Por: Dr. Iván Rodrigo Mendizábal
Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar
Una película española, “La pequeña Suiza” (2019), del vasco Kepa Sojo, nos lleva a preguntarnos en el actual siglo XXI: ¿qué determina que una persona se sienta como parte de una nación? O, mejor dicho, ¿son la lengua, el territorio, la historia, las tradiciones, alguna huella mítica guardada como tesoro o solo la convivencia las que llevan a que alguien sostenga su identidad nacional como un motivo irrenunciable? Pero también, en sentido posmoderno, uno podría hacerse la pregunta: ¿qué identidad conviene tener ahora?
Todas y otras preguntas atraviesan el argumento de “La pequeña Suiza”, comedia satírica que hurga en los afanes de independencia regional que aún perviven en el seno de ciertos países hasta el presente. En la película, los habitantes de un ficticio pueblo castellano de nombre Tellería, al no ser reconocidos como parte del País Vasco, como es su deseo político, pronto descubren que pueden formar parte de Suiza, como un cantón; esto debido a que supuestamente el hijo de Guillermo Tell, cuyos restos estarían en Tellería, habría sido el encargado de hacer cumplir un mandato de un rey suizo del siglo XIV, es decir, en su momento, cantonizar una región española, lejos de las fronteras suizas.
Lo disparatado radica en que, por cualquier medio y por efecto del descubrimiento del hecho citado, una población desea ser nuevamente reconocida identitariamente. El problema, sin embargo, es político. Pues, para el grueso de la gente, la cuestión identitaria parece no ser un algo que les quite el sueño, salvo si hay intereses políticos, sobre todo de quienes se vuelven especie de caudillos, cuyo modo de vida depende de los réditos que les ha brindado el campo político.
En este contexto, la película, aunque a ratos sea ligera, se propone como un discurso crítico sobre la identidad nacional, incluidas las contradicciones que ella suscita. Por la trama sabemos que, como cualquier apartado pueblo de un país, sus habitantes sienten que este está desatendido por las acciones del gobierno; su vida, aunque apacible, no atrae ni a los turistas y, al no haber proyectos nuevos, la gente piensa que todo se ha detenido. En la medida en que se descubre que podrían formar parte de la heredad suiza debido a un hecho paradójico, ser la tumba de uno de los Tell que habría tenido la intención de fundar el cantón suizo extrafronterizo de su patria, los habitantes de Tellería imaginan la refundación del territorio patrio alejado de la mirada del gobierno, en este caso, español. La suma de hechos, confusiones y enredos (personas que se oponen a ser reconocidas con otra identidad, cura que hace negocios de armas para, dizque, mantener la iglesia del pueblo, nuevos emprendimientos, esta vez con bandera suiza…) lleva a que la historia se complique al punto de la exageración; con esta figura pronto caemos en cuenta de que prevalece la fragilidad de las identidades nacionales.
En efecto, Sojo, su director, muestra un entorno donde la identidad colectiva no es inalterable: basta que exista un motivo para que todo pueda modificarse, poniendo en evidencia intereses y debilidades. La identidad nacional, en este marco, vendría a ser una construcción política que en la película se representa como un tablero de voluntades de diverso tipo; otra cosa es en la realidad, cuando prevalecen odios y tensiones. Así, los habitantes de Tellería pasan de reivindicar la identidad suiza cuando otra puerta, la vasca, se les ha cerrado. De por medio, por supuesto, están posibilidades de futuro e intereses económicos, sociales y políticos: no es lo mismo ser un país que tiene dificultades de variado tipo, sobre todo, una crisis que le atraviesa, que ser de otro que tiene un excelente gobierno, tiene asegurada la pervivencia de su población en mejores condiciones y goza de una estabilidad socioeconómica inexcusable. Puesto en el horizonte del humor, Sojo hace explotar esta tensión demostrándonos que dentro del nacionalismo hay algo de instrumental en el sentido de que, dependiendo de las condiciones de bienestar, poder y reconocimiento, la identidad o se puede defender a ultranza o reinventarla. Para ello, los políticos deben poner en marcha una red de influenciadores domésticos, comenzando con la propia familia.
Lo interesante, en el tono de toda comedia satírica, es cómo Sojo hace que veamos el asunto identitario a través de personas que bien pueden ser la vergüenza nacional. El humor precisamente funciona como el mecanismo de desestabilización donde lo malo es visto en todas sus tonalidades para que nos demos cuenta de que el ridículo que estaría detrás de todo proyecto que solo busca beneficiar a pocos involucra a las grandes mayorías como carne de cañón para el logro de los fines consiguientes.
Frente a las preguntas planteadas, en cierto sentido, hay que decir que, para sentirse parte de una nación, hay una serie de operadores ficcionales para tener justamente la idea de pertenencia. Benedict Anderson ya había discutido eso en su célebre libro “Comunidades imaginadas: Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo”, señalando tres dispositivos sembradores fundamentales en el siglo XIX: las novelas, los mapas y los medios de comunicación (incluidos los de transporte). Si la nación es una comunidad imaginada, mejor para el siglo XIX, lo era gracias a las dicotomías representadas en las novelas románticas donde las diferencias sociales hacían saltar inminentemente la necesidad de que fuera mejor tener miembros afines para consolidar un proyecto perdurable; o lo era gracias a que los mapas permitían ver por fin el territorio donde estarían los afines a sabiendas de que los diferentes también podrán ser los vecinos (la idea sería, entonces, hacer guetos de ellos); y, ni qué decir, de los medios de comunicación para sembrar imágenes de lo diferencial como peligroso y de lo que habría que cuidarse. Por lo tanto, lo que determinaba ser parte de una nación era aquello que los identificaba como afines: la lengua, el territorio, una historia forjada según conveniencia, unas tradiciones, una huella mítica… “La pequeña Suiza” se encarga de ponerlas como parte del retrato de la vieja nación que busca nuevamente afianzarse con alguna otra tradición gracias a unos restos míticos. Desde el humor, esto implica, además, la cuestión de cambiar el idioma, las costumbres de comida, de bebida, de ropaje; en definitiva, lo que vemos es el absurdo total y desesperado para ser admitidos en el seno de un país.
El hecho es que apreciamos, más allá de lo que plantea la película, que en el siglo XXI las cosas no han cambiado. La pregunta es: ¿qué identidad conviene tener ahora? Las identidades fluidas hacen que prevalezca la ganancia: las patrias ya no son locales; son globales: esto implica que, de acuerdo con el país que esté en el ranking de oportunidades, ese podría ser el lugar identitario. “La pequeña Suiza”, por más que se refiera a lo local, supone lo global: un pueblo puede estar mejor conectado, identitariamente, con otro que esté allende las fronteras.
Con su película Sojo homenajea a otro filme español, “Bienvenido Mr. Marshall” (1953) de Luis García Berlanga, sátira sobre las ilusiones que se siembran y la identidad nueva que se pretende tras saberse que un pueblo será visitado por los representantes del progreso. Como en “La pequeña Suiza”, el problema, finalmente, es el autoengaño colectivo, todo para lograr una recompensa que, a la larga, no tiene que ver más que con lo económico (que el pueblo salga de su condición de apartado del mapa de los flujos), aunque para ello el obrar político sea determinante.
