Una investigación emplea la antropología, la historia y la genética para argumentar que más allá de la cantidad de horas, los hábitos y la regularidad del sueño son factores más importantes a la hora de caracterizar el descanso de las sociedades preindustriales.

En el siglo XIX se impuso la idea de que la rutina humana podía dividirse en ocho horas de trabajo, ocho horas de ocio y otras ocho de descanso. Hoy en día, esa visión sigue vigente, y en cuanto al sueño, se ha convertido en una recomendación de folletos pediátricos y guías de salud pública.
Una revisión, publicada por Brain Medicine, ha empleado estudios antropológicos, históricos y genómicos para investigar si las sociedades preindustriales dormían más o menos horas que los humanos actuales.
La industrialización retrasó el descaso, lo desreguló, debilitó nuestra la sincronización con la luz natural y favoreció la proliferación trastornos del sueño
“Seguimos preguntándonos si dormimos menos que nuestros antepasados, pero esa no es la pregunta correcta”, expresa el primer autor del trabajo e investigador de la Universidad de Chandigarh (India), Pandi Perumal. “Si comparamos los datos de campo con los registros de archivo y los datos genómicos, lo que distingue al sueño industrial del preindustrial es cuándo se produce y con qué fiabilidad se repite. No cuántas horas dura”, expresa.
En este sentido, su estudio reveló que la industrialización retrasó el descaso, lo desreguló, debilitó la sincronización con la luz natural y favoreció la proliferación trastornos del sueño. El número total de horas de sueño fue el indicador que menos cambió.
Sueño segmentado
Antes se pensaba que los europeos preindustriales dormían en bloques separados por una o dos horas de vigilia en la que podían dedicarse a la oración, la contemplación, las relaciones sexuales o las tareas domésticas. En esta investigación, los autores no lo descartaron pero matizaron que el análisis de la expresión ‘primer sueño’ podía tener varios significados en los escritos de la Edad Moderna.
El sueño preindustrial no estaba segmentado de una manera uniforme
Este estudio expone que el sueño preindustrial no estaba segmentado de una manera uniforme y que los patrones de descanso respondían a la ecología local de la luz, el clima, el trabajo y la vida social en la que se daba en aquellas zonas.
Genética contra la norma
Por otro lado, si la historia cuestiona la regla de las ocho horas desde su punto de vista, la genética también lo hace desde el suyo.
Uno de los estudios analizados en esta revisión mostró que el gen DEC2 –también conocido como BHLHE41– se identificó en una familia que dormía aproximadamente seis horas cada noche sin mostrar síntomas de privación del sueño.
Se identificó en una familia que dormía aproximadamente seis horas cada noche sin mostrar síntomas de privación del sueño
La conclusión clínica a la que llegaron fue que el sueño corto, provocado por una variante genómica validada, debería reconocerse como un fenotipo no patológico para que las personas sanas que lo posean no se sometan a pruebas médicas innecesarias ni a correcciones conductuales.
El secreto está en la orexina
La clave que señala esta investigación se encuentra en la hipocretina u orexina. Las neuronas que la producen en el hipotálamo lateral se proyectan hacia los núcleos monoaminérgicos y colinérgicos; y mantienen el estado de vigilia.
La variante DEC2 aumenta la expresión de orexina en ratones transgénicos; y algunas especies de peces como el Astyanax mexicanus, que perdieron la capacidad de dormir en cuevas distintas de forma independiente, muestran una señalización de hipocretina potenciada en comparación con sus parientes que habitan en la superficie.
La variante DEC2 aumenta la expresión de orexina en ratones transgénicos
Diferencias sociales
Fuera del laboratorio, las desventajas socioeconómicas de los barrios predicen una menor eficiencia del sueño y un mayor estado de vigilia nocturna, incluso después controlar los factores individuales.
Una noche sin dormir altera el equilibrio celular del cerebro
Además, el cambio climático actúa como amplificador de este fenómeno. La investigación señala que, en un escenario de altas emisiones, el calor podría suponer entre seis y catorce noches de sueño insuficiente por cada cien personas al año entre 2050 y 2099 en Estados Unidos, lo que afectaría con una mayor dureza a las personas con ingresos más bajos y a las regiones más cálidas.
“El sueño no se distribuye como la gente piensa”, apunta el coautor del estudio e investigador la Universidad del Golfo Arábigo (Baréin), Haitham Jahrami “El ruido, la luz, el calor y la calidad de la vivienda afectan con mayor intensidad a las personas menos capaces de protegerse”, concluye el experto.
Referencia
Perumal. P. et al. The new science of sleep: Insights from pre-industrial societies and phylogenomics. Brain Medicine. 2026
