Nada impide brindar, por ejemplo -sin maquillar las experiencias de los meses anteriores-, por los planes no cumplidos porque nos obligaron a improvisar, por las decisiones difíciles tomadas porque nos empujaron a superar el inmovilismo y el miedo, por los errores cometidos porque nadie escapa a la condición humana, por los retrocesos en el camino porque obligan a repensar las cosas con más consciencia para intentarlo nuevamente, por correr muchas veces sin mirar lo esencial porque nos recuerda la necesidad de degustar con calma y sin prisas los momentos más simples de la existencia, por el tiempo perdido porque nos demuestra cuánto vale. Cada singular motivo para brindar nos deja invalorables lecciones aprendidas de cara al nuevo año que llegará; resurgimos así más enfocados, fortalecidos y experimentados, con la capacidad de cambiar la historia de lo que no pudo ser.
Humanum est propinare. Brindan los amigos y los enemigos, la familia de sangre y la familia elegida. Brinda el político, el empresario, el trabajador y el maestro, el que vive de la tierra, el emprendedor, también el desocupado, el hambriento y el enfermo, el que se siente lleno y pletórico, también quien vive vacío sin optimismo. Está más que justificado hacer un brindis por lo que nos alegró, por lo que llegó y se cumplió tal como anhelábamos.
Ahora invito a brindar por el año que termina tal como fue, con sus altos y bajos, con aciertos y equivocaciones, con los sueños cumplidos y otros que aún esperan ser realidad; valorando eso sí, el tiempo transcurrido, el de las conversaciones largas y pausadas, y las risas sin prisas, porque también esto compone la vida.