Ante un estadio Santiago Bernabéu abarrotado y con una grada completamente entregada, hizo su entrada una figura vestida de blanco. Pero no era Mbappé, ni Cristiano Ronaldo, ni ninguna otra leyenda del Real Madrid, sino León XIV. Se trataba de un momento especialmente significativo para Robert Prevost en el coliseo de las grandes gestas deportivas del equipo de sus amores —aunque, como Pontífice, sea de todos—. No se disputaba ningún partido, pero la Iglesia diocesana de Madrid, junto con las diócesis sufragáneas de Alcalá de Henares y Getafe, recibió al Papa con una euforia comparable a la de un gol decisivo en una final del mundial.

“Para un jugador de fútbol, marcar un gol en este estadio es algo que te marca un poco la vida. Hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre», dijo el Papa antes de iniciar su discurso.

El acto reunió a representantes de parroquias, movimientos, vida consagrada, sacerdotes y agentes pastorales, con especial presencia de los consejos pastorales parroquiales. Ante el Papa, unos jóvenes interpretaron una mini obra de teatro como un partido de fútbol. E incluso actuó David Bustamante, un cantante famoso en España. Pero también hubo testimonios muy emocionantes, como el de un joven de 33 años que compartió ante todos que se bautizó el año pasado y ahora se va a casar.

Cuando tomó la palabra para dirigirse a sacerdotes, consagradas y obispos de Madrid, el Papa les lanzó una consigna clara: “Vuestra alegría será contagiosa si, de ser una emoción pasajera, se convierte en un modo estable de ser, en un sentimiento profundo que renueva a las personas, a los grupos y a la comunidad diocesana”.

“El Bautismo cambia verdaderamente la vida… No hay que temer el hecho de que nunca produzca uniformidad”, afirmó el Pontífice en este penúltimo encuentro en la capital, antes de iniciar la segunda etapa de su viaje, que lo llevará este martes a Barcelona.

Para ilustrar esta idea, recurrió al Nuevo Testamento como antídoto frente a la uniformidad, gracias al “testimonio de la variedad de sus voces”. Advirtió también sobre el episodio de la Torre de Babel, donde, según el relato bíblico, los hombres, “obligados a un proyecto totalitario y meramente humano, terminaron por no entender a su prójimo”.

Frente a ello, y en línea con lo propuesto en su reciente encíclica Magnifica humanitas, presentó como “alternativa a la homologación y confusión” la figura de Nehemías, que implicó a toda la comunidad en la reconstrucción de los muros de Jerusalén.

El Papa aprovechó este encuentro con algunos de los fieles que integran la comunidad diocesana de la Comunidad de Madrid para trazar las claves de una evangelización eficaz en pleno siglo XXI. Subrayó la importancia de “no dispersarnos ni encerrarnos cada uno en el grupo o en el entorno en el que ya nos sentimos seguros, entre personas que siempre cantan la misma melodía”.

“Para llegar al corazón de la ciudad hay que cultivar la conciencia de que la verdad es sinfónica y siempre nos supera, cultivar el deseo de encontrar al Resucitado, que siempre va por delante de nosotros, nos precede y tal vez ya esté presente donde aún no lo hemos buscado”, señaló.

”¡Nada os turbe, nada os espante! Juntos, como Iglesia diocesana, podéis ofrecer el testimonio evangélico que desata las mejores fuerzas de una humanidad bombardeada de imágenes y palabras, pero hambrienta de justicia y sedienta de verdad”, agregó.

Asimismo, puso en valor la relación especial entre la Iglesia y la ciudad, que se concreta —según explicó— “entre personas de carne y hueso, en las relaciones laborales y de proximidad, pero también en las distintas comunidades, asociaciones y entidades barriales”, y que adquiere una relevancia aún mayor “en el cambio de época que estamos viviendo”.

”Cuando reducimos la vida eclesial a una rutina en la que cada uno permanece encerrado en sus hábitos y en su papel, lo que nos falta es el Espíritu”, afirmó.

Sus palabras parecían resonar en el testimonio de la hermana María San José, de la Congregación de las Hijas de Santa María del Corazón de Jesús. Una mujer formada, independiente, con dos carreras y dos másteres, que dejó una vida acomodada en el Banco Santander para consagrarse a la vida religiosa, demostrando cómo la llamada de Dios alcanza todos los ámbitos.

“Me doy cuenta de que todo lo que tenía, todo lo que había construido, pero pues me llenaba algo más y era esa vida consagrada, era esta entrega al Señor”, explicó, de camino al encuentro, en declaraciones a EWTN News.

“Dios conoce uno a uno los corazones de sus habitantes. Los conoce como sólo Él sabe y puede hacerlo, es decir, en el amor y, por tanto, en la libertad”, afirmó el Papa, quien subrayó que Él es “misericordia infinita y quiere que todos se salven”. “Lo desea hasta el punto de hacerse carne y cargar sobre sí todo el pecado, el mal y lo negativo del mundo”, insistió.

Entre los presentes en el Bernabéu se encontraba también el P. Antonio Sánchez, presbítero de la diócesis de Getafe ordenado en octubre del pasado año. El P. Sánchez compartió con ACI Prensa la emoción vivida al participar junto al Papa en la procesión del Corpus Christi tras la Misa celebrada en la plaza de Cibeles este domingo.

Fue, en sus palabras, “un privilegio ser seleccionado sin ningún mérito, lo único que dijeron que los presbíteros de la provincia eclesiástica estuviéramos en la procesión”, explicó.

“Con una actitud de adoración, viendo al Papa, que ha sido un gran testimonio porque estar cerca de la procesión, en un momento muy singular, ha sido un momento muy especial. Nos pusimos al mismo nivel que el Papa, y verle cómo estaba en la procesión, adorando y centrado en Cristo… es como que caímos en la cuenta: en medio de todo el bullicio, centrados en Cristo, a quien le hemos consagrado la vida”, afirmó poco antes de la entrada del Pontífice en el estadio, donde fue recibido con un entusiasmo difícil de constatar. Las 80.000 personas congregadas comenzaron entonces a corear, llenas de júbilo: “Papa León, un solo corazón”.

Antes de este encuentro, el Papa estuvo en la Catedral de Santa María la Real de la Almudena que se convirtió en el escenario de uno de los actos más entrañables del Papa en Madrid.

El Santo Padre puso a los pies de la Almudena la Rosa de Oro, como símbolo de su amor filial: un gesto precioso que muestra la vinculación entre el Papa y su profunda devoción mariana. Esta será la cuarta Virgen española que recibe este regalo. Las otras tres son: la Virgen de la Esperanza Macarena; la Virgen de la Cabeza y la Virgen de Montserrat.

Esta distinción pontificia es un reconocimiento a la piedad popular y mariana de Madrid. Tiene raíces antiguas y simboliza la bendición papal.

La tradición se remonta al Papa León IX, que la instauró en 1049. A lo largo de los siglos se ha regalado a monasterios, santuarios, soberanos y personalidades destacadas en reconocimiento a su compromiso con la fe y el bien común. Antiguamente la Rosa de Oro también se concedía a las reinas, entre ellas Isabel la Católica, que fue la primera monarca en recibirla en 1493 por concesión de Inocencio VIII.

El momento central fue la subida al camarín de la Virgen, donde el Santo Padre depositó la ofrenda floral y oró ante Ella. Fue  la primera visita de León XIV a la Catedral de la Almudena como Papa, aunque no la primera de quien entonces era el P. Robert Prevost que ya ha estado en medio centenar de ocasiones en España.

Su paso más destacado por la Catedral de la Almudena tuvo lugar con motivo de la canonización en 2002 de Alonso de Orozco, agustino fallecido en Madrid —en el convento que ocupaba el actual edificio del Senado— y cuyos restos descansan hoy en la capilla del convento de las agustinas contemplativas de la calle La Granja.

 

  • Victoria Cardiel