(Baños – Tungurahua 25 de julio 1919 – Quito 18 de enero 2022)

Foto: Wikipedia
Por: Dr. Pedro Reino Garcés
Cronista Oficial de Ambato
¿Quién es que se ha puesto a cantar después de muerto? ¿No lo han visto? Canta con unos ojitos de pajarillo que parpadea a la sombra de nuestra memoria. Se ha quedado tocando su guitarra de humo que ni el viento puede desdibujarle ni arrancarle de raíz. Esa guitarra, que es la misma que ahora aparece en nuestros sueños, tiene tensadas unas cuerdas de amor que las dejó templando él mismo cuando vivía. Con esa guitarra lloraba por “tiña” cosa. Por mucha fidelidad o por esos cansados desengaños de quienes él decía o creía que les desconocía y hasta aseguraba que les conocía. Le llegaban ebrios a hacerle pedazos sus lágrimas secretas que goteaban de su guitarra, cuando había aprendido a llorar con su pañuelo blanco.
Así se atormentaba pecho adentro, metido en las cascadas escondidas que se descuelgan en los peñones de su tierra. Lloraba por los amores ajenos; sangraba por otras puñaladas de amor; gemía inconsolable por los abandonos y las despedidas imaginadas, y hasta por los que quedaban abandonados en la orfandad de Dios y de los hombres. “Por qué no me dijiste que no me querías para no adorarte”… y salía a llorar en cualquier cantina de cualquier pueblo de nuestra Patria, a vista y oído de todos.
Muchas veces, según me decía, lloraba por los otros, lloraba en ojos ajenos y se metía en corazones enfermos y en problemas de sentimientos de tanta gente que confundía el amor con el vuelo de cualquier golondrina. Lloraba impotencias que no le pertenecían metiéndose en corazones prestados, en pechos ingratos, creyendo mentiras de esas que anda diciendo la gente de la calle, frente a las puertas de los cementerios y a las puertas de las iglesias cuando se les acaba la fe que llevaban secretamente en sus botellas de agua bendita, tapadas con la impotencia de sus despechos. Decía que cantaba así a la vida, mintiendo que eran pasillos o cualquier canto ecuatoriano que a la final solo sirve para afligirse y martirizarse.
“Te quiero…te quiero” pregona algún pájaro que está buscando nido “cada día que pasa”. Le voy a dar componiendo esos gorjeos en pasillo. Es lo que le había dicho al pajarillo para que volara en paz en busca de su amada. Entonces me compliqué la vida porque llegaron cientos de pajarillos enamorados a solicitarme que “en nombre de su idilio” yo les ayudara a que prometieran “no defraudarte no”. Me seguía conversando.
Pero hablando más en confianza con su sombra, me ha dicho que ya no está tocando esa guitarra con olor a “bosques de árboles musgosos y tallos agobiados por crueles decepciones”, porque se les han acabado las hojas en las cuales escribía las canciones que inventaba para amores desconocidos, para amores torcidos crecidos en pechos de piedra.
Ahora estoy tocando una guitarra que suena hondo, profundo, una guitarra que no oye cualquiera y que me han regalado para que tocara solo yo, cuando muriera. Es una guitarra que me regaló la Muerte, cuando yo cantaba estando vivo. Me ha venido a decir.
Esa es una guitarra que suena sola, es mi nueva guitarra hecha de la tierra en la que yo nací, y también tiene tierra de muchas partes de mi patria donde se baila a escondidas el danzante del destino. ¿Ha cantado?: “Preguntan de dónde soy/ y no sé qué responder/ de tanto no tener nada, / no tengo de dónde ser” (Adoum).
Cuando me muera voy a ser de aquí, más que cuando decía que había nacido en esta tierra, porque voy a ser una sola cosa con mi barro, con la ceniza de mi volcán y el agua de la Virgen de Agua Santa. Voy a ser de aquí de donde nadie me mueva. Estando vivo, o cuando me recuerden vivo, voy a seguir siendo de cualquier parte, de cualquier pedazo de cielo en donde se canten mis canciones. Si usted dice que va a ser libro, yo tengo derecho a ser canción. Entonces nos vamos a entender de alma a alma pero ya sin el pecho estorboso, sin el cuerpo que sufre y se desgasta.
Mi nueva guitarra de tierra va a sonar de memoria, y va a seguir sonando cuando se acuerden de mis nostalgias y de mis alegrías. Algunos no se olvidarán fácilmente desde cuando yo hacía mis maracas y pintaba los “pilches” de mi Baños buscando los tropeles de los caballos de mi época y labrando en mi cabeza loca las primeras de mis 400 canciones que dejo para la Patria. Por eso las fábricas de música me contrataron para que pintara las carátulas de tanto artista que yo les hacía con cara de famosos. De mi mano de artista y de pintor yo iba sacando y pintando con sonrisas raras, las caras de todos los cantantes. Y le cuento que me salían con sus caritas de mis maracas.
¿Quiere que le pregunte una cosa? ¿Cómo se imagina que va a ser su cadáver?
Yo no sé por qué me hace esa pregunta. Pero me contó que un poeta había escrito “A este cadáver le falta alegría”. Al mío le va a sobrar, porque voy a morir cantando y riéndome de la vida, abrazando a mi guitarra en la que vive mi mujer desde cuando quedé viudo. Ya le he dicho que en mi mujer viven y mueren todas las mujercitas de mi tierra, a quienes les voy a seguir amando, ahora que estoy disfrutando de esta experiencia de estar muerto.