega fusiones, que han producido corporaciones transnacionales de tamaño descomunal, cuyas cifras de ventas anuales superan el producto interno bruto (PIB) de muchos países. El Instituto de Estudios Políticos de los Estados Unidos, afirmó hace no mucho tiempo, que, de las cien entidades económicas más poderosas del planeta, cincuenta y una eran corporaciones transnacionales privadas, y cuarenta y nueve eran de Estados. En este orden de cosas, con este predominio tan fuerte de las corporaciones transnacionales, los límites estatales no cuentan, el planeta es visto simplemente como un mercado al que hay que abastecer, y los ciudadanos tenidos como sus consumidores reales o potenciales. Yo no tengo la menor duda de que hay en el designio de las corporaciones transnacionales el deseo de suplantar al Estado en el ejercicio de sus facultades soberanas y de mando político. De tal manera que temo que los grandes imperios del futuro próximo, no solamente sean los grandes estados, sino también los gigantescos conglomerados empresariales. Por lo tanto, es presumible que los imperialismos venideros no dejen al Estado como su único protagonista de este orden de cosas.

Señores rectores, señoras y señores, América Latina y el Caribe deben emprender en una nueva reforma universitaria, que sin renunciar al humanismo, a la cultura de paz, a la inserción de la universidad en la sociedad, a sus compromisos con los intereses populares, pueda que desde el punto de vista científico y tecnológico, afrontar los restos de un mundo implacablemente competitivo, que es el que ha creado la revolución digital.

Pienso incluso que la Universidad Latinoamericana y Caribeña debe prepararse para la revolución industrial del futuro próximo, que será la revolución de la nanotecnología, basada en el manejo científico de cuerpos de escala ínfima, o sea la manipulación de las dimensiones intimas de la materia. Esta será la nueva revolución industrial. Lo que hay que tratar de evitar es que ésta no tenga como sus antecesores, mecanismos de dominación al servicio de los países altamente industrializados. En nombre del humanismo, es impostergable una respuesta de las universidades de América Latina y el Caribe para trabajar en la rectificación, en la tendencia que he mencionado, de la concentración del saber científico y tecnológico en pocas mentes que tendrá efectos terriblemente polarizantes, de dominación, exclusión social y trizamientos de la sociedad. En este sentido, pienso que la universidad debe empujar y emprender una suerte de alfabetización electrónica que democratice los conocimientos digitales. Otra obligación ineludible de nuestra universidad, es romper el desfase que hoy existe y existió a partir de la revolución industrial en el siglo XIX, entre los avances de la ciencia y los atrasos de la ética, desfase que tiene efectos letales sobre las sociedades, porque el paso rápido de las conquistas científicas, y el lento caminar de la moralidad humana ha llevado a aplicar las santas conquistas de la ciencia con los más bajos niveles de la ética.

La Universidad debe, además, tratar de conciliar, o por mejor decir, de reconciliar la política con la ética, con arreglo a las palabras siempre presentes de Ortega y Gasset. La moral, dijo el filósofo, es una cualidad matemática, es la exactitud aplicada a la valoración ética de las acciones humanas. Y esto es precisamente lo que hace falta. A nuestra política latinoamericana, le hace falta una dimensión ética y una dimensión estética, porque muchas cosas sucias, y poco elegantes, se hacen en nombre de la política.

Creo, estimados rectores, señoras y  señores, he abusado del tiempo que se me ha otorgado y de la paciencia de ustedes, y quiero interrumpir aquí mi intervención, no sin antes reiterar que el papel que debe  jugar la Universidad en el curso de este siglo , es de vital importancia  para los destinos  de la humanidad y del planeta.

Foto: Cortesía de la Academia Ecuatoriana de la Lengua

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