También conocida como la Inmaculada Legardiana, es la escultura que hizo Legarda un escultor con reconocimiento universal. Está ubicada en un lugar emblemático de la ciudad: el nicho central del retablo principal de la iglesia de San Francisco. Es una de las pocas obras del barroco quiteño documentada históricamente, tiene firma de autor y fecha de terminación, el 7 de diciembre de 1734.
La Virgen de Quito fue tallada con base en el arquetipo iconográfico de la Virgen Apocalítptica –una variante de la Inmaculada Concepción sustentada en el dogma católico de que María fue concebida sin pecado original-, en este tipo de Virgen la imagen está dotada de alas y lleva una corona, ambas labradas en plata. La escultura expresa vivacidad y dinamismo y recrea plásticamente un texto de Apocalipsis. Uno de sus pies está apoyado sobre la medialuna y con el otro aplasta la cerviz de una serpiente. Con el rostro inclinado, su mirada se fija sobre la vencida representación del mal.
La postura y actitud de la Virgen de Legarda es semejante a la de la Inmaculada Concepción pintada por Miguel de Santiago y que se encuentra en el convento de San Agustín. A diferencia de esculturas españolas que representan el mismo motivo iconográfico, el eje de la imagen quiteña traza un arco amplio. La disposición de los brazos, en diagonal, y la inclinación de la cabeza, que le han ganado también el apelativo de “Bailadora”, pertenecen al lenguaje plástico del barroco. El manto que rodea el cuerpo contribuye a acentuar la ilusión de movimiento.
La rica policromía, característica, de la Escuela Quiteña singulariza esta imagen. La cara no está tallada en madera y en su lugar tiene una máscara de plomo, que sirve para colocar el encarne brillante y para sostener los ojos de vidrio. También el cuello y las manos llevan encarne brillante. Tanto la cara como las manos fueron esculpidas separadamente del cuerpo de la imagen, con el propósito de facilitar su tallado. El manto azul que abraza a la imagen está decorado con estrellas, la túnica blanca, tratada con la técnica del estofado en oro y color, contrasta sobriamente con el manto. Es importante subrayar que la originalidad de la escultura quiteña y específicamente legardiana no reside en su concepción iconográfica, sino en el lujo y la riqueza de la ejecución del vestido –que fue un signo de estratificación social en la colonia- y en el esplendor de su policromía.
Legarda talló varias versiones de su Inmaculada; algunas de ellas se encuentran en conventos de clausura y son inaccesibles. Dos de ellas están al alcance del público, la una se exhibe en el museo franciscano y, la otra, con un hermosísimo marco, en el museo dominicano. Otras esculturas como Santa Rosa de Lima, que se encuentra en el Museo de Arte Colonial, o el Calvario de la Capilla de Cantuña, así como multitud de imágenes de nacimientos y escenas costumbristas, testimonian el talento multifacético del maestro quiteño…
Tomado del libro “ 200 años de escultura quiteño” editado por Xavier Michelena.
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