La acelerada globalización de la economía mundial –incentivada en gran medida por avances científicos y tecnológicos revolucionarios en los campos de la información, la comunicación y el transporte- ha generado que la academia, así como los gobiernos e instituciones internacionales hablen alternativamente de economías y sociedades “pos industriales”, “informacionales” y “basadas en el conocimiento” (Kruger, 2006). La discusión se concentra en dos tendencias que empezaron a perfilarse en los países centrales del sistema-mundo desde finales del siglo XX: por un lado, el peso cada vez mayor del sector servicios en el PIB y, por otro, el renovado papel protagonizado por la ciencia y la tecnología en una gama más amplia de sectores económicos (Beltrán, 2004:76-82).
En consecuencia, la política pública o la gestión improvisada de los diferentes gobiernos del Ecuador, buscaba fundamentalmente resultados cuantificables que impacten en el “sector real” de la economía. La lógica implícita determinaba que el crecimiento económico generaría empleo, el empleo proveería de ingresos, los ingresos permitirían el acceso a la riqueza material y el ciclo virtuoso se repetiría, logrando cada vez mayores niveles de bienestar.
La idea del desarrollo humano y/o el desarrollo sustentable emergen como vitales, al observarse que el crecimiento económico podría ser insostenible, de persistir las condiciones de pobreza e injusticia social extrema, en los países en “vías de desarrollo”, así como, la depredación del ambiente, consecuencia del modelo económico global orientado al consumismo extremo.
Entonces aparece una enorme preocupación por el diseño de políticas sociales asistencialistas y movimientos ambientalistas cuyo objetivo fundamental era mitigar las amenazas generadas por el sistema imperante.
Al ser humano se lo valoraba básicamente por su aporte a la producción, considerándolo junto con la tierra y el capital los determinantes del crecimiento. En este contexto, el desafío más importante fue maximizar la productividad del factor total (tierra, capital y trabajo) aprovechando las ventajas absolutas (Adam Smith), las ventajas comparativas (David Ricardo) y las ventajas competitivas (Michel Porter).
La competitividad era el reto y los empresarios competitivos debían ser considerados una especie de héroes nacionales, pues su función social era la generación de empleo para dar cabida a la “masa», cuyo objetivo de vida se limitaría a encontrar la mejor opción laboral posible. Se entendía que el tránsito al desarrollo provendría del mejoramiento de las condiciones de vida de la población mediante la generación creciente de empleo.
En consecuencia, lo que se buscaba es un proceso continuo de aumento de la producción y de la productividad, llevando a la economía a la plena utilización del factor total, a la expansión continua de la frontera de posibilidades de producción y a la conquista de mercados externos; pero era cuestionable la perspectiva de la realización humana, entendida como la satisfacción con la vida y desde la sustentabilidad ambiental.
En los últimos años, este modelo ha sido cuestionado porque la modernidad tenía implícito un juego de alta competencia donde el éxito individual y corporativo era relativo porque se medía en función del éxito de los demás. Se promovía un estilo frenético de vida, en extremo competitivo, donde se debía avanzar más lejos y más rápido; este camino de satisfacción de los sentidos a través de las consecuencias materiales, no consideraba los costos humanos asociados a esa carrera en busca del éxito, por lo que termina agotando el SER sumiéndolo en un esfuerzo enorme por sobrevivir.
Varios estudios realizados en diversas partes del mundo por prestigiosos investigadores, han logrado un amplio consenso sobre la baja correlación entre satisfacción con la vida o bienestar y el ingreso luego de sobrepasar un determinado nivel de renta; es decir, cuando un país alcanza una renta per cápita suficiente para satisfacer las necesidades básicas de la población, el incremento del bienestar social proviene de factores distintos al estrictamente económico, más todavía, si el formato de crecimiento económico es concentrador y profundiza la desigualdad social.
La política pública no solo debe orientarse a la generación de empleo, sino a que los empleos generados permitan el ejercicio de las misiones personales de vida de los individuos y su satisfacción plena; es decir, se abandona el concepto de empleado y se asume el de trabajador que se satisface con su labor (el sacrificio por el sacro oficio). Además, hoy no es suficiente con ocuparse del trabajo, sino también del ocio orientado a la integración familiar, a la participación comunitaria, a la construcción permanente de la cultura o al ejercicio de un sano estilo de vida; hoy no es suficiente con promover la creación de empresas productivas, sino que es indispensable que estos san espacios de realización personal, de encuentro común en condiciones de igualdad.
En consecuencia, para la definición de estrategias de desarrollo es imperativo sumar a los criterios, objetivos de bienestar material, otros subjetivos de “bien ser” como una dimensión de realización del individuo y “buen vivir”, como una expresión de convivencia social justa e igualitaria.
Así, se rompería con el sentido “esclavista” que la era industrial le imprimió al trabajo, convirtiendo al SER en un eslabón más de la cadena productiva, entendiéndolo como un factor socialmente relevante en cuanto a su aporte a la mayor producción o al costo de producir.
En síntesis, existiendo el consenso de que en cualquier programa sensato de desarrollo, el mejoramiento de las condiciones de vida de la población pasa por la generación creciente de trabajo adecuadamente remunerado; y, este proviene del incremento permanente de unidades de producción, la discusión se podría centrar en las características de estas unidades de producción para convertirse en uno de los espacios de realización de los ciudadanos.
Por lo tanto, en la sociedad del Buen Vivir es vital crear una nueva dimensión conceptual de la empresa como un instrumento de realización individual de sus creadores y colaboradores, fuente de servicio a la colectividad; y, agente de desarrollo socioeconómico nacional. Una empresa que haga de la rentabilidad y las utilidades una consecuencia no un fin en sí mismo, fomentando su permanente reinversión para profundizar el cumplimiento de misiones trascendentes, en lugar de satisfacer desmedidas apetencias materiales y financieras de sus dueños o promotores.
El reto para la transformación de la sociedad es formar emprendedores capaces de actuar en cualquier ámbito de la sociedad, privilegiando el interés colectivo por sobre el particular, por lo que es imperativo un cambio radical de la educación que posibilite una ruptura paradigmática desde un estilo de vida basado en el hacer para tener y finalmente llegar a ser algo; a uno basado en el “bien ser” para el “bien hacer” para el “bien tener” y en consecuencia lograr el buen vivir.
En conclusión: Es indispensable transformar la educación para transformar la sociedad y construir el País del Conocimiento Justo y Solidario.