Cada año por estas fechas, los días más largos y el aire más templado anuncian el renacer de la naturaleza con un estallido de colores, desde el verde de los brotes tiernos al arco iris de las flores. Todo ello es fruto de un complejo programa genético vegetal que responde a la luz y el calor, y cuyo funcionamiento impecable se ve amenazado por el impacto del cambio climático.

Estamos tan acostumbrados a presenciarlo cada año que quizá no apreciemos lo suficiente el inmenso prodigio que supone: es el renacer de la naturaleza en primavera, después del parón invernal. Los insectos regresan a la vida tras haberse ausentado durante los meses fríos, y la vegetación florece y retoña con nuevas hojas y brotes tiernos. Las señales del cambio de estación nos resultan evidentes; se resumen en dos palabras, luz y calor. Pero ¿cómo lo detectan las plantas? ¿Y cómo afecta el cambio climático a esta resurrección vegetal anual?
Las plantas perciben la llegada de la primavera por el alargamiento de las horas de sol y la subida de las temperaturas
Para detectar la luminosidad cuentan con proteínas fotorreceptoras denominadas fitocromos que reaccionan a la luz roja y miden el fotoperiodo, el cambio de la duración del día y la noche a lo largo de las estaciones, sirviendo como reloj interno.
Cuando las noches se hacen más cortas, los fitocromos se activan y promueven la acumulación de otras proteínas que a su vez disparan los genes encargados de obrar la floración. Los productos de estos genes, llamados florígenos, son hormonas que se generan en las hojas y emigran al ápice de las yemas nacientes en los tallos para apagar el programa de crecimiento vegetativo y encender en su lugar el de fabricación de flores para la reproducción de la planta.
Luz y calor
Aunque se conoce bastante, la maquinaria molecular del fotoperiodismo vegetal [la capacidad de las plantas para medir la duración relativa de la luz y la oscuridad] aún es materia de estudio. Un equipo de la Universidad de Yale dirigido por Joshua Gendron ha encontrado que ciertos genes, en especial uno llamado PP2-A13, se activan cuando los días se acortan y cambian el uso de los recursos de la planta para sobrevivir al invierno. Si bien estos genes no intervienen en la floración, “las plantas encienden estos mecanismos en los días cortos de la estación invernal y los apagan cuando los días se alargan y se acerca la primavera”, apunta Gendron a SINC.
Los fitocromos actúan también como sensores de temperatura, ya que el calor es luz infrarroja no visible
Investigaciones recientes han revelado que los fitocromos actúan también como sensores de temperatura, ya que el calor es luz infrarroja no visible. Ashton cuenta a SINC que los fitocromos liberan hormonas que convierten el almidón en azúcares para suministrar alimento a las zonas de crecimiento de la planta.
La temperatura actúa además sobre las propias hormonas. El ecólogo forestal Gregory Moore, de la Universidad de Melbourne en Australia, explica a SINC que en muchas especies el fitocromo actúa como un interruptor estacional estimulando la producción de la hormona ácido abscísico (ABA); “el ABA se produce en otoño y es un inhibidor general, pero es sensible al frío y se degrada a lo largo del invierno”. La pérdida del ABA puede ser suficiente para inducir la floración, pero en primavera el fitocromo cambia a la producción de ácido giberélico que estimula la respuesta de primavera.
Señales complementarias
¿Cuál de las dos señales, luz o temperatura, es más crítica para provocar la floración? Según Ashton, “por lo general, la temperatura tiene un papel más significativo”; si las plantas se guiaran solo por la luz, razona el botánico, correrían el riesgo de empezar a florecer cuando las heladas aún pueden arruinar el proceso. O, al contrario, podrían desperdiciar la oportunidad si las temperaturas son favorables al comienzo de la primavera.
La luz marca las grandes líneas generales, mientras que la temperatura se encarga del ajuste fino
En todo caso, subraya Moore, “dependiendo de la especie, los desencadenantes de las respuestas de primavera se conocen mucho o poco”. En concreto, añade el ecólogo, “sabemos mucho sobre ciertas especies económicamente relevantes que nos aportan alimentos, fibra o madera, y también sobre las orquídeas porque tienen muchos aficionados, pero sabemos poco de muchas especies ornamentales”.
Floración más temprana
La pregunta de cuál es el principal disparador, luz o temperatura, es especialmente relevante en el contexto del cambio climático, que no afecta a ambos por igual. “Es mucho más probable que afecte a los aspectos del metabolismo sensibles a la temperatura que a los controlados por el fotoperiodo”, sintetiza Moore. El cambio climático perturba el calendario vegetal no solo alterando la temperatura, sino también la humedad, según investigaciones recientes. Además, muchas plantas requieren del golpe del frío invernal para que el programa primaveral se inicie correctamente; se llama vernalización. Si no ocurre, la floración puede fallar.
En Doñana la floración llega unos 20 días antes que hace 35 años, con casos extremos como el romero, que se ha adelantado 92 días
En uno de los mayores y más citados estudios, científicos de la Universidad de Cambridge reunieron datos de más de 400 000 plantas de Reino Unido, concluyendo que la floración en general se ha adelantado una media de un mes desde los años 80, sobre todo en las especies herbáceas.
En España, estudios de la Universidad de Sevilla muestran que en el entorno del Parque Nacional de Doñana la floración llega unos 20 días antes que hace 35 años, con casos extremos como el romero, que se ha adelantado 92 días. Según el coautor de estos estudios Daniel Pareja-Bonilla, la floración general se anticipa casi un día cada dos años, “un ritmo muy acelerado, especialmente en comparación con otras regiones del mundo”. Según otras observaciones, en Cataluña los almendros se cubren de flores 10 días antes que hace 40 años.

La floración se adelanta a un ritmo muy acelerado, especialmente en comparación con otras regiones del mundo

El clima cambia, la máquina falla
Incluso en las regiones tropicales, donde podría suponerse una menor alteración por no haber frío invernal, un estudio de 2026 revela que la floración se ha desplazado una media de dos días por década en los últimos 200 años. En alguna especie el efecto es el opuesto, un retraso en la brotación de las flores de hasta casi tres meses desde mediados del siglo XX.
Todas estas anomalías están muy lejos de ser simples curiosidades. El primer impacto es sobre la propia supervivencia de las plantas: como señala Gendron, los sistemas de genes controlados por el fotoperiodo son mecanismos de predicción del clima que permiten a las plantas y otros organismos preparar su metabolismo para anticiparse a las condiciones en el cambio de estación; “cuando el clima cambia, son incapaces de predecir correctamente la temperatura y la disponibilidad de agua a lo largo del año”, dice.

Cuando el clima cambia, las plantas son incapaces de predecir correctamente la temperatura y la disponibilidad de agua a lo largo del año

Pero además, un segundo impacto inmensamente más amplio afecta a todo el ecosistema, una máquina con infinidad de engranajes que actúan conjuntamente. “Para las plantas polinizadas por insectos, puede romperse la sincronización con los polinizadores relevantes”, apunta Ashton. Así, si las flores y los insectos no coinciden en el tiempo, las primeras no obtienen la polinización esencial para su reproducción, y los segundos pierden el alimento de las flores. Sin insectos, las aves no pueden alimentar a sus polluelos, y así sucesivamente; toda la coreografía de la naturaleza se desmorona, incluyendo nuestras cosechas.


