Por: Dr. Iván Rodrigo Mendizábal,
Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar
Desconocemos el cine de Taiwán. Se trata de un cine que se ha desarrollado en paralelo y contra las convenciones del cine chino continental y casi en competencia más bien con el cine de Hong Kong, aunque su enfoque también ha sido entrar en los mercados asiáticos y llamar la atención de otros a nivel internacional. Habría dos aspectos que quisiera comentar en esta columna respecto a su cine más reciente: el realismo social y el uso de nuevas tecnologías para enfrentar a una industria audiovisual global. La película que motiva es “La chica zurda” (2025) de la realizadora Shih-ching Tsou, la cual se puede apreciar en las plataformas de streaming.
“La chica zurda” podría pasar por un drama más del conjunto de películas que se ven en las pantallas. Su trama gira alrededor de una familia que vive con los pocos ingresos que pueden tener en el día. Así, tenemos a una joven madre, Shu-Fen, que prepara y vende fideos en un puesto de comidas en un mercado popular; su hija, I-Ann, que en el mismo entorno se gana la vida vendiendo nueces a las que les agrega cal por mañosería del dueño del puesto de ventas, quien además se aprovecha de ella sexualmente; finalmente, una niña, I-Jing, de alrededor de unos 5 años, que las acompaña en las noches a realizar las ventas, pero, además, se pasea en el mercado robando cosas.
Contada así, la película supone la vida de tres mujeres en las que las miserias económicas, la anomia, la misma tensión entre madre e hija es lo cotidiano, más aún por la súbita presencia de un padre que ha estado ausente, por demás odiado por ellas por ser violento y descarado, y que ahora está a punto de morir. La inclusión de la niña le dota, sin embargo, de un carácter singular al filme porque permite poner en perspectiva los problemas no solo familiares, sino también los sociales que están representados de manera descarnada. Ella vendría a ser el elemento moral y perceptivo de la trama porque desde su rol emocional es que vemos y sentimos el drama de unas mujeres que viven precariamente, pese a que también pertenecen a una familia más grande con sus propios bemoles. Esta familia está compuesta por su madre, traficante de personas; el padre, machista y supersticioso; las hermanas que tratan de sacar provecho a todo.
I-Jing entonces, lo ve todo, pregunta ingenuamente y desata actos con la inocencia que le caracteriza. El problema, sin embargo, es que ella es zurda, hecho que le encara y recrimina el abuelo, ese hombre machista y supersticioso, haciéndole creer que, en efecto, ella tiene la mano del diablo y que todo lo que hace con su mano izquierda es gobernado por dicho ser. De esta manera, los robos que perpetra, la muerte de un animal que deriva además en un accidente en la vía pública, provocando un desastre mayor, etc., le ponen en un plano conflictivo. La directora Shih-ching Tsou metaforiza con la niña la exclusión y el disciplinamiento social, metáfora que abarca tanto a la familia con la que la niña convive como a la propia sociedad.
Pues de lo que trata el filme “La chica zurda” tiene que ver con la exclusión, donde la gente que no ha alcanzado los niveles de “éxito” en la vida termina vendiendo en la calle, forzada por una competencia social y económica, por la falta de trabajo y de nuevas expectativas en el marco de una sociedad en la que, se nota, prevalece el quemeimportismo. En este contexto, con I-Jing en medio, la película hace que aparezcan las fracturas de una sociedad, siendo la familia el objeto de miramiento. Así, la fragilidad económica de la madre, la cual debe vender comida en un mercado nocturno, es, a su vez, la fragilidad de muchas personas que viven al día con lo que ganan.
La explotación y vulnerabilidad de la hija es otro rasgo de esta sociedad excluyente porque es a través de ella y este tipo de mujeres (que además son cooptadas en su voluntad para luego prestar servicios sexuales) que prevalece un mercado de adulteraciones. Encima, cabe evidenciar la continuidad de conductas patriarcales, alimentadas además por la superstición local, que tergiversan el real desarrollo de las personas. Frente a ello, el disciplinamiento ya no es exterior, sino algo que se ha adquirido como medida desesperada: vender lo que sea para sobrevivir, mentir para aparentar y no ser señalado/a como alguien fuera del sistema. Lo interesante, de acuerdo con ello, es que la Shih-ching Tsou lleva a que nos demos cuenta de que es posible enfrentar ese estado de cosas con una revelación trascendental que está inscrita en la trama y que también está atada al comportamiento crítico y moral de I-Ann.
¿Cuál es entonces el retrato de “La chica zurda”? Decía que este filme tiene que ver con el realismo social, una que critica las condiciones de la sociedad capitalista, cuyos huecos o entresijos son difíciles de ocultar pese a las imágenes exteriores que uno pueda elaborarse de países que supuestamente tienen un cierto desarrollo económico ligado al bienestar. Lo que vemos, por el contrario, es una familia que vive en situación límite, hacinada y con problemas económicos. Por otro lado, está el trabajo informal, que aumenta la miseria humana porque es la medida de la explotación y el borramiento de la dignidad.
Shih-ching Tsou intenta sensibilizar al espectador con su filme. Mientras la precariedad y el trabajo explotador parecen ser los ejes fundamentales de la vida contemporánea, el rol de las niñas en “La chica zurda” supone tensar la experiencia sensorial y afectiva de nosotros. Hay una mirada justa en cuanto a su representación: con la niña, el miedo, el juego, la inocencia y la rebeldía, y sus actos tienen otra función. Y no solo eso, las mismas incongruencias sociales que aún no comprende. Ella nos recuerda que, en medio de entornos agresivos o sombríos, su lógica infantil hace que la culpa y la fantasía sean aún medios sin una carga negativa: ella, mientras ve lo que pasa a su alrededor, al mismo tiempo va aprendiendo y creciendo inocentemente. Con estos y otros elementos, la niña también inquiere al espectador para que no mire pacientemente la pantalla. Mientras su hogar es caótico y precario, I-Jing intenta dar el toque afectivo para escapar de los comportamientos desesperados de su familia. Y un punto más: ella demuestra que es posible la solidaridad, aun cuando sea un concepto abstracto.
La otra cuestión que quería hacer manifiesta es la relacionada con la parte técnica de “La chica zurda”. Es un filme novedoso porque ha sido realizado enteramente con un iPhone 7. Desde el inicio nos damos cuenta de que es una obra hecha con pocos recursos: esto aumenta significativamente el estado de la situación que se representa visualmente, el de una familia en condiciones inestables en un mundo también de precariedad. Es decir, es una película concebida desde un dispositivo celular, aspecto que determina su calidad e identidad estética.
Digamos entonces que el uso del celular para la filmación de “La chica zurda” es inteligente: puesto que la directora nos mete a la trama de lleno y nos hace seguir el devenir de I-Jing, la cámara aparece secundaria; o, mejor dicho, el iPhone 7 permite a la directora más versatilidad y movimiento, haciendo que pasemos por alto los encuadres típicos (plano medio, primer plano, plano general…). Con la cámara celular, Shih-ching Tsou nos aproxima a los cuerpos, a los rostros, a sentir la precariedad y el fraccionamiento del espacio de representación. Incluso la iluminación exterior “explota”, haciendo que los personajes tengan contrastes en sus expresiones. Resalta el color multitono, la saturación y a ratos la sobreexposición de la imagen y, sobre todo, un cierto “granulado” digital y, con ellos, un mundo nada edulcorado, nada estilizado; en otras palabras, no hay preciosismo. Con estos elementos, el filme tiene un tono documental. Las imágenes nos hacen ver a los personajes como naturalezas de lo popular, de lo casero, sacados de la calle; la misma calle y ciudad me parecen ostensiblemente cotidianas.
Los elementos visuales, el uso del celular en forma dinámica, entonces, nos llevan a seguir las vicisitudes de los personajes. Así, las discusiones, los momentos de tensión, los cambios de comportamiento y rostro son registrados con la cámara de forma inmersiva. Asimismo, la cámara baja a la altura de la niña, por lo que la ciudad y el mundo representado, aparecen en su dinamismo, en su violencia cotidiana, en su densidad atmosférica, al punto que a ratos creemos que ella desafía un entorno de encierro y, al mismo tiempo, de libertad (en cierto sentido, el uso de cámara nos recuerda las dinámicas tomas del cine de Stanley Kubrick). Finalmente, las tomas de cámara iPhone 7 acrecientan la idea del realismo social, del realismo urbano: en medio de los espacios vivos del mercado o las calles (incluso las estrechas habitaciones de la vivienda donde habita I-Jing), cuando el ruido se cuela, o cuando el tránsito nos hace ver una ciudad que esconde sus riesgos, la condición humana es retratada desde la espontaneidad, la naturalidad y también la sensibilidad.
