Bolívar y La Mar en Guaranda

Fragmento de mi novela Nido de Rifles

Por: Dr. Pedro Reino Garcés- Cronista Oficial de Ambato

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No me dejes olvidar, cuando lleguemos a Guaranda, de averiguar dónde es que se sentaron a discutir Bolívar y La Mar después de la Batalla de Pichincha. Le dijo Otamendi a su muleca…

Te diré: puedes imaginarte conversando a dos cóndores en ese camuflado nido de piedras hecho con pajas de arco iris que es Guaranda; hablando entre infinitos montes, escondiéndose de estupefactos huracanes que hacen frituras de granizo en las contradicciones del  silencio. Imagínate a Bolívar y a La Mar  en las laderas mismas del Chimborazo, hablando frente a frente en esa pausa del destino,  respirando sus rabias justo en los lugares por donde pasa el aya ñan*  o chaqui ñan* de la muerte. La Mar le habría hecho ver sus orgullosas alas de águila victoriosa, le habría recordado a Bolívar el hecho de haber sido el único chapetón  indiano-americano de su época que alcanzó el grado de Mariscal de Campo del Ejército Español.  Le habría recalcado que la mejor época de su plumaje heroico fue cuando tuvo cuatro mil hombres que peleaban contra los franceses bajo la identidad de su apellido nacido en los propios nidos de guacamayas  cañaris controlados por  el incario tomebambino. A su cargo tenía tiempo atrás, por 1812, la Falange La Mar  con avezados degolladores que se enfrentaban cuerpo a cuerpo a los  invasores franceses por los pedregosos caminos y las encrucijadas de los muros de Zaragoza.

Bolívar también debió haberle espetado sus alas como dueño absoluto de los cielos de los Andes del Norte. Estaba recién coronado por los  laureles del Pichincha que le diferenciaban de los carniceros europeos que luchaban en contiendas solo justificadas por los blasones y las coronas hediondas de las monarquías.

Silenciados por las paredes de adobes y de cangahuas, es de suponer que las palabras saldrían mal heridas de las espadas de los caudillos, buscando que  las cicatrizaran los vientos de la diplomacia y de los pactos reservados. ¿Con qué dudas recelaba Bolívar de La Mar? ¿En qué puntos crees que no llegarían a un entendimiento para que La Mar haya decidido irse para Lima? Bien lo sabía Bolívar que en el pecho de su adversario, Fernando VII le había colocado la Gran Cruz de la Orden de San Hermenegildo, y le había enviado al Perú  para que le ayudara a restituir su imperio. ¿Cómo medir la sinceridad  si acaso la tienen las armas y las guerras? La Mar estaba en Lima desde 1816 listo para sofocar las insurrecciones. El Virrey Joaquín de la Pezuela le había dado el grado de Mariscal de Campo. La Mar estaba en condiciones de mirar a Bolívar y a San Martín desde más arriba de sus portes. Estaba fresco el recuerdo conocido por el propio Bolívar de que el Virrey José de la Serna, en julio de 1821, antes de abandonar Lima, le había encargado la guarnición de El Callao, bajo cuyo control virreinal estaba el puerto de Guayaquil desde 1812. Bolívar le habría vuelto a recalcar que la Independencia de América era ya un hecho consumado, y que por ello mismo es que el 2 de septiembre de 1821 La Mar tuvo que rendirse y claudicar a defender a una monarquía envejecida tras los mares, y darse cuenta que podían llegar a entendimientos en una patria libre de lechos imperiales con cobijas que olían a reyes muertos, a camas que tenían siglos de adulos, a  sábanas proclamadas de sudorosas e impúdicas abdicaciones.

Es indudable que La Mar se entendió mejor con San Martín que con Bolívar; pero estructurada esta santa trinidad, Bolívar se negaba a aceptar  que La Mar tenía más razones para heredar su propia patria liberada. Él era un cóndor cuencano que podía extender sus alas al Perú y a Quito. Se ha dicho que “terminado su compromiso con el gobierno español se amparó bajo los ideales independentistas, y con la esperanza de una patria nueva y libre devolvió a España su grado militar, honores y privilegios e ingresó a las Armas Libertadoras con el grado de General de División que le confirió el propio General San Martín. ¿Te das cuenta que también las medallas se oxidan de soberbia?

 En Lima tenía terreno preparado, y por ello el Congreso peruano le encargó la presidencia del Perú, según lo dijo Bolívar que “por sus altísimos méritos y cualidades era el único que podría gobernar el antiguo Imperio de los Incas”. Asumió esa presidencia en 1827. Pero lo de fondo no estaba resuelto. Bolívar estaba enterado de las intenciones de La Mar, según una carta enviada desde Quito a Cartagena: “Voy descubriendo aquí cosas muy buenas, en una mesa pública, brindando La Mar por Santander, añadió que venían llamados por él, que había sugerido los planes de invasión. La intención era ir hasta Juanangú, convocar un congreso en Quito, y separar el Sur con el título de República del Ecuador. La Mar debía ser Presidente como hijo del Azuay, y Gamarra del Perú, reuniéndole a Bolivia”*. Bolívar y San Martín le jugaron otra baraja en otra encerrona secreta en una casa llena de jaibas y cangrejos mezclados con alacranes a orillas del río Guayas. Al salir dijeron que los guayaquileños debían ser colombianos, pero con billeteras limeñas.

Cuando salieron inciensados de humos blancos los dos papas de la libertad americana, resolvieron que solo hablarían cuando  sus esculturas estuvieran en el bronce, para que en el futuro  solo se elucubraran sus resoluciones, midiendo las opiniones de los manabitas que nunca fueron beneficiaros de los limeños. Al saber esto,  La Mar lanzó a las aguas del río Guayas su orgullo herido y comprendió que la historia no había cambiado desde cuando los aventureros de la conquista de América, querían cualquier pueblo para establecer dominios, con delimitaciones oliscadas por los perros, con linderaciones establecidas por el que llega primero. La Mar pensaba que si las guerras de la Independencia  habían servido para borrar los linderos coloniales, era la oportunidad de acorralar nuevas repúblicas antes de despojarse de sus armas. Sabía que la decisión solo estaba en sus manos porque no tenían que preguntar a qué patria quisieran pertenecer los indios, peor consultarles a los negros y mulatos. Solo podían decir algo las juntas de notables porque eran los únicos herederos de haciendas en distintos territorios.

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