La Victoria Aliada en la Segunda Guerra Mundial (I)

Entrevista a Rodolfo Bueno Ortiz Asociación AMARUN

Por: Rodolfo Bueno

El 30 de abril de 2026 se cumplieron 81 años del suicidio de Adolf Hitler, el Führer, llevado a cabo cuando las tropas de la URSS lo tenían acorralado en el bunker donde al final de la guerra había buscado inútil refugio durante la Batalla de Berlín.

Se lo presenta como el psicópata que hipnotizó a los alemanes para poder  exterminar a los judíos, se prohíbe investigar sobre el tema y se castiga rigurosamente al que lo hace, al mismo tiempo que se oculta el verdadero meollo del nazismo.

Su meteórica carrera, de cabo del Ejército Imperial a Führer de Alemania, la logra gracias al apoyo del gran capital financiero mundial, que veía en él suficientes atributos de dureza y violencia, necesarios para controlar la efervescencia revolucionaria que se gestaba en el pueblo alemán. Mr. Gordon, alto funcionario de la Embajada de los EE.UU. en Berlín, informaba a Henry L. Stimson, Secretario de Estado de ese país: “No existe ninguna duda de que Hitler obtiene un gran apoyo financiero de determinados grandes industriales. Precisamente hoy me llegó un rumor de parte de una fuente, generalmente bien informada, que representantes norteamericanos de diferentes círculos financieros están aquí participando activamente en la misma dirección”.

Hasta la derrota de Stalingrado, cuando Hitler comenzó a perder la guerra, la extrema derecha jamás tuvo un representante tan exitoso. Sus triunfos iniciales le granjearon la admiración de políticos e intelectuales de toda laya. Pero ahora se intenta olvidar que grandes personalidades de esa época fueron sus admiradores, entre ellos el gran poeta Italiano Gabriele D’Annunzio y algunos Premios Nóbel como Alexis Carrel y Khut Hamsun; que Eduardo VII, rey de Inglaterra, fue obligado a abdicar por ser amigo íntimo y seguidor del Führer, que a la única persona que Hitler visitó luego de conquistar Francia fue precisamente a él, luego inventaron la novela rosa de su amor prohibido con una divorciada americana; que el Ex Secretario de la OTAN, J. Lunz era miembro del Partido Nazi Holandés; que posiblemente Henry Ford fue el norteamericano que más contribuyó al desarrollo del nazismo, por algo Hitler tenía la foto de Ford colgada en la pared; la lista es larga y hay muchos más. No se trata solamente del caso del psicópata que engatusa a unos despistados alemanes, es un fenómeno político todavía latente que ha demostrado su vitalidad en las dictaduras que los EE.UU. instauraron en el Cono Sur de la América Latina, en Centro América, el Caribe y actualmente en Ucrania.

A pesar de no ser alemán de nacimiento, Hitler fue nombrado Canciller del Reich, en un país con un pueblo casi por definición nacionalista, gracias a la carta firmada por diecisiete grandes banqueros y magnates industriales, que así le exigieron al Presidente Hindenburg. Ya en el poder implantó la dictadura terrorífica del gran capital, que impidió la revolución proletaria y el derrumbe del capitalismo.

No en vano el General Ludendorff, que apoyó a Hitler en el putsch de 1923, dirigió una carta personal a Hindenburg en la que le decía: “Al nombrar a Hitler Canciller del Reich, usted entregó nuestra patria a uno de los más grandes demagogos de todos los tiempos. Yo, con toda seguridad, le predigo que este hombre llevará a nuestro país al precipicio, envolverá a nuestra nación en una infelicidad indescriptible, las futuras generaciones lo maldecirán a usted por lo que ha hecho”.

Una vez en el poder, Hitler conformó el Consejo General de la Nueva Alemania compuesto por Krupp, dueño de las más grandes acerías; Simens, magnate de la electricidad; Thyssen, magnate de las minas de carbón del Ruhr; Schrodar, banquero y financista vinculado a los capitales norteamericanos; Reinhardt, Presidente del Consejo de Observación del Banco Comercial; Fisher, Presidente de la Asociación de Central de Bancos y compañías bancarias. Este organismo fue el que realmente gobernó Alemania y en él se hallaban las fuerzas que empujaron al mundo a la Segunda Guerra Mundial. Fueron estos monopolios alemanes los que dictaron la política interna y externa de Alemania Nazi, Hitler lo único que hizo fue cumplir sus órdenes. Así pasaron las cosas y no como en el cuento fantástico que nos relatan, según el cual un paranoico se tomó el poder en un país de grandes tradiciones libertarias y de grandes pensadores y artistas, e instauró una dictadura personal que llevó a los habitantes de Alemania a la guerra, como una manada de ciegos.

Occidente cerró sus bocas, ojos y oídos, aunque no los bolsillos, ante las barbaridades cometidas por la Alemania Nazi y postularon la política, llamada de apaciguamiento, que le permitió a Hitler apoderarse de media Europa casi sin disparar un tiro. El historiador inglés Sir Wheeler Bennet escribe: “Existía la oculta esperanza de que la agresión alemana, si se la podía encauzar hacia el Este, consumiría sus fuerzas en las estepas rusas, en una lucha que agotaría a ambas partes beligerantes”. Esta peligrosa política, que evitaba la seguridad colectiva y estimulaba las conquistas nazis en el llamado “espacio vital” del este, casi termina descuartizando a quienes la auspiciaban, ya que Hitler, antes de dar un paso hacia el Oriente, lo dio hacia Occidente. Mal paga el diablo a sus devotos.

Los países del Eje, Alemania, Italia y Japón, iniciaron sus planes de dominio mundial mediante actos de agresión descarados. Italia, cuya voracidad estaba estimulada por creerse estafada en la repartición del mundo que las potencias imperialistas realizaron en 1870, comenzó a codiciar Etiopía, en esa época llamada Abisinia. Con este fin esgrimió como razón indiscutible su “misión civilizadora”. Mussoline le pidió su opinión a Mac’Donald, Primer Ministro de Inglaterra, quien le respondió: “A las mujeres inglesas les enorgullece las aventuras amorosas de sus maridos bajo la condición de que actúen discretamente. Por eso actúe con mucha táctica, nosotros no nos opondremos”.

Italia comenzó la guerra de agresión contra Etiopía a partir de Eritrea y Somalía. Sus pertrechos, 510 aviones y 300 tanques, 350.000 soldados y 14.500 oficiales, cruzaron sin ninguna dificultad el Canal de Suez, que en esa época pertenecía a un consorcio anglo-francés. La URSS propuso en la Liga de Naciones que se declarase a Italia país agresor y ayudase a Etiopía a repeler la agresión. “Si se hubiesen aplicado sanciones totales, la movilización de Mussoline hubiese sido detenida por completo”, escribe en sus memorias C. Hull, en ese entonces Secretario de Estado de los Estados Unidos.

En 1936, Hitler rompió el Tratado de Versalles al cruzar sus tropas al otro lado del Rin, zona desmilitarizada de Alemania. Francia aceptó que el Ejército Alemán llegase a sus fronteras por estar paralizada por la política de apaciguamiento. “A Adolf Hitler se le permitió ganar la primera batalla de la Segunda Guerra Mundial sin disparar un solo tiro”, escribe Sir Wheeler Bennet.

Posteriormente, los fascistas fijaron su interés en España. El 18 de julio de 1936, el General Francisco Franco inició el levantamiento de los mal llamados nacionalistas españoles. Hitler y Mussoline, inmediatamente, enviaron aviones de transporte para trasladar las tropas de Marruecos a España.

El conflicto europeo en el cual el eje Berlín-Roma estará contra Inglaterra y Francia adquiere completamente otra característica si una fuerte España se une al eje Alemania-Italia. Estos fines estratégicos y políticos, mostrados antes, exigen hacer todo lo posible para permitir a Franco alcanzar una rápida victoria y asegurar una rápida dependencia de España al eje Berlín-Roma”, escribe el alto mando del Ejército Alemán en un memorándum enviado al Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania, en el que analizan las razones estratégicas de orden militar para la participación alemana en la Guerra Civil Española.

La política anticomunista de no intervención, que consistía en prohibir la venta de armas a la República de España, declarada por la Inglaterra de Chamberlain y la Francia de Daladier, resultó ser de gran ayuda para Franco, que al mismo tiempo adquirió 12.000 camiones Ford y 1’800.000 toneladas de gasolina que la Texaco de la “neutra Norteamérica” y la inglesa Shell le vendieron a crédito durante toda la guerra. El 27 de febrero de 1939, Inglaterra y Francia rompieron relaciones diplomáticas con la República Española y reconocieron a Franco. A finales de marzo, Franco derrotó a la República. La URSS fue el único país que vendió armas a la República de España y ayudó a organizar al Ejército Popular Español, también fueron de gran ayuda en la lucha en contra del nazi-fascismo las Brigadas Internacionales procedentes de cincuenta y tres países; en ellas pelearon personalidades de la talla de Ernest Hemingway, César Vallejo, George Orwell, Palmiro Togliatti y muchos otros más.

La Guerra Civil Española fue la más sangrienta guerra que hubo antes de la Segunda Guerra Mundial, se prolongó durante 986 días y si las fuerzas democráticas la perdieron fue porque se dieron una serie de factores, especialmente de orden externo, que posibilitaron el triunfo del nazi-fascismo.

El Tratado de Versalles, firmado en 1919 para poner fin a la Primera Guerra Mundial, es uno de los factores claves que contribuyeron al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Este tratado impuso condiciones extremadamente duras a Alemania, generando un profundo resentimiento en la población y creando un terreno fértil para el ascenso del nacionalismo y el extremismo.

Uno de los aspectos más controvertidos del Tratado de Versalles fue la “cláusula de culpabilidad de guerra” (Artículo 231), que responsabilizaba exclusivamente a Alemania por el conflicto, una medida percibida como injusta por los alemanes y que sirvió de base para exigir reparaciones económicas exorbitantes. Estas reparaciones, combinadas con las secuelas de la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión de 1929, sumieron a Alemania en una crisis económica devastadora, caracterizada por hiperinflación, desempleo masivo y un profundo malestar social. Además, el tratado impuso severas restricciones militares, como la limitación del tamaño del ejército, la prohibición de fabricar armamento pesado y la desmilitarización de Renania, medidas que humillaron a Alemania y alimentaron un sentimiento de vulnerabilidad y deseo de revancha.

El tratado también alteró drásticamente el mapa de Europa, al desmembrar territorios alemanes como Alsacia-Lorena, que fue devuelta a Francia, y al crear nuevos estados, como Polonia, a expensas de Alemania, mientras se prohibía la unificación con Austria. Estas disposiciones territoriales no solo generaron resentimiento, sino que también proporcionaron a Hitler y al Partido Nazi argumentos poderosos para justificar su política expansionista y revanchista, sentando así las bases para el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

La primera víctima directa de Alemania Nazi fue Austria. Todo transcurrió mientras el gobierno británico ofrecía un almuerzo al ex-Embajador Von Ribbentrop, que acababa de ser nombrado Ministro de Relaciones Exteriores del Tercer Reich. Ribbentrop tranquilizó a Lord Halifax, Canciller Inglés, le explicó que sólo se trataba de reunificar a los alemanes y que, finiquitado este espinoso problema, quedaba abierto el camino para el entendimiento anglo-alemán.

Con el “Anschluss”, o sea la transformación de Austria en una provincia del Tercer Reich, el territorio de Alemania creció en un 17%, su población en un 10%, las Fuerzas Armadas de Alemania, la Wehrmacht, se incrementó de golpe en 50.000 soldados y oficiales y la economía y la industria de Austria comenzaron a trabajar para satisfacer los apetitos imperiales de los revanchistas alemanes. Alemania comenzó de inmediato a construir autopistas que conducían a las fronteras checas, húngaras y yugoslavas. Checoslavaquia quedó así atenazada por las nuevas fronteras.

El Pacto de Münich, para resolver el problema checo, como ningún otro demostraría las falencias y las debilidades de la política anglo-francesa. Checoslovaquia, Estado que surgió como consecuencia de la desintegración del Imperio Austro-Húngaro luego de la Primera Guerra Mundial, tenía garantizada su existencia por el Pacto de Asistencia Mutua, firmado en 1925 entre Francia y Checoslovaquia. Por otra parte, existía el Tratado Checo-Soviético, según el cual, en el caso de una agresión a Checoslovaquia, la URSS se comprometía a pelear contra el agresor si Francia cumplía con el Pacto de Asistencia Mutua. El 28 de abril de 1938, Gran Bretaña se comprometió a luchar junto a Francia en el caso de una guerra contra Alemania.

Los Sudetes era una región montañosa de Checoslovaquia, fronteriza con Alemania, que Hitler reclamaba para sí por estar poblada en algunos sectores mayoritariamente por alemanes. En esta zona se encontraban las principales fortificaciones militares checoslovacas, por lo que Checoslovaquia quedaría totalmente desprotegida si perdía este estratégico territorio. Inglaterra y Francia, que no querían cumplir con sus compromisos, presionaban al gobierno checo para que, con respecto a los Sudetes, diera a Hitler todas las prerrogativas posibles.

En julio de 1938 arribó a Londres el capitán Wiedemann, enviado especial de Hitler. Informó al gobierno inglés que el Führer estaba iracundo y que, de no resolverse el problema de los Sudetes, habría consecuencias desastrosas. A lo que Lord Halifax, Canciller del Reino Unido, le respondió: “Trasmítale a él que espero vivir hasta el momento en que se realice la meta fundamental de todos mis esfuerzos: Ver a Hitler con el rey inglés juntos en el balcón del palacio de Buckingham”.

El 13 de septiembre de 1938, Chamberlain, Primer Ministro de Gran Bretaña, voló a entrevistarse con Hitler en su residencia del Berchtesgaden para “lograr un acuerdo anglo-alemán” que resolviera el problema checo. Le explicaba al rey de Inglaterra que se proponía plantear a Hitler que Alemania e Inglaterra debían ser “los pilares de la paz en Europa y los baluartes contra el comunismo”. Luego de tres horas de conversación, Chamberlain aceptó el traslado de los Sudetes a Alemania. Le pidió a Hitler tiempo para consultar con su gabinete y con París. Francia e Inglaterra tomaron en cuenta al gobierno de Praga sólo para recomendarle que cediera a Alemania aquellas partes de los Sudetes donde vivían más del 50% de alemanes y que anulara los pactos de Checoslavaquia con Francia y la URSS; a cambio de todo eso, se comprometían a garantizar las nuevas fronteras. La respuesta debía ser inmediata, ya que Chamberlain debía encontrarse con Hitler el 22 de septiembre.

El Presidente Beneš preguntó a la Unión Soviética si estaba dispuesta a ayudar a su país en el caso en que Francia no lo hiciera y si tendría el respaldo de Moscú en la Liga de Naciones en el caso en que Checoslovaquia solicitara ayuda a ese organismo. Al día siguiente, Beneš recibió la contestación afirmativa de ambas preguntas. Con este apoyo, Beneš rechazó la propuesta de Chamberlain. Inglaterra y Francia montaron en cólera y le presentaron un ultimátum a Beneš: “Si los checos se agrupan con los rusos, la guerra podría transformarse en una cruzada contra los bolcheviques. Entonces a los gobiernos de Inglaterra y Francia les sería muy difícil quedar al margen”. Los checos aceptaron el ultimátum la mañana del 21 de septiembre.

Lord Halifax fue el encargado de entregar el memorándum a Jan Masaryk, el Embajador de Checoslovaquia. Se produjo el siguiente diálogo, Lord Halifax: “Ni el Primer Ministro inglés ni yo queremos darle consejo alguno con respecto al memorándum. Pero piénselo bien antes de responder negativamente a él. El Primer Ministro está persuadido de que Hitler sólo quiere los Sudetes, si lo consigue no reclamará nada más”; Masaryk: “¿Y usted cree eso?”; Lord Halifax: “Yo no le he dicho que el Primer Ministro esté convencido de eso”; Masaryk: “Si ni usted ni el Primer Ministro quieren darnos ningún consejo sobre el memorándum, entonces, ¿cuál es el papel del Primer Ministro?”; Lord Halifax: “El de correo y nada más”; Masaryk: “Debo entender que el Primer Ministro se ha convertido en recadero del asesino y salteador, Hitler”; Lord Halifax, un poco turbado: “Pues, si le parece, sí”.

Alemania propuso la realización de una conferencia de cuatro potencias: Inglaterra, Francia, Alemania e Italia. No fue tomada en cuenta la URSS, tampoco Checoslovaquia, que en esta conferencia perdió la quinta parte de su territorio, la cuarta parte de su población y la mitad de su industria pesada.

Chamberlain aceptó asistir a Münich el 28 de septiembre. A la delegación checa, que esperaba impaciente fuera del lugar de la reunión, se le comunicó verbalmente el destino nefasto de su país. Sus delegados reclamaron indignados por lo monstruoso, criminal y absurdo de la resolución, a lo que se les contestó: “¡Es inútil discutir! Está decidido”. En Münich se dieron los primeros pasos para la firma de una alianza entre Inglaterra y Alemania.

Chamberlain regresó a Londres. Blandía con mucho orgullo un papel que, según dijo, “aseguraba la paz por una generación”. Para reafirmar sus palabras citó la frase de Henrique IV, de Shakespeare: “De la ortiga de los peligros sacaremos las flores de la salvación”. El periódico Izvestia de Moscú le recordó al día siguiente la réplica que sigue a la misma frase: “La empresa que has cometido es peligrosa, los amigos que me has enumerado son inseguros, y el mismo momento ha sido mal escogido. Toda tu conspiración es demasiado liviana como para pesar más que dificultades graves”.

El drama de Münich tiene su epílogo. El 15 de marzo de 1939, las tropas alemanas entraron a Praga ante la impotente mirada de Inglaterra y Francia, los “garantes” que no movieron un dedo para prestar la mínima ayuda a Checoslovaquia; política que hasta ahora no ha cambiado y sigue favoreciendo al agresor.

Como resultado de la Gran Crisis del capitalismo, que comenzó en 1929 y afectó al mundo de la postguerra como ningún otro fenómeno económico, se inició la lucha por el nuevo reparto colonial del mundo. Japón atacó a China, Alemania a Austria y Checoslovaquia e Italia a Etiopía. A la sazón, tal como lo analiza Stalin, se podía dividir al mundo en potencias imperialistas agresoras y potencias imperialistas agredidas. Las primeras, que nada tenían y lo exigían todo, atacaban a las segundas, que lo poseían todo; para ello, Alemania, Italia y Japón abandonaron la Liga de Naciones, conformaron el bando beligerante del Eje y firmaron el Pacto Anticomintern.
Las potencias agredidas, pese a que eran económica y militarmente mucho más fuertes que las agresoras, cedían y cedían posiciones. La razón de esta conducta tan extraña era darle aire a la agresión hasta que se transformase en un conflicto mundial. Incitaban a las naciones del Eje a atacar a la URSS con la esperanza de que la guerra agotase mutuamente a ambos bandos. Entonces les ofrecerían sus soluciones y les dictarían sus condiciones. Los países beligerantes, cuyas fortalezas se encontrarían destruidas como consecuencia de un largo batallar entre ellos, no tendrían más opción que aceptarlas. Una forma fácil y barata de conseguir sus fines. Este juego peligroso terminaría muy mal para los que propugnaban el anticomunismo como política de Estado.

El 23 de julio de 1939, Molótov, Ministro de Relaciones Exteriores de la Unión Soviética, con el propósito de lograr un acuerdo que impidiera la agresión alemana a Polonia, propuso a Gran Bretaña y Francia el envío de una comisión militar a Moscú. Sin el mínimo apresuramiento, pese a que la guerra estaba al borde de estallar, el 11 de agosto, diecinueve días después, la misión arribó a Moscú.

La delegación nunca contestó a la inquietud fundamental de la URSS: para poder enfrentarse con Alemania, las tropas soviéticas tenían que pasar por el territorio polaco o el rumano, sin esta condición se hacía imposible la participación de la Unión Soviética en una alianza militar con Inglaterra y Francia.

El 14 de agosto, el Almirante Drax, Jefe la Misión, debió reconocer: “Creo que nuestra misión ha terminado”; sin embargo, las conversaciones se prolongaron para ver si era posible obtener la aprobación polaca al paso de las tropas soviéticas. El 23 de agosto, Voroshilov, Ministro de Defensa de la URSS, advirtió a la comisión: “Nosotros no podemos espera a que Alemania derrote a Polonia para que después se lance contra nosotros. Mientras tanto ustedes estarían en sus fronteras reteniendo a lo mucho diez divisiones alemanas. Necesitamos un trampolín desde el cual atacar los alemanes, sin él no podemos ayudarlos a ustedes”. Ante el comprometedor silencio de los delegados añadió: “No hemos hecho nada en once días. El año pasado, al encontrase Checoslovaquia al borde del abismo, no obtuvimos una sola señal de Francia. El Ejército Rojo estuvo listo para atacar, pero esa señal nunca llegó. Nuestro gobierno y todo nuestro pueblo estuvieron ansiosos de ayudar a los checos y por cumplir con nuestras obligaciones dimanantes de los tratados. Ahora los gobiernos de Francia e Inglaterra han prolongado inútilmente y durante demasiado tiempo estas conversaciones político militares. Por ello no se debe excluir otros acontecimientos de índole político. Fue necesario obtener una clara respuesta de Polonia y Rumania sobre el paso de nuestras tropas a través de sus territorios. Si los polacos hubiesen querido responder positivamente a esta pregunta, es lógico pensar que hubiesen participado en estas negociaciones”. Poco después se iniciarían unas negociaciones, que son criticadas por quienes desconocen o pretenden desconocer el preámbulo que condujo a la firma del Pacto de no agresión entre la Unión Soviética y Alemania.

A partir del fracaso de las conversaciones con Inglaterra y Francia, el gobierno soviético aceptó la propuesta alemana de concluir un acuerdo de no agresión que, desde mayo de 1939, Alemania le había propuesto en reiteradas ocasiones. El 23 de agosto de 1939, la URSS firmó el Pacto de no Agresión con Alemania, aunque esto no estuvo previsto en los planes de la diplomacia soviética antes de que Inglaterra y Francia frustraran las negociaciones de Moscú. Al firmar el pacto de no agresión, el gobierno soviético no se hacía ilusiones.

Las críticas al pacto Ribbentrop-Mólotov tienen la finalidad de absolver a los verdaderos culpables del estallido de la guerra; posteriormente, cuando los EE.UU. Inglaterra y la URSS conformaron la coalición antinazi, muchos políticos relevantes de Occidente valoraron de manera positiva la firma del mismo. Sumner Welles, quien en 1944 fue Subsecretario de Estado de EE.UU., escribe: “Desde el punto de vista práctico, cabe la posibilidad de lograr ventajas que -dos años más tarde, al producirse la agresión alemana, desde hacía mucho tiempo esperada-, tuvieron mucha importancia para la Unión Soviética”.

La coalición antifascista se hizo sólo posible luego de que Alemania Nazi derrotara y ocupara Austria, Checoslovaquia, Polonia, Dinamarca, Noruega, Bélgica, Holanda y Francia. Por fin, estás derrotas hicieron ver a los EE.UU. e Inglaterra la amenaza que el nazi-fascismo representaba para ellos y se sentaron las premisas que posibilitaron la formación de esta coalición. Pero incluso durante toda la guerra, tanto en los planes que se forjaron durante la contienda como en los que se forjaron para la posguerra, se sintió una actitud ambigua hacía la URSS de parte de los países aliados. Dichos planes se vieron alentados por el desarrollo de los trabajos tendientes a la fabricación de la bomba atómica, que los círculos gobernantes de los EE.UU. pensaban utilizar como instrumento de imposición y hegemonía para el resto del globo terráqueo.

Luego de la entrega de Checoslovaquia a Alemania, Hitler exigió la devolución del Corredor Polaco, la entrega del puerto de Dánzig y que Polonia le cediera facultades extraterritoriales para construir autopistas y líneas férreas por territorio polaco. Después, anuló el pacto de no agresión firmado con Polonia y renunció al convenio naval anglo-alemán, posteriormente comenzó a reclamar las colonias que le fueron arrebatadas por Francia e Inglaterra luego de la Primera Guerra Mundial.

El 1 de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia. Dos días después Inglaterra y Francia le declararon la guerra a Alemania, estos hechos dieron inicio a la Segunda Guerra Mundial. La “Blitzkrieg” fue la estrategia de guerra que dio grandes éxitos a la Wehrmacht. Consistía en concentrar gran cantidad de fuerzas en zonas estrechas del frente, con lo que adquiría absoluta superioridad, tanto de soldados como de instrumentos de guerra. El Ejército Polaco fue derrotado en cinco semanas.

A partir del la derrota de Polonia se desarrolló lo que se conoce con el nombre de “Guerra Boba”. El ejército anglo-francés, que no había hecho nada durante el ataque alemán a Polonia, siguió sin hacer nada mientras Alemania concentraba grandes cantidades de tropas en la frontera occidental de Francia y continuó sin hacer nada cuando Alemania, entre el 9 de abril y el 10 de mayo de 1940, se apoderó de Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Luxemburgo. El corresponsal francés R. Dorgeles escribe: “Yo estaba asombrado de la tranquilidad allí reinante. Quienes manejaban la artillería en el Rin miraban tranquilamente a los trenes alemanes que transportaban material de guerra en la orilla contraria, nuestros aviadores volaban sobre las humeantes chimeneas del Sarre, sin arrojar bombas. Evidentemente la principal preocupación del comando supremo consistía en no intranquilizar al enemigo”. Cuando al Ministro de Aviación de Inglaterra se le pidió arrojar bombas incendiarias sobre los bosques macizos de Alemania, respondió: “Qué le pasa, es imposible, es propiedad privada. Sólo faltaría que se me pidiera bombardear el Ruhr”.

El 14 de mayo de 1940, los tanques alemanes rompieron las líneas defensivas francesas, en la región de Sedan, y se precipitaron en dirección a occidente, el pánico se apoderó de las tropas francesas. El 18 de mayo el 9° ejército francés fue derrotado y su comandante capturado. El camino a la Mancha quedó abierto. El 20 de mayo, las divisiones motorizadas alemanas llegaron a las costas de la Mancha. El 27 de mayo comenzó la evacuación de las fuerzas inglesas desde Dunquerke, que fue exitosa gracias a que las divisiones motorizadas comandadas por Kleist detuvieron su marcha. Este hecho tiene una explicación política, eliminada Francia, Hitler esperaba ponerse de acuerdo con Gran Bretaña para lograr la creación de un frente común contra su principal enemigo, la Unión Soviética. Se cree que para esa negociación, Rudolf Hess, segundo hombre fuerte de Alemania, voló a Gran Bretaña y se arrojó en paracaídas cerca de la residencia de Lord Halifax. Buscaba contactos con Inglaterra para lograr la división de las esferas de influencia en el mundo.

La mañana del 14 de junio, las tropas nazis entraron en París y desfilaron por los Campos Elíseos. El Mariscal Petain formó un nuevo gobierno. El 17 de junio, Petain habló por la radio y pidió a los franceses cesar los combates. El 21 de junio de 1940, en el bosque de Campiegne, a unos 70 kilómetros de París, en el mismo vagón en el que 22 años atrás se habían rendido los alemanes a los franceses, bajo los acordes de “Deutschland Uber Alles” y el saludo nazi hecho por Hitler, Francia se rindió a Alemania. Todo el potencial industrial de Francia, las fábricas de automotores, de aviación y de productos químicos, comenzó a trabajar para las necesidades bélicas de Alemania. Lo mismo pasó en todos los demás países ocupados por los nazis.

La mitad de Francia iba a ser zona ocupada, allí vivía el 65% de la población, se producía el 94% del acero, el 79% del carbón, el 75% del trigo y el 65% de la ganadería; la otra mitad, desde la ciudad de Vichy, iba a ser gobernada por Petain. Por su carácter político, el gobierno de Vichy era la dictadura del sector de la burguesía francesa, aliada al régimen nazi de Alemania, razón por la cual, terminada la guerra, la IV República nacionalizó las fábricas de la mayor parte de estos sectores sociales.

Pero no todo el pueblo francés estaba compuesto por traidores, su gran mayoría se alineó con las fuerzas de la “Francia Libre”, a cuya cabeza se encontraba el General Charles De Gaulle, o con el Partido Comunista Francés. Ambos movimientos, desde la clandestinidad, combatieron codo a codo y jugaron un importante rol en la lucha contra el fascismo. En Gran Bretaña era Primer Ministro Sir Winston Churchill, quien comprendió que la batalla contra el nazismo era a muerte, por lo que apoyó a todo movimiento antifascista.

Rodolfo Bueno

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