No más arrogancia en nuestras instituciones de educación

Por José L. Pantoja

El siguiente texto fue escrito por David Ruiz S. y se puede encontrar en el libro “Educación Siglo XXI – 127 temas de análisis”, publicado el 2008 por Ed. Corredores Gráficos.

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CONFESIONES SIN TEMORES

Por: Un estudiante

 

Lunes, 7 de la mañana. Estamos todos en el aula, el profesor de Química no llega. Aparece a las 7 y 10, bien enternado y blandiendo exageradamente su negro maletín de ejecutivo.

– De pie, ¿no ven que ya llegué?

Llega atrasado y exigiendo reverencias. Otros profesores entran saludando y nosotros contestamos su saludo, nos sentimos mejor así, antes que parándonos y sentándonos como autómatas.

– ¡Atención a la lista!

Somos 7 alumnos, más rápido resultaría que nos cuente, en vez de tomarnos lista.

– López, vaya a la biblioteca y pida el libro de Química de Armendáris, de Quinto Químico, para tomarles la lección y dictarles clase.

Después de tres minutos llega mi compañero López: Aquí tiene el libro, señor.

– ¡Cuál señor pues, pedazo de ignorante, yo soy licenciado, oíste: li-cen-cia-do!

¿Por qué será que a ciertas personas les gusta presumir de sus títulos? ¿Cómo lo habrá obtenido? ¿Habrá sido un buen estudiante? Al parecer hay quienes que, al llegar a ser licenciados… dejan de ser personas.

– Veamos, página 183… aquí está. Terán Jorge, la lección. Pase al frente y explique acerca de las dos clases de conductores de la electricidad.

Jorge recitó de memoria, como al licenciado le gustaba: Los conductores eléctricos pueden ser… etcétera, etcétera.

– Muy bien,  tienes 20.

De pronto, Luis, el más aplicado del curso pidió la palabra: Licenciado, en el libro primeramente dice que hay dos clases de conductores y luego se refiere a tres clases, ¿no hay algún error ahí?

– Verás hijito, si así dice en el libro, es así y punto.

– Bien, ahora hablaremos acerca de la teoría de la Electrólisis, pongan eso de título  punto aparte: Hemos dicho que la corriente eléctrica…

Pasamos copiando más de 20 minutos, el dictado textual del libro.

Luis levantó la mano: Perdón licenciado, ¿qué es el grafito?

– Para tu información, aquí el que hace las preguntas soy yo. Si no sabes, consulta en los libros. Tarea para mañana, consultar sobre el grafito.

Otro compañero preguntó: ¿Y en qué libros podemos consultar?

– Verás, si te indico en qué libro consultar, ya no es consulta pues… en todo caso, eso pueden encontrar en cualquier libro.

Dijo “en cualquier libro”, ¿habrá en La Biblia, en La Divina Comedia, o en la Aritmética de Baldor? Después sacó del maletín unas hojas de papel periódico amarillas y con los filos rotos.

– Aquí le dejo al presidente del curso estas hojas para que saquen copias, son mis apuntes de la universidad, trátenlas bien, todavía me han de durar otros 10 años siquiera. Respondan las preguntas y resuelvan los problemas. Bueno, ya falta 5 para que se acabe la hora, hagan lo que deseen  pero en silencio, no vaya a venir el inspector.

Nos pusimos a conversar, a reír, a jugar, y a terminar el deber para la siguiente hora.

– Bueno, se acabó la hora. De pie, que voy a salir… López, irás a dejar el libro en la biblioteca.

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Muchos de nosotros hemos vivido una situación similar a la que relata David en su libro. Hace unos días comentábamos con un amigo sobre ciertos profesores que se portaron arrogantes con nosotros mientras caminábamos por la vida académica.

Al parecer, para muchas personas el tener un título académico se vuelve algo muy importante y hasta imprescindible, sobre todo cuando ese título les permite adquirir un puesto laboral en lo que les gusta. Pero también es cierto que mucha gente estudia bastante y luego termina trabajando en algo diferente a lo que estudió. En ambos casos pueden existir personas que logran ser exitosas, y otras no tanto. De igual manera, en ambos casos hay personas que destacan por lo bien que realizan su trabajo y con pasión por lo que hacen demuestran sus capacidades, mientras que otras con su arrogancia e inoperancia creen generar respeto, pero en mi opinión, generan rechazo e incluso miedo. Lo último es algo que se ha reflejado bastante en los sistemas educativos de nuestros países.

En mi opinión, estudiar sirve tanto en la formación personal como profesional. El conocimiento es importante para realizar un trabajo, pero creo que es más importante el tener las habilidades adecuadas para tratar a la gente, especialmente si nos referimos a los estudiantes. No tengo nada en contra de los profesionales que luego de terminar sus estudios se sienten orgullosos por las metas que han alcanzado, siempre y cuando ese orgullo les permita desempeñarse satisfactoriamente. Pero las experiencias vividas me invitan a pensar que algunos se hicieron profesores porque no tuvieron otra opción, y por lo tanto, no le ponen pasión a su trabajo, y en cierta forma se desahogan con los estudiantes por su “falta de suerte”. Por eso hacen su trabajo de mala gana. Y los profesores “más vivos” se aprovechan de su posición de profesores para sacar ventaja y abusar de los estudiantes.

A continuación comparto algunos relatos propios o de algunos amigos:

1)     En la primaria, en quinto grado (sexto de básica) para ser exacto, había un profesor que siempre nos enviaba de deber: 20 sumas, o 20 restas, o 20 multiplicaciones, o 20 divisiones, o la combinación que se le ocurriera de esas operaciones matemáticas. Al día siguiente, por cada respuesta equivocada en el deber nos daba con un palo en la mano. Recibí ese castigo varias veces… algunos compañeros lo recibían prácticamente a diario.

2)     Más adelante vi a un profesor recibiendo regalos de varios alumnos para poder pasar el año. Por cierto, la mayoría de esos alumnos no eran vagos, sino que el profesor se había asegurado de que todos tengan calificaciones pésimas para justamente sacar ventaja al final del año. He escuchado que de este modo hay profesores que piden licuadoras, libros, e incluso puertas, ventanas, y ladrillos para arreglar sus casas.

3)     Un profesor pedía $ 0.25 por cada página del examen (generalmente 3 – 5 páginas) en argumento de que él había tenido que pagar por esas copias. Curiosamente, en ese tiempo las copias solamente costaban $ 0.05 por página. Luego se nos informó que la institución daba a los profesores un monto de dinero para que adquieran las copias y demás materiales para los exámenes. El profesor se hizo el desentendido como que no le hubieran dicho nada. A nosotros como estudiantes no nos importaba pagarle por las copias siempre y cuando no nos metiera en problemas.

4)     En una ocasión, junto a otros compañeros, criticamos el bajo desempeño de una profesora. La razón de nuestra queja fue que dicha profesora impartía una clase técnica como si fuera dictado, y para ello utilizaba un libro de más de 20 años de antigüedad. A nuestro juicio, la profesora no estaba preparando las clases y solo llegaba a dictar. Consideramos que hacer un reclamo democrático era lo más justo ante esa situación. Para sorpresa nuestra, especialmente para mí, las cosas siguieron iguales. Las autoridades pusieron oídos sordos a nuestra solicitud y en mi caso particular por ser “el estudiante que lideraba la indisciplina” se me dijo: “Si no quieres estudiar aquí, ándate a otra institución”.

5)     En la universidad un profesor nos vendía algo a lo que él llamaba libro (que eran simplemente copias anilladas) en $8 y que se suponía era el texto de apoyo para la clase. Sin embargo, quienes no le compramos el libro (me incluyo) debíamos rendir los exámenes varios días antes que quienes si se lo compraron. De hecho, el tiempo para rendir el examen que se nos daba a quienes no compramos el libro era de 20 minutos, mientras que quienes lo compraron daban el mismo examen (nosotros les avisábamos las preguntas) en una hora.

6)     Otro profesor de la universidad con el que se suponía teníamos clases dos veces a la semana y de 1 a 4 de la tarde (3 horas al día), siempre llegaba a las 2 y se iba a las 3 o cuando mucho a las 3 con 15. Una vez nos dijo: “Es que Uds. son solo de primer año, por eso no quiero saturarlos de teoría, es mejor ir despacio y no darles tantas horas de clases”.

7)     En una ocasión mientras estábamos en clases de la universidad una compañera se dirigió a quien daba la clase de la siguiente manera: “Disculpe Ing., podría explicarnos nuevamente esto…”. Quien daba la clase guardó silencio un par de segundos y luego respondió con voz insultante: “Srta., me está bajando el sueldo o qué… soy Dr. y no Ing., tenga más cuidado para la próxima vez sí”.

8)     Una amiga de otra universidad me comentó que en una ocasión ella se dirigió de la siguiente manera a quien impartía la clase: “Profe, podría indicarnos que hay que hacer para…”. Y la respuesta fue: “Srta., aunque le cueste un poco más, soy Dr. y no un simple Profe, más respeto para la próxima vez”.

9)     Al estar en contacto con amigos y colegas he tenido la facilidad de comparar los sistemas educativos dentro y fuera de Ecuador. En varias ocasiones, por ejemplo, he revisado proyectos de graduación (tesis) de algunos de ellos. En algunos casos las sugerencias parecen ser de aceptación de los asesores de tesis. Pero igualmente, no falta algún “obsesionado” con sus métodos retrógrados que, cuando recibe algunas correcciones en la forma de escritura, análisis de resultados, e interpretación de datos, sale con (al estudiante): “Acaso Ud. se olvida que yo soy su asesor. A quien tiene que hacer caso es a mí”. Hubo una persona a la que incluso se le dijo: “Si no vuelve a poner las cosas como yo le había dicho, entonces no le firmo la tesis y no se gradúa”.

10)  En Ecuador, los profesores de instituciones públicas deben timbrar a la entrada y a la salida de sus labores. Pero no falta algún “vivísimo” que va en la mañana, timbra, se va, y regresa en la tarde para timbrar nuevamente. Otros incluso se dan el lujo de timbrar hasta los sábados para aparentar que si trabajan arduamente.

Hablaba sobre esta temática con un profesor de una universidad y me decía: “a) Es que después de tanto sacrificio uno por lo menos merece un trato preferencial que haga valer el trabajo hecho, b) A los estudiantes hay que tratarlos con dureza, si no lo hacemos no nos respetan”. En relación al primer punto, estoy en desacuerdo por el hecho de que esta persona utilizó la palabra “sacrificio”, pues considero que sacrificarse es hacer algo en contra de nuestra voluntad. Estudiar requiere de dedicación y mucho esfuerzo, pero no es un sacrificio. Pero lo más importante, pienso que a los estudiantes no hay que tratarlos con dureza para ganarse su respeto. Considero que cada persona se gana un trato especial pero con hechos, con la forma en la que tratamos a las personas, con liderazgo motivacional (especialmente cuando se trabaja con estudiantes), y con resultados. Las personas nos aprecian por lo que aportamos y no porque hayamos obtenido un título académico. Con respecto al segundo punto, y con base en mi limitada experiencia en docencia, considero que muchos profesores (y la mayoría de estudiantes) confunden “respeto” con “miedo”. Sin darnos cuenta, creamos temor en los estudiantes y por eso ellos se acostumbran a tratar a los maestros como Lic., Ing., M.S., o Dr. pues creen que es una “obligación” hacerlo.

Estoy de acuerdo que los profesores traten a los estudiantes por el nombre. Pero me gustaría ver el día en el que los estudiantes también puedan tratar a los profesores únicamente por su nombre: Juan, María, Miguel, Paola, Andrés, Julio, Enrique… sin necesidad de anteponer el título profesional. Esto lo digo porque considero que un título académico no hace que unas personas sean superiores al resto, sino que muestra simplemente que los profesores tuvieron la posibilidad de estudiar algo y que luego tienen la oportunidad de compartir su conocimiento con las nuevas generaciones. No creo que un profesor deba sentirse superior a un estudiante por el hecho de tener un título académico, ni tampoco creo que el estudiante debería sentirse inferior por la misma razón. Además, pienso que no debería haber un trato preferencial solo por tener un título académico. En este sentido, respeto y admiro mucho el sistema americano. Aquí puedes tratar por el nombre prácticamente a todos… no importa si es la Sra. que hace la limpieza, tu compañero de clase, tu asesor de tesis, o el decano de la facultad. Aquí simplemente tratas por el nombre: Michael, John, George, David, Daniel, Lory, Jaci, Melissa,… y con un respeto admirable. Es un ambiente en el que da gusto trabajar porque se puede percibir que “todos somos iguales”.

En mi área de trabajo también tenemos la oportunidad de compartir experiencias con los agricultores, algunos de ellos de áreas rurales con limitaciones económicas y poco acceso a educación. He visto casos en los que los agricultores saludan a los Ing. que los visitan (en proyectos agro-pecuarios) casi con reverencia, y ante-poniendo el título al nombre en cuanto al trato se refiere. De hecho, en muchos casos solamente se utiliza el título para referirse a una persona en particular: “el Ing., la Lic., el Dr., etc.”. Quiero creer que también podemos enseñarles a los agricultores a que el trato debe ser por el nombre, pues insisto, un título académico no hace superior a nadie. Esto también lo menciono porque en nuestros sistemas educativos estamos enseñando a los estudiantes a sobrevalorar la obtención de un título académico y a convertirse, en cierto modo, en personas arrogantes. A continuación unos ejemplos:

1)     En el 2010 y 2011 tuve la oportunidad de visitar Ecuador. Durante la visita pude entrevistarme con algunas personas de nuestras universidades y me sorprendió ver que la mayoría utilizaba su título para presentarse, por ejemplo: “Buenas tardes, soy la Ing….., encargada de…”. “Buenos días, soy el Dr…., coordinador de….”. “Mucho gusto, soy el Ing…. representante de…”. Repito nuevamente, me sorprende que el título académico tenga tanta relevancia para la ejecución de nuestro trabajo. Y quizá sin quererlo, estamos transmitiendo ese mensaje a nuestros estudiantes.

2)     Un colega fue contratado como asistente de cátedra en una universidad apenas después de terminar su Ing. Uno de sus estudiantes me comentó que durante una clase hizo una pregunta sobre el tema de clase, algo así: “Entonces, ¿Cómo funciona esto…?”. El colega respondió: “Entonces, ¿Cómo funciona esto… qué?”. El estudiante replicó: “No entiendo”. Y la respuesta que recibió fue: “Entonces, ¿Cómo funciona esto… Ing.? ¡Aunque le cueste un poco, no se olvide que ya soy Ing.!”.

3)     Una de mis colegas trabajó como coordinadora de un proyecto agrícola y tenía a su cargo un grupo de personas –la mayoría de ellos recién egresados de una universidad local– quienes se encargaban de las visitas a los agricultores de zonas rurales y de la coordinación de las actividades con ellos. A mi amiga le sorprendió que una de las personas bajo su supervisión un día le dijo: “Podría explicarme ¿por qué debo ir al campo a hablar con agricultores si yo ya soy Ing.?”.

Creo que el trato por título es algo arraigado en nuestra cultura, y la mayoría lo hacemos de forma rutinaria pues es una costumbre. Pienso que debemos considerar cambiar eso, pues nuestra capacidad la debemos demostrar con resultados y el respeto debemos ganarlo. Esto no debe ser un reflejo únicamente de un título académico.

Ahora bien, Ecuador está viviendo un cambio de grandes magnitudes en el sistema educativo. Para muchos (me incluyo) el cambio es positivo, pero para otros puede no ser así. Por décadas se permitió que los profesores sigan siendo profesores sin mayores requisitos y no se les exigió que se actualicen en sus conocimientos. Era típico (lo viví) ver a los profesores utilizar los apuntes de cuando ellos eran estudiantes (años y décadas atrás) para impartir las clases y utilizando las mismas metodologías retrogradas que ellos aprendieron (que inculcaban miedo). Creo que el cambio se está dando en una dirección positiva y que las evaluaciones al sistema educativo son necesarias. De hecho, pienso que estas evaluaciones deberían ser incluso más estrictas y más serias. Sugiero que se incluya a los estudiantes en los procesos de evaluación de desempeño de los profesores. Un profesor, quizá sintiéndose perjudicado por los cambios que se están dando, me mencionaba: “Al fin y al cabo las matemáticas han sido las mismas siempre. Este presidente nos está amargando la vida a un montón de los que nos dedicamos a la docencia”. Lo cierto es que esta persona no se actualizó en sus conocimientos ni en su metodología de enseñanza.

En el Ecuador y en nuestros países latinos necesitamos profesores dinámicos, que sepan impartir clases y que lo hagan de tal modo que el estudiante se sienta motivado a aprender. Los profesores deben también ser educadores fuera del aula. Un buen profesor, en mi opinión, es aquel que actúa como mentor de sus estudiantes. Una profesora de cierto colegio me decía: “Es que si una como mujer da señales de debilidad, los estudiantes abusan”. Yo no creo que esto tenga que ver con ser hombre o mujer, sino con la forma en la que se realiza la labor de enseñanza. En mi carrera académica he tenido múltiples profesores de diferentes nacionalidades, y tengo especial agradecimiento por el conocimiento que supieron transmitir. La mayoría de experiencias son positivas. También agradezco mucho por la amistad compartida y los consejos que supieron darme fuera del aula de clase. Pero recuerdo de manera especial a una profesora de secundaria. Fue nuestra profesora de Química en cuarto y quinto curso de colegio. Ella nos tomaba exámenes todos los días que teníamos clases, lo cual prácticamente era a diario, pues en ese entonces se manejaban las especialidades y la nuestra era Química y Biología. Llegábamos a tener más de 20 exámenes al mes. Contrario a lo que algunos puedan pensar, nosotros nos sentíamos muy a gusto con ella. No necesitaba levantar la voz ni enojarse para que la respetáramos. De hecho, las clases siempre fueron dinámicas, alegres y con absoluta libertar para que los estudiantes comenten y hagan preguntas. Incluso los colegas que solían tener más dificultades académicas rendían arriba del promedio en esta clase, pues había motivación para estudiar. De hecho, cuando nos asignaron otra profesora en sexto curso pedimos que no lo hicieran, pues queríamos continuar aprendiendo de una persona con la que cada día era una experiencia nueva en cuanto al aprendizaje y sobre todo, a la forma como nos impartía las clases.

Quienes tenemos la oportunidad de realizar docencia, especialmente aquellos que hemos vivido experiencias nuevas fuera del país, debemos transmitir actitudes positivas para que nuestros profesores continúen mejorando no solo en sus conocimientos, sino en sus metodologías de enseñanza. De esta forma podremos potencializar aún más los cambios positivos que se están implementando para formar profesionales más capacitados y que tengan mejores herramientas para enfrentar los retos actuales y futuros. Así como hay algunos profesores sin vocaciones para ser docentes, Ecuador tiene muchos más que si dan la talla. Debemos apoyar y potencializar el accionar de los buenos docentes para que las artes, la ciencia, y el deporte repunten a niveles más altos en nuestro país.

Esta es simplemente mi opinión.

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