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Presentación de libro

Baños 8 de diciembre 2022

Por: Dr. Pedro Reino Garcés, Cronista Oficiald e Ambato

Primero vamos por los sinó-nimos, los pseudó-nimos, los zoó-nimos, fitó-nimos y tratemos de llegar a los antropó-nimos, dentro de los cuales, la estructura del español permite el neologismo de los amoró-nimos que serían un catálogo, o una lista de quienes practican el amor, como tarea o especialidad.

Los sinónimos son los nombres parecidos de significación que se dice “equivalente”, pero no es así. Suave no es lo mismo que blando; ni fuerte  es lo mismo que duro. Los seudónimos son los nombres encubiertos o metafóricos que asume o le ponen a una persona en lugar de su designación verdadera. En una obra literaria, un personaje lleva de todos modos un sustituto de la realidad en su designación a capricho de un creador. Los zoónimos son las designaciones a los animales; los fitónimos a las plantas; y los antropónimos tienen que ver con los designativos a las personas, sobre todo por sus apellidos.

Enmarcado el concepto en el ámbito de la lingüística, procuremos buscar explicaciones a los amorónimos. A priori son los nombres de quienes tienen o tengan que ver con el amor. Pero el caso es que la resbalosa palabra amor, en este librito, nos lleva a terrenos de los “amantes”, que nada tienen que ver con el amor, sino con los practicantes sexuales que han adoptado, por alienación, eso de que fornicar a las muchachas, significa eyacularles amor. Según mi lectura, “hacen” el amor como una tarea estudiantil, por el simple hecho de vivir la sensualidad animal. Hacen el amor como lo practican en los trabajos de pacotilla, como un plagio a los instintos animales, con los que buscan una calificación social de valoración académica en las cátedras de placeres momentáneos que han podrido a la juventud en esta época o sincronía de nuestra sociedad emergente.

Pero ¿quién nos trae y me ha comprometido a que hable de estas cositas que hace la sociedad actual? Es nada menos que Cristina del Pilar Buenaño, 28 años transitando por este su mundo heredado de generaciones de descomposición social desenfrenada. Su nota de presentación dice Ambato 1994, Ingeniera civil de profesión e inclinada a las letras y a la filosofía como obsesiones espirituales. Ha empezado en experiencias periodísticas en la provincia; y me ha dicho que este libro que ahora lo presenta, es su primera novela que la ha titulado Narcóticos Amorónimos, libro hecho por la editorial Pluma Andina.

Según entiendo, y según la gramática los amorónimos pasan a ser adjetivo de los narcóticos que es el sustantivo. Estamos ante un título de riesgo. Diremos que esta pasta negra que cobija al libro, con el mentón de una mujer que fuma entreabriendo una roja boca erótica promete meternos en un mundo oscuro de enajenación, porque eso es un narcótico, algo que nos puede hacer perder la sensibilidad y la conciencia. Título muy audaz con el que nos salen los jóvenes, ciertos jóvenes a los que la sociedad les ha amamantado desde la crisis moral en la que nos debatimos.

El libro está narrado desde una postura femenina, liberada a la manera de entender  lo narcótico como el medio o el caldo de cultivo de prematuras infidelidades conyugales. Aunque en el fondo, es el espejo diario de la trampa social.  La autora desgrana descripciones de romances, sobre todo universitarios, en un mundo de físicos narcóticos; y suelta de huesos y de lengua, con una rara espontaneidad que se corresponde con la presente época, lleva el hilo de la narración por unos improntus que me he dado la paciencia de leerlos para justificar aquí mi presencia.

Y en esta parte de este comentario quiero tomar un respiro para poder entender mejor a esta juventud y a esta intelectualidad que se nos precipita sobre los viejos modos que nuestra generación ha tenido de enfrentar el mundo.

Somos sobrevivientes de una pandemia con dos oleajes de muertes que en Tungurahua, según datos extrapublicables, llegamos a 500 infectados semanales con 50 muertos cada 8 días. Los encierros están dando sus frutos en el marco de lo que se dio en llamar “la nueva normalidad”. Los encierros nos hicieron encontrarnos con una espiritualidad perdida, con nuestra alma desprotegida, con nuestros vacíos que recibían los manotazos de la angustia por la sobrevivencia.

¿Cuál es el resultado ahora que al parecer estamos saliendo a respirar algo de alegría? Hay una proliferación de publicaciones hasta de quienes nunca pensaron ser poetas, novelistas, narradores, pintores, dramaturgos y artistas en general. Y es que recién nos dimos cuenta que en la vida hay que estar preparados para el arte, porque en los encierros entre la vida y la muerte, tocar una guitarra puede haber sido una buena terapia y un consuelo; o escribir sus memorias, un buen ejemplo para los sobrevivientes. Quienes estaban vacíos optaron por el suicidio, que unido a otros factores, en Tungurahua dio y da el índice más alto de la patria.

La pandemia nos cogió, como quien dice, con las manos vacías, que quiero que se entienda cuando digo con el alma y el corazón vacíos. En muchos caso ni siquiera con el hábito a la buena lectura. Un sondeo de consumo de libros en Ambato, es desesperante. Se cerró la por décadas emblemática Librería “Futuro” ubicada en el portal céntrico de la ciudad. La pandemia se llevó a los más asiduos lectores representantes de una generación de formación intelectual. Esto hay que contrastar con el hábito cultural climático de países con estaciones de invierno. Ahí los encierros se hacen con libros. ¿Con qué nos encerramos los habitantes de los trópicos?

¿Qué productos ha dado la pos pandemia? Claro, vivimos la cultura de la virtualidad que fue instalada desde la educación hasta el teletrabajo. Se fortalecieron las redes transnacionales y los disparates fueron reconocidos como triunfos, en muchos casos, hasta con diplomados internacionales que se han calificado como “óscares” que recibe el que menos, trascendiendo fronteras. Se espera que de este retoñar de la vida, surjan nuevas voces realmente trascendentes.

Volvamos al libro que me han pedido que lo presente. Una de las formas de hacerlo, y creo la más objetiva, es hablar de lo que se ha textualizado en forma y fondo. Pero también entra en juego el tipo de decodificador que haga su “lectura”, llamemos a su interpretación. Los libros se escriben pensando en lectores  que van desde los ingenuos hasta los más críticos. Estamos en este evento que tiene el criterio de introductorio. El mejor provecho se sacará con la aceptación o limitación de la receptividad. Resulta a veces que un crítico o presentador tiene ribetes de publicista, que no es mi caso.

Este libro revelador es un producto de una descripción de nuestra sociedad y los comportamientos de la juventud desdoblada desde inicios del siglo XXI.  Entender el estado moral de una sociedad, de un modo cándido, refleja que conviene hacer cambios en los modos de vivir y de actuar para no seguir siendo las reservas de virus contaminantes que todo lo contagian con la enfermedad que siempre se ha mantenido y que se llama corrupción. Fortalecer los apoyos a la formación espiritual y artística; dinamizar los espacios donde se sienta que el alma se expande más allá de la sensualidad, debe ser tarea política. Si no hemos aprendido de esta sobrevivencia a mejorar nuestro rumbo, estamos perdidos.

He leído y me ha tocado involucrarme desde la escucha con gente que escribe poesía sobre sus vacíos emocionales. Hay una fuerte tendencia a una búsqueda o relatoría de la sexualidad. Si hasta en nuestra vestimenta se ha derrumbado el erotismo de los trajes íntimos y la desnudez es una oferta pública, la literatura de este texto lo evidencia sin inconvenientes. Me abstengo de los ejemplos para que el lector juzgue lo que mi edad moral puede entrar en controversia. Si el libre ejercicio sexual es una forma de felicidad, no es nuevo, y si se lo dice en un compendio de amorónimos, hay mucho camino para comentar.

No lo digo por traerlo como soportes de esta presentación, sino porque tengo hábitos y la lectura de la presente obra me tomó de sorpresa y de contraste a los amoríos con decapitaciones de amantes en la época del rey de Inglaterra Enrique VIII, que leí no hace mucho. Era la época del amor como tiranía. Luego estuve casi simultáneamente leyendo a la española Emilia Pardo para entender mejor a la España del siglo XIX, donde el amor era sumisión y reproducción. También he estado releyendo a Guillermo Cabrera Infante que nos muestra que en Cuba, el amor y el placer es una de las formas de saber sobrevivir. ¿Qué opinaré del amor de estas nuestras inmediateces? Creo que es el quemimportismo a las consecuencias. ¿Lo ha dicho con intencionalidad abierta? Lo más certero que puedo decirles en esta presentación es que nadie habla sin alguna intencionalidad; y desde luego, los escritores lo hacen con el peso de su ideología.

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