Por: Dr. Juan Morales Ordóñez
Quienes analizan la situación contemporánea relativa al conocimiento, coinciden en afirmar que la actual, la denominada sociedad del conocimiento, representa la revolución más profunda de todas las experimentadas por la Humanidad.
La cantidad de información que se maneja en la web es inmensa y su crecimiento vertiginoso. Se trata de la red semántica que involucra objetos, enlaces, temas. El número de personas conectadas a través de internet es de mil millones, lo que permite hablar de una inmensa inteligencia colectiva. Se genera diariamente una cantidad exorbitante de datos que son manejados tecnológicamente.
La web fluye como un gran río, está “viva” y además de la letra, la palabra y la oración, trabaja con imágenes que representan más que esas tradicionales abstracciones. Esa gran cantidad de datos es manejada por máquinas, produciéndose una especie de mediación entre el ser humano y el conocimiento, en una suerte de espiral que sube cada vez y que tiene a la computadora como intermediaria. Con el tiempo, la computadora va a ser más poderosa que el cerebro humano. Nos encontramos ya en el umbral de una nueva arquitectura de computadoras y de una nueva matemática, que potenciarán el cambio hacia realidades nuevas…casi inimaginables, producto de la transformación y convergencia entre otras ramas, de la biología, la informática, la nanotecnología y la tecnología en general.
Esta es la sociedad del conocimiento en los países que producen ciencia y desarrollan tecnología, situación que se relaciona con la pluridisciplinaridad y plantea problemas relativos al control de ese escenario definido por el avance vertiginoso y la constante ruptura de paradigmas.
La educación tiene que ver con todo lo dicho. Si solamente se concentra en estar a la altura de los avances científicos, sin reflexión social y moral, el riesgo de llegar a una suerte de deshumanización es evidente.
De todas maneras, incluso con el fortalecimiento de la reflexión filosófica y social, la educación debe adaptarse a esta nueva era. Los profesores deben ser verdaderos facilitadores de los procesos de aprendizaje de sus estudiantes. La educación debe reinventarse utilizando correctamente la tecnología disponible. Los planes de estudio deben cambiar permanentemente para responder a los requerimientos de las sociedades.
El cambio constante, tan dramático y vertiginoso en la contemporaneidad, no solamente se da en la sociedad externa, excluyendo a las universidades. Se encuentra, naturalmente, también en éstas y debe incidir en su accionar.
El cambio en si mismo no puede ser el objetivo, pues debe estar supeditado a definiciones y requerimientos de índole social y moral, que deben ser planteados desde la visión del bien común de todos y no solamente de quienes producen y aplican conocimiento científico.