Un estudio con casi 3 000 personas de cinco países latinoamericanos muestra que la manera en que hablamos -desde las pausas y el ritmo hasta el vocabulario- ofrece pistas sobre la salud cerebral, el deterioro cognitivo y la demencia, y abre las puertas al desarrollo de herramientas de evaluación accesibles y de bajo coste.

El habla es una de las capacidades más versátiles, complejas y maravillosas del ser humano. Con ella convertimos pensamientos en sonidos y podemos pronunciar tanto las frases más hermosas como las más hirientes. A través de su melodía y ritmo, transmitimos estados emocionales tan sutiles como la ironía, el sarcasmo, la ternura, el entusiasmo o el desprecio.
La voz actúa, además, como una huella dactilar: una firma sonora única que expone la edad del hablante, su origen geográfico, estatus socioeconómico, nivel educativo, rasgos de la personalidad o incluso el estado de ánimo del momento.
La voz actúa como una huella dactilar: una firma sonora única que expone la edad del hablante, su origen geográfico o su nivel educativo
Pero podría revelar algo más. Un equipo internacional de científicos descubrió que funciona, además, como una ventana hacia la salud del cerebro. “Nuestra voz parece contener mucha más información sobre el envejecimiento de la que habíamos reconocido anteriormente”, cuenta a SINC Agustín Ibáñez, profesor de Salud Cerebral en el Global Brain Health Institute.
Este neurocientífico argentino, profesor de la Facultad de Medicina del Trinity College de Dublín, Irlanda, lideró un equipo de 52 investigadores que hicieron un hallazgo sorprendente. Como describen en un artículo publicado esta semana en la revista Science Advances, descubrieron que las palabras que elegimos, las pausas entre frase y frase, el tono o la sutil pérdida de riqueza del vocabulario dejan entrever la velocidad a la que envejece el cerebro y ofrecen indicios de deterioro cognitivo y de enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer o el párkinson.
El habla moldea el cerebro de los perros
Huellas lingüísticas
Las neurociencias arrastran un sesgo: buena parte de lo que se sabe sobre demencias proviene de estudios realizados en poblaciones de ascendencia europea y países de altos ingresos. Con la misión de corregir esa distorsión, nació en 2020 ReDLat, un consorcio internacional que reúne alrededor de 90 investigadores latinoamericanos de 13 instituciones. Su objetivo es comprender cómo la interacción entre la genética, el ambiente y las condiciones sociales influye en el envejecimiento cerebral y en la aparición de demencias.
Durante un año, los científicos escucharon voces. Muchas: las de 2 928 personas hispanohablantes de entre 18 y 88 años, de Argentina, Chile, Colombia, México y Perú, entre las que se incluían adultos sanos y personas con deterioro cognitivo leve, alzhéimer y diversas formas de demencia frontotemporal.
El procedimiento era sencillo. Las sesiones se realizaban en salas silenciosas, con luz tenue, y constaban de una serie de pruebas
También se les pidió a los voluntarios mencionar la mayor cantidad de animales y vegetales durante un minuto. “Así pudimos examinar su producción lingüística, memoria episódica y fluidez semántica y fonológica”, señala el neurocientífico Adolfo García, que desde hace veinte años estudia el habla y el lenguaje desde una perspectiva cerebral.
Este investigador explora las alteraciones lingüísticas en personas con enfermedades cerebrales asociadas al envejecimiento. “El habla es una de esas cosas que damos por sentada”, reconoce el director del Centro de Neurociencias Cognitivas de la Universidad de San Andrés, en Argentina. “Es tan ubicua, nos acompaña desde que nos despertamos hasta que nos acostamos. Cuando analizamos y desgajamos el lenguaje encontramos mucha información a escala poblacional, grupal e individual”.

La investigación analizó el habla de 2 928 hispanohablantes de Argentina, Chile, Colombia, México y Perú, incluidos adultos sanos y personas con deterioro cognitivo, alzhéimer y demencias frontotemporales. / TELL
Los relojes del habla
El español varía mucho de país en país, de región en región. Cambian los acentos, las palabras, las entonaciones, los ritmos. En esa heterogeneidad dialectal, los científicos se propusieron hallar claves menos evidentes: pistas sutiles, marcadores del lenguaje que cuenten algo sobre el deterioro cognitivo. Para ello analizaron cientos de características que pueden extraerse de unos pocos minutos de voz: aspectos acústicos, como el tono, el ritmo o las pausas; características de la pronunciación; propiedades lingüísticas relacionadas con las palabras utilizadas y con la organización del discurso.
El análisis se hizo con una plataforma conocida como TELL (Toolkit to Examine Lifelike Language), un software desarrollado por una startup que ya se utiliza en más de quince países y que permite desarmar el habla en decenas de componentes: la velocidad, la cantidad de sílabas por segundo, la duración y frecuencia de las pausas, el tono, las palabras que usamos y hasta el contenido emocional de lo que decimos.
Los investigadores encontraron señales tempranas de alteraciones asociadas con enfermedades neurodegenerativas, indicios de una huella en el lenguaje
La diferencia entre la edad estimada a partir del habla y la edad cronológica conforma lo que conocen como ‘brecha de edad del habla’ (o speech age gap). Es decir: cuánto más joven o más envejecida parece la forma de hablar de un individuo respecto de lo esperable para alguien de su edad. Una persona puede tener, por ejemplo, 60 años y un patrón de habla semejante al que el modelo encuentra habitualmente en alguien mayor.
Lo interesante es que allí, escondidas en las palabras, apareció algo más: los investigadores encontraron señales tempranas de alteraciones asociadas con enfermedades neurodegenerativas, como el alzhéimer y otras formas de demencia. Indicios mínimos pero que ya parecían estar dejando una huella en el lenguaje.
Los participantes sanos presentaron las menores brechas de edad del habla, mientras que estas fueron progresivamente mayores en personas con alzhéimer o con distintas formas de demencia frontotemporal. El estudio reveló además otro aspecto crucial: las variaciones en el habla reflejan también las cicatrices de las desigualdades acumuladas a lo largo de la vida, lo que se conoce como exposoma social. La exposición prolongada a condiciones socioeconómicas desfavorables acelera el envejecimiento del habla tanto en adultos sanos como en personas con demencia.
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Una nueva herramienta de diagnóstico
Hablar -el rasgo más cotidiano y compartido de nuestra especie- parece una actividad sencilla, pero es una operación de enorme complejidad: en cuestión de milisegundos, exige encontrar palabras, recuperar recuerdos, ordenar ideas, controlar la respiración y la articulación, casi todo al mismo tiempo. Ya en 1901, el psiquiatra alemán Alois Alzheimer había registrado alteraciones del lenguaje en sus pacientes.
Esta perspectiva reflotó en los años noventa, pero despegó con fuerza en la década de 2000 gracias a las grabaciones digitales que hicieron posible analizar miles de fragmentos y cruzar lo que se escucha -ritmos, tonos, pausas- con lo que se dice. En 2020, un grupo de científicos analizó 703 grabaciones de 270 personas en la ciudad de Framingham, Estados Unidos, en busca de señales tempranas de deterioro cognitivo.
Cada investigación revela una faceta oculta y desconocida del habla. Por ejemplo, las pausas son, en promedio, más largas en las personas con deterioro cognitivo leve y con alzhéimer. Pero hay otros indicios menos evidentes. Contra lo que podría suponerse, la riqueza y la diversidad del vocabulario aumentan con la edad: los adultos mayores sanos conservan un repertorio de palabras muy amplio. Con el alzhéimer ocurre lo contrario: repiten más palabras, utilizan términos más sencillos, menos variados.

El estado de la salud cerebral y las alteraciones causadas por enfermedades neurodegenerativas como alzhéimer y párkinson se aprecian también en el lenguaje. / USC’s Mark and Mary Stevens Neuroimaging and Informatics Institute
Un avance crucial y más representativo
El nuevo megaestudio, destacan los investigadores, representa un avance crucial en la investigación neurocientífica mundial. Al desarrollarse íntegramente en América Latina, este trabajo ha incluido a personas de regiones tradicionalmente subrepresentadas, sin necesidad de recurrir a infraestructuras de altísimo costo.
“Este enfoque es muy accesible, sencillo y no invasivo para estudiar la salud cerebral y el envejecimiento de una persona y mucho más económico que realizar resonancias magnéticas”, indica el neurocientífico cubano Hernán Hernández, del Instituto Latinoamericano de Salud Cerebral (BrainLat), de la Universidad Adolfo Ibáñez, Chile.
En países en vías de desarrollo, muchas veces los centros de salud no cuentan con tecnología de neuroimágenes de última generación o insumos para llevar a cabo análisis de sangre que permitan detectar signos de neurodegeneración.
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En el futuro, imaginan los investigadores, unos pocos minutos de audio bastarían para obtener información relevante sobre la salud cerebral y la velocidad de envejecimiento de una persona. Algo tan simple como hablar podría ayudar a identificar quién necesita una evaluación más profunda.
“Un registro de voz podría convertirse en una primera herramienta de evaluación para detectar señales de envejecimiento acelerado, riesgo de deterioro cognitivo o cambios asociados con enfermedades neurodegenerativas”, señala Ibáñez. “Y podría hacerse de manera remota, incluso en lugares donde no existe acceso fácil a neuroimágenes, análisis moleculares u otras evaluaciones especializadas”.
Los científicos saben que aún hacen falta más estudios, en especial longitudinales, que sigan a las mismas personas durante años, idealmente desde antes de que desarrollen una enfermedad. Así podrían observar cómo cambian sus patrones lingüísticos con el tiempo y determinar si las señales detectadas en las primeras mediciones permiten anticipar otros cambios asociados a la enfermedad, como la atrofia cerebral.
“También precisamos más estudios interlingüísticos”, advierte García, cocreador de la aplicación TELL de evaluación del habla. “Hay 7 000 lenguas vivas en el mundo, pero la mayor parte de la evidencia proviene del inglés. Lo curioso es que las alteraciones asociadas con el envejecimiento que se observan en angloparlantes no son las mismas que aparecen en personas que hablan español, turco, urdu o chino mandarín. Es un desafío que el campo aún no ha abordado adecuadamente”.


