
“Hay un constante miedo y un constante peligro de perecer por muerte violenta. Y la vida del hombre es solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”.
Así describe Thomas Hobbes, filósofo político inglés, el estado de naturaleza que hipotéticamente habría existido antes del pacto social necesario para instituir un orden social y político; es decir, antes de un Estado moderno, que supone ceder la soberanía de cada uno de los individuos para que el gobernante instituya un orden que asegure la vida y bienestar de los súbditos.
Esta descripción del estado de naturaleza hobbesiano se asemeja mucho a lo que los ecuatorianos sentimos cada día en el país, el riesgo de una muerte violenta. Parece que estaríamos de vuelta a este estado natural porque el Estado como institución civil y política habría fracasado.
Cuando existen riesgos de este calibre donde la incerteza, la violencia, el conflicto y la muerte están acechando, para Hobbes, es necesario ceder el poder para que uno superior, más grande y bien organizado se entronice, un Leviatán que sea capaz de poner orden, dar seguridad y bienestar a los individuos. Si no lo hace o no es capaz de hacerlo, los súbditos pueden revocar ese mandato ya que el soberano no ha cumplido el pacto. Esa es la única causal, aún en la concepción absolutista de Hobbes, para que ese poder total que le fue cedido pueda ser devuelto a los súbditos.
Esta nueva “religión política” establecida por Hobbes se justifica en la medida en que en cualquier momento, según el filósofo inglés, se corre el riesgo de un retorno al estado de naturaleza caótico, el cual se basa no tanto en la bestialidad del ser humano, sino al contrario, en su capacidad de establecer comparaciones con los otros, en su arrogancia y en su afán de dominio; esto es, lo dice el inglés, en su deseo de sacar una ventaja marginal sobre el resto, en ejercer poder sobre los demás.