El resultado de los exámenes mide globalmente los conocimientos adquiridos por los estudiantes; en términos generales, es correcto aceptar como válida la siguiente relación: más conocimiento = mejores resultados; menos conocimientos = peores resultados, afirman Enrique Congrains Martin y Lourdes Alaiza en su libro “Así es como se estudia”, que recomendamos leer a los estudiantes de bachillerato y de las universidades.
El término “globalmente” y la expresión “en términos generales” significa que reconocemos la existencia de “casos particulares”. Por ejemplo, de vez en cuando, un estudiante aprovechado permite que el nerviosismo lo perjudique.
Hay otros casos: un estudiante desaplicado puede tener la surte de que le toque contestar la única pregunta que hubiera podido responder satisfactoriamente; otros pueden verse favorecidos o desfavorecidos por determinados profesores; también hemos conocido el caso del “estudiante que nunca estudia”, pero que sin hacer trampas, siempre sale bien librado a la hora de examinarse.
Pero estos cuatro casos constituyen las raras excepciones que confirman la regla aplicable a la mayoría de los estudiantes y a los exámenes en general: estos miden con bastante objetividad el aprovechamiento obtenido.
Por todo lo anterior, nadie debería suponer que si ha estudiado y comprendido la materia, saldrá mal librado a la hora de exámenes. Mucho menos, nadie debería ilusionarse imaginando que rendirá un buen examen si desconoce la materia respectiva, señalan los expertos.
Agregan que el factor “buen uso del recurso tiempo disponible” es, entre todos, el que tiene importancia decisiva para rendir, con posibilidades de éxito una prueba o examen.
Por ejemplo, dicen, hay que descartar la posibilidad de convertir un desastre en una victoria gracias a los esfuerzos desesperados de última hora. El mejor consejo que puede recibir un estudiante es el siguiente: estudia metódicamente, desde el inicio del curso o del año escolar y combina lo anterior con la práctica del repaso sistemático.
Por lo menos con seis semanas de anticipación respecto a la fecha de los exámenes, elabora un plan de trabajo, determinando hacia qué materias deberás inclinar el esfuerzo de estudiar con mayor intensidad.
Es aconsejable que dialogues con tus profesores, y que les preguntes acerca de tu nivel de conocimientos y de lo que te falta hacer o conseguir para estar debidamente preparado.
Es lícito averiguar todo lo que sea posible acerca de los exámenes que se aproximan (menos las propias preguntas o cuestionario). Infórmate acerca del método que se empleará; el tiempo de que se dispondrá; las normas que regirán, etc.
Elude la tentación de memorizar, pues en tal caso, aparte de arriesgar todo a un mecanismo poco controlable, estarás eliminando la posibilidad de lograr una asimilación inteligente.
Autoevalúate frecuentemente combinando la versión escrita. A través del hábito de la autoevaluación te acostumbrarás a la rutina de los exámenes y alejarás el riesgo de engañarte respecto a tus posibilidades.
No cometas la tontería de estudiar obsesivamente durante la noche anterior a un examen importante. Con ello sólo conseguirás estar fatigado y tenso.
Las horas útiles anteriores al examen deberán destinarse a repasar la materia mediante una ágil lectura veloz; luego, poco antes del inicio del examen, debes distraerte, pasear, etc.
Lo contrario, es decir, obstinarse en desentrañar los resultados del examen, es ocupación de adivinos, aparte de que no ayuda en nada.
Iniciado el examen, recomiendan Enrique Congrains MartinyLourdes Alaiza, lee o escucha con sumo cuidado cada una de las preguntas o temas que debes responder o desarrollar. Trata de no perder tiempo, pero no caigas en el apresuramiento nervioso. Elabora un plan de distribución del tiempo y cada diez minutos controla la hora para que sepas si estás adelantado o atrasado respecto a tu plan.
Si desconoces una respuesta, sobre todo en los exámenes orales, es mejor callar y admitir esta ignorancia particular, que tatar de “acertar” mediante cualquier salida disparatada, aconsejan los autores del libro Así es como se estudia.
Al principio del examen escrito, no consumas tiempo en las preguntas o putos más difíciles. Empieza contestando aquello que puedas responder con más soltura. Deja lo difícil para el final.
Cuida la “forma”, es decir, no supongas erróneamente que lo único que se toma en cuenta es el “contenido”. La buena redacción; la caligrafía legible; la ortografía “oficial”; la limpieza y armonía del conjunto, en los exámenes escritos; y la voz clara, firme y pausada; la correcta posición del cuerpo; la gesticulación sobria, elegante, pero muy segura, en los exámenes orales, siempre constituyen elementos que influyen favorablemente, expresan Enrique Congrains y Lourdes Alaiza, en su libro Así es como se estudia.
Por último, anotan los expertos, no confundas los medos con los fines. El objetivo del estudio es conocer, saber, comprender; el resultado colateral de estos logros será, de paso, obtener buenas notas cada vez que llegue la hora de presentarse a rendir un examen.
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