
Por: Dr. Iván Rodrigo Mendizábal
Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar
El título que planteo para este artículo puede tener un contrasentido: implica algo así como tratar de alabar a algún individuo, más aún si es poeta, como un improductivo, a sabiendas de que esta última palabra puede aludir a la inutilidad, a lo inservible, a lo estéril, además de lo pobre, entre otras acepciones. La película colombiana “Un poeta” (2025) de Simón Mesa Soto pone a relucir estas connotaciones, entre las que deseo analizar.
Desde ya, una de ellas parte de lo que es su género: una comedia, además, grotesca. Tenemos ante nosotros un personaje venido a menos. Se trata de Óscar Restrepo, firme defensor de la poesía, quien se cree, tras haber ganado en su juventud un premio por un poemario, ser un innovador insuperable como el poeta decimonónico José Asunción Silva, a quien ve como un santo patrón y como modelo de su vida y de sus creencias. Sin embargo, el caso es que Restrepo ya no es el mismo de antes y casi es un desconocido porque no ha producido más obras de las que pueda enorgullecerse o ser aplaudido. En otras palabras, vive en un estancamiento emocional y social, vampirizando a su madre, viviendo en su departamento, además de ser padre de una adolescente a quien le pide dinero para emborracharse. El retrato de un individuo que no tiene mayores aspiraciones, con un trabajo precario, pese a acercarse a la cincuentena de años, es la base de “Un poeta”.
Y eso es lo que tiene que ver con la comedia. Aristóteles ya lo había definido en la “Poética”: la imitación de las personas peores, pero no de sus maldades, sino de lo que causa risa, condición de lo feo. De eso se trata “Un poeta”: el retrato de una persona fea en su forma de ser (hecho que se resalta además en su aspecto físico), en las cosas que hace, en el modo en que afronta su vida, en la incapacidad de querer y poder dar un giro en todo y, si lo hace, termina por arruinarlo todo. Pero no solo se refiere a Restrepo, el poeta marginalizado y marginal. Es también acerca de la misma gente que le rodea, desde familiares, amigos, colegas literatos e incluso diplomáticos…, en suma, la sociedad propiamente dicha, la cual es fundamentalmente fea. En la película de Mesa Soto, nadie sale bien librado.
El problema es que tanto Restrepo como todos los demás que lo rodean o con los que se relaciona, si bien pueden causar risa, al mismo tiempo nos producen la sensación de estar ante lo grotesco en toda su expresión. Recordemos que lo grotesco es una categoría estética por la que lo feo, lo ridículo, lo desproporcionado e igualmente lo extraño provocan intensidades contradictorias. En este sentido, en “Un poeta”, no sabemos si reírnos o sentir pena por lo que presenciamos, o si considerar la película como un ejercicio de lo extraño o la puesta en escena de algo que incluso puede decirse que es lo más absurdamente cotidiano y que solo esta obra se habría encargado de sonsacar lo que no se dice o se percibe, pese a que uno sea consciente de ello. Asimismo, en la medida en que avanza la trama, poco a poco nos damos cuenta de que las acciones de los personajes suscitan repulsión, pero también atracción. Mijaíl Bajtín en “La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento: El contexto de François Rabelais”, al analizar el cuerpo en el contexto del carnaval medieval, en cierta medida había puesto de manifiesto estos rasgos opuestos cuando se refería a lo grotesco que bien se representa en los cuerpos ridículos, en la precariedad de las cosas y de las relaciones, en la propia vida material donde lo caricaturesco también tiene que ver con algo de lo ominoso. En el filme, Mesa Soto desacraliza no solo a sus personajes, empezando por Restrepo, el poeta (que bien puede ser irónicamente el decimonónico Silva), sino también lo que tiene que ver con la poesía, ese territorio investido de lejanía, solemnidad, lirismo, sentimientos inexplicables, etc.
La película de Mesa Soto no es un drama sobre la vocación artística. De acuerdo con ello, cuando sigue el tono de la comedia grotesca, es para representar a un individuo, el poeta, que habita en los márgenes de la productividad económica o, mejor dicho, en los linderos de la improductividad y, como consecuencia, en la falta de reconocimiento social. Así, Restrepo es un personaje degradado en sí mismo que, acentuado por la lente del director, tiene un actuar exagerado en sus contradicciones, el cual debe vivir entre la tensión de sus ideales y la realidad de la vida cotidiana enteramente materialista. Si la poesía, en su pensamiento y en sus afectos, tiene aún sentido, la realidad que le rodea constantemente le contradice dado el materialismo que le permea. Lo interesante del caso es que nuestro poeta sigue bregando frente a la indiferencia, el menosprecio y la comprensión equivocada de sus acciones por parte de los demás, igualmente seres grotescos. Henri Bergson, en su viejo tratado “La risa”, anotaba que cuando vemos a un individuo que estoicamente insiste en actuar de una manera que no corresponde a la realidad, la risa es una consecuencia. En “Un poeta” esto es claro: Restrepo, obligado socialmente a ser profesor de escuela, ante la imposibilidad de ser visto como un padre responsable, asume el papel de padrino de una adolescente poeta para quien la poesía no es más que la expresión de sentimientos, mas no de lo sublime; la intención es hacerle descubrir ese horizonte. El problema es el aprovechamiento de los otros, intelectuales o no, para quienes el arte, la poesía, lo sublime son medios para extraer algo en beneficio propio. El director del filme a la sazón lanza una aguda crítica a todo un sistema social y cultural donde la poesía es solo un pretexto para llenarse los bolsillos o el ego propio.
La película entonces parece decir que, contra lo grotesco de los personajes o de las situaciones, la poesía radica en los cuerpos y las voluntades frágiles que bregan dentro del sistema sociocultural predominante. Ahí nos damos cuenta de que la comedia grotesca cambia a otro sentido: lo que presenciamos es lo patético de un personaje frente a lo problemático de los otros (que interpretan y transforman todo hecho para sacar algo que les beneficie).
Pero el problema latente es, sin embargo, el poeta como sujeto improductivo. Esta figura es incómoda para el mundo posmoderno capitalista. A nadie se le perdona que no genere riqueza, ni que sea ineficiente, ni que sea inútil para la maquinaria social. Desde ya, la poesía será vista (más allá de todo romanticismo) como un cuerpo desplazado del circuito productivo. Restrepo, en su precariedad, es un símbolo de obstinación que permite desnudar los oportunismos de todos los círculos, sean estos intelectuales, políticos o económicos. “Un poeta”, en este sentido, es una feroz crítica al aparataje sociocultural y político contemporáneo donde no importa la persona, sino el personaje, la máscara, la impostura.
¿Qué es lo que vemos entonces en “Un poeta”? Conforme a la idea de la comedia grotesca: la poesía como un dispositivo improductivo que sirve para llenar discursos sociopolíticos y culturales donde los poetas son instrumentos y no personas, son cosas y no tejedores de nuevas significaciones. Sin embargo, el poeta, la poesía, para Mesa Soto, vendría a ser la matriz, la madre, origen de la tristeza y la alegría juntas (caras de la misma moneda), gracias a la cual el sentimiento de lo sublime emerge. Si esto no se entiende en el mundo materialista contemporáneo, es porque se ha perdido la capacidad de asombro.
“Un poeta”, dicho lo anterior, es excepcional. Filmada en 16 mm, recupera la textura de un cine que bordea el documental y la ficción. Contribuye a ello que casi la totalidad de los actores no sean más que individuos sin experiencia en el mundo del cine. ¿Es un homenaje al cine neorrealista? De ahí que veamos este filme como algo fresco, como un fresco imaginativo que nos inquieta. Por algo es ganador de una serie de premios que dignamente nos recuerdan al mejor cine que innova y abre senderos nuevos por explorar.