Así somos ¿Hemos cambiado?

Por: Dr. Pedro Reino Garcés

Historiador/Cronista Oficial de Ambato

Parecería sorprendente que al medir el tiempo y mirarnos en el espejo, nos atrevamos a decir ‘no hemos cambiado’. Este comentario se refiere al tipo de comportamiento social que tenemos “los ecuatorianos”, vistos como entidad política cobijada por el Estado. El “espejo” al cual me he acercado para mirarnos, corresponde a un dato de prensa que cito al final de lo entrecomillado, y que guarda relación comparativa con la política colombiana, cuando el Ecuador estuvo en la  época garciana. 

“En Nueva Granada la desmoralización militar parece que ha llegado a su colmo; pero no ha subido al grado de haber hecho lo que nuestros soldados hicieron en Riobamba, saqueando al pueblo amigo que defendían, ni tampoco las extorsiones que se han cometido en Cuenca. En la Nueva Granada, ni en el mundo civilizado se ha visto un caso semejante al del infortunado impresor Valencia. En la Nueva Granada algo se ha respetado. Pero la impetuosidad ecuatoriana cuando se desborda, todo lo arrebata, lo atropella y no guarda límites. A medida de su corazón benigno y suave, es su dureza cuando se deprava…

Por otra parte, los ecuatorianos, con pocas excepciones, adolecemos de una susceptibilidad imponderable, y al mismo tiempo somos versátiles. Con la misma facilidad, con el mismo empeño o entusiasmo con que queremos y emprendemos alguna cosa, la aborrecemos y abandonamos, extendiéndose esto aún a las amistades y otras relaciones sociales. La causa de esta inconstancia tal vez provendrá del clima tan variable entre nosotros, y acaso influirá en mucha parte en los individuos. (Por eso un sabio obispo, el Ilustrísimo Señor Cuero y Caicedo, que conoció bien nuestro carácter, cuando alguna persona iba a pedir una dispensa para contraer matrimonio, le preguntaba ¿Para cuántos meses querrá usted la dispensa?) La prueba clásica de nuestra veleidad son las muchas Constituciones que cuenta la República: en el año de 30 al principio de su fundación, se formó una, La segunda, el de 35; la tercera el de 43; la cuarta el de 46; la quinta el de 51 y la sexta el de 52; y no sabemos hasta qué número llegarán nuestras cartas fundamentales. Lo propio ha sucedido con las leyes, especialmente con las de procedimiento civil que han seguido a las Constituciones, fuera de las adicionales.

Según nuestro carácter, fogoso unas veces y mudable por naturaleza, luego, luego, nos cansaríamos de la confederación ecuatoriana, aún la aborreceríamos; y pronto empezaría cada parroquia a federarse, erigiéndose en otras tantas republiquetas soberanas e independientes, y se alzarían a mayores, como lo ha hecho el Cauca respecto de la Confederación Granadina. Y no sería eso lo peor, sino que reinando, como dolorosamente reina ese efecto, esa rivalidad lugareña, ese horrible provincialismo que engendra entre nosotros odios indestructibles, nos devoraríamos como los peces. Si bajo el centralismo estamos observando que algunas provincias se suponen superiores a otras, y aún quisieran avasallarlas ¿en qué vendríamos a parar con la federación? Mas sucedería, si no se invadieran unas a otras, en cada una solamente habría desorden y anarquía: en una palabra, el Ecuador se convertiría precisamente en un infierno. Conozcamos pues nuestros defectos, nuestra situación, y procuremos todos evitar nuestra ruina bajo una forma central moderada.- Loja, 25 de Agosto de 1860. F) O.S.J.E.  (Tomado del periódico La República, Cuenca – Ecuador, Septiembre 10 de 1860, # 18)

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