El Ecuador de hoy vive un estado de guerra, se ahoga en la inseguridad, altos niveles de corrupción, falta de identidad y desempleo. No es tiempo -me refiero al de orden político- de dar la pelea con pugnacidad por lo que cada cual persiga, sino de concertar la paz para el Ecuador de todos y para los ejercicios perdurables de la democracia y confío en que tanto la parcialidad política que gobierna hoy el país como las demás que con ella se comparten legítimamente el campo de la opinión, sabrán situar la particularidad conducta en disposiciones propicias a los mejores frutos de la concordia, no sólo para la acertada solución de los problemas inmediatos, sino para perdurable afianzamiento de un régimen de libertad política del cual derive nuestro pueblo goce de dignidad ciudadana, sin detrimento de la tranquilidad pública. Pues sería inadmisible que, por algo de intolerancia o de impaciencia nuestra o de desconocimiento de la exacta realidad actual, diésemos motivo para que continúe siendo el Ecuador feudo de la violencia para el regocijo de la inmoralidad.
Para recuperarnos es clave visualizar una especie de convergencia, de tácito pacto social, alrededor de lo público, que vincule a la idea de una ciudadanía vigilante, y que se manifieste en una actuación de la pluralidad de organizaciones de la sociedad civil activas y exigentes, en universidades de alto desempeño académico que se involucren fuera de las aulas con los proyectos del país, y en un sector privado cohesionado en una doble dinámica de expansión hacia los negocios internacionales y de firme compromiso hacia lo local.
Todos debemos trabajar para dinamizar el progreso, atraer oportunidades, elevar las ambiciones compartidas y mantener el curso correcto hacia la prosperidad, el desarrollo humano y la paz.
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