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¿El planeta de los simios?

Por: Carol Murillo Ruiz

La saga de ciertas películas llega cuando el mundo parece vivir el apocalipsis. La última entrega de “El planeta de los simios: la guerra” se estrenó este año y atrapa a millones de espectadores con la misma trama de hace casi cinco décadas: la condición humana no ha cambiado a pesar de que –en la película y en la realidad- esa condición de violencia extrema ha destruido la tierra. Los simios continúan siendo los sobrevivientes más aptos y su organización interna como especie sobresale en paz, indulgencia y evolución frente a lo que queda de los humanos en la tierra.

La película también me atrapó en un cine de Quito y su fluorescencia me atosiga por una cuestión obvia que la cinta impone: respirar el presente. Así, hoy en cada noticia sobre guerras, genocidios, desastres naturales, crímenes terroristas y gobiernos títeres se halla el absurdo de una humanidad que parece no haber aprendido nada después de milenios de vidas y muertes masivas. Pero quizá, lo más decidor, es que la puesta en escena de un tema tan viejo usa la tecnología y todos sus recursos de impacto visual y estético para exhibir el bien y el mal impecablemente: la humanización de los simios y la irracionalidad humana. O, acaso, la imitación del mal en determinados simios por influjo de los hombres.

Alguna vez un científico escribió que sería pasmoso y sofocante que solo el planeta tierra estuviera habitado por seres inteligentes; pero también acotó lo aterrador que sería saber de la existencia de vida más inteligente en otro planeta. Hasta donde sabemos los simios, en la tierra, sin ser más primitivos, han asumido la disyuntiva moral de lo bueno y lo malo… y son más inteligentes…

Los simios de la película (gorilas, orangutanes y chimpancés) logran con el paso del tiempo jerarquizar su especie con un pacto de autogobierno que los regula a pesar de la simplicidad social que aún soportan. Su organización es similar a la de los hombres y los líderes no faltan para bregar, mediar o afrontar conflictos que vienen de compartir un planeta con los hombres, a veces mutantes, que han resistido para recuperar frenéticamente “su” planeta. El dilema moral, un asunto solo humano, se supone, nunca se lo plantean los hombres que quieren –e intentan- acabar con los simios, por el contrario, se lo plantea su líder César y en torno a sus pasiones gira la última película en la que se desata una guerra a la vez ruin y sofisticada, pues hasta la naturaleza desprecia a los hombres en la escena de una avalancha de nieve que acaba con ellos.

Al salir de la sala pienso cómo es que un asunto tan espinoso se arma en una película que sigue la ruta del bien y del mal con ribetes ligerísimos pero potentes de ideología pura y dura. Quiero decir: lo bueno y lo malo son tan irrefutables –en la cinta- que fácilmente se puede escoger a los simios como modelos morales y políticos. Pero su fealdad, su sombra evolutiva, su vida en árboles y bosques, hacen resaltar la belleza, poder e inteligencia de los humanos. Lo que entra en duda si se recuerda aquella frase idealista que dice que ‘el hombre no desciende del mono pero se lo merece’.

Quito, 11 de septiembre de 2017.

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