Por: Dr. César Hermida B. | cesarh@plusnet.ec
Entre los recuerdos de la pequeña ciudad, cuando apenas pasaba de El Barranco, Cullca, San Sebastián y San Blas, se halla el de los jueves de feria, en los que las calles se llenaban con coloridas polleras, blusas blancas bordadas y chalinas largas envueltas sobre los hombros de las mujeres que colgaban en sus manos canastas de productos, así como de hombres, con ponchos y sombreros, generalmente cargando enormes canastas en la espalda. Más mujeres que hombres indígenas, ellas hilando la lana de borrego mientras caminaban a la ida o vuelta por los caminos rurales.
Las cholas cuencanas con taco alto y trenzas largas, generalmente casadas con artesanos porque ya no regresaron a casarse con sus pares del campo por su vida de sirvientas urbanas, compraban en los mercados, solas o acompañando a las niñas patronas. Los mercados con nombres de fechas históricas de la independencia, Tres de Noviembre, Nueve de Octubre, Diez de Agosto, se convertían en un hormigueo de compradoras y vendedoras, Lleve caserita, fresquito está, a cinco por sucre, vea esta maravilla lindita, compre amorcito, con yapa le he de dar. La venta de animales se efectuaba en plazas de las afueras, en donde los chazos vendían caballos, y otros mestizos o indígenas cerdos, becerros, vaconas, borregos, de todo.
Cuenca era una mezcla de ciudad y campo, porque lo rural estaba allicito, incluso las quintas y hasta las haciendas estaban cerca, y entonces los jueves de feria se volvía un multicolor enjambre de ropas de todo tipo pero sobre todo campesinas. Los jueves Cuenca parecía una ciudad indígena, con pocos blancos aseñorados, una gran cantidad de mestizos variopintos desde la chola con hábito de india y los chazos con hábito de blanco (como precisa el historiador Manuel Carrasco) hasta los mestizos de diverso rango, los de barrios populares y los educados de la culta clase media. Chazos y cholas, curiosamente sin que se use el vocablo correspondiente de chaza o cholo, pues (como dice el historiador mencionado), el chazo no es el esposo de la chola, como alguien confundió.
Los jueves de Cuenca eran, y acaso continúan siendo, dignos de un ejercicio etnográfico intercultural de la idiosincrasia morlaca, de la cual, unos se sentirán resignados y otros, acaso la mayoría, cada vez con menos prejuicios, orgullosos, y que hoy, por la migración de jubilados extranjeros, para tranquilidad de engreídos puristas, el ejercicio etnográfico debería incluir cierta proporción de cabezas y cabelleras rubias y ojos azules o verdes.
El Tiempo