Puntos culminantes del papado (II)

Por: Rodolfo Bueno 

El emperador Federico II se cría en Palermo, donde las culturas musulmana, bizantina y europea se entremezclan y mantienen contra el papado una lucha sin cuartel. Habla y escribe cultamente en siete idiomas, por lo que lo llaman stupor mundi, el asombro del mundo, que lo dice todo.

En 1220, a la edad de 25 años, el Papa Honorio III lo corona emperador del Sacro Imperio Germánico Romano; a cambio, él debe ceder derechos en Sicilia, perdonar las deudas de la iglesia y comandar una cruzada para liberar Jerusalén, ocupada por impíos. Lo excomulgan por no cumplir este último compromiso. El Papa Gregorio IX lo llama anticristo y convoca a una cruzada en su contra, que no cuenta con el respaldo de los monarcas europeos.

Para cumplir la palabra empeñada, en 1228 parte para Tierra Santa. Gregorio IX se encoleriza, pues no concibe que la lucha contra los musulmanes la encabece alguien que ha sido excomulgado y que no le pide autorización para ello, por lo que nuevamente lo excomulga.

Federico II, que a la sazón está casado con la princesa Yolanda, heredera del reino por conquistar, negocia con los musulmanes y en 1229 es reconocido rey de Jerusalén. Ante este anatema, Gregorio IX monta en cólera infinita, no puede aceptar que en lugar de pelear por la fe, parlamente con el enemigo de Dios.

Pero los innegables éxitos del emperador conminan al Papa a firmar la paz en 1230. Los múltiples problemas que surgen en Italia obligan a Federico II a abandonar la cruzada. Luego de retornar y derrotar en la batalla de Cortenueva al ejército de los aliados del Papa, es nuevamente excomulgado. El Papa convoca a un concilio para deponerlo; Federico II impide su realización encarcelando a un centenar de delegados. Gregorio IX fallece.

Deviene un breve período de paz en el que Federico II funda la universidad de Nápoles, que ahora lleva su nombre, reedita el derecho romano, acuña las primeras monedas de oro del imperio, abole leyes aduaneras que obstaculizan el comercio y faculta la elección de representantes a los consejos de las ciudades.

El nuevo Papa Inocencio IV, su enemigo acérrimo, por temor se refugia en Francia, convoca al concilio de Lyon, que depone al emperador excomulgándolo a él y cualquiera que lo apoye, y dispone que desde todo púlpito se predique en su contra.

Desde entonces, Federico II mantiene una guerra encarnizada y violenta en contra del papado e incluso planifica fundar una nueva religión cristiana, pero en 1250 la muerte sorprende a este autoritario gigante del Medioevo.

Felipe el Hermoso y Bonifacio VII

Dante bien pudo escribir acerca de Bonifacio VIII, el último Papa que intenta imponer la autoridad eclesiástica sobre los monarcas, «mi pluma lo condenó», porque en la Divina Comedia, escrita en el 1300, tres años antes de que muera este Papa, del que era vox populi que sacaba buen provecho de la compra de la silla de San Pedro, lo pone patas arriba en el infierno.

La confrontación se da cuando el rey Felipe IV, el Hermoso, decreta un impuesto al clero de Francia. Bonifacio VIII emite una bula en la que prohíbe, bajo pena de excomunión, que sin su consentimiento se pueda cobrar impuestos a los miembros de la iglesia. Felipe IV responde bloqueando las exportaciones a Roma. El papa cede.

Poco después, Felipe IV acusa de traición a Bernard Saisset, obispo de Pamiers, y ordena su detención. Con este acto pretende imponer su autoridad sobre los miembros de la iglesia, que solo aceptan la del Papa. Bonifacio VIII emite la bula, «escucha hijo», que es quemada por orden del rey y que además hace circular una falsa. El Papa responde convocando a un concilio que debe condenar a Felipe IV por abusos en contra de la iglesia. El rey acusa al Papa de herejía y simonía y prohíbe al clero francés asistir al concilio. El Papa emite una bula en la que sostiene que su autoridad es suprema y que todo hombre, para salvarse, le debe obediencia. Felipe IV ordena capturar al Papa y trasladarlo a París para ser procesado.

Buscando protegerse, Bonifacio VIII se traslada a Anagni, desde donde piensa emitir la bula de excomunión contra Felipe IV, pero durante tres días es secuestrado y humillado por las fuerzas del rey en la residencia papal de esta ciudad. El pueblo de Anagni se rebela y Bonifacio VIII, luego de ser liberado, huye a Roma, donde fallece poco después; con él muere también la tesis del dominio universal de la iglesia y triunfa el poder de las recién nacidas monarquías nacionales de Europa.

Más adelante, Felipe IV se las amaña para tener bajo su férula al papado. Para ello, Guillermo de Nogaret, su consejero real y uno de los personajes más siniestros de la historia, envenena al siguiente Papa, Benedicto XI.

En 1305, luego de once meses de intensas disputas, el cónclave de Perugia nombra papa al arzobispo de Burdeos, quien toma el nombre de Clemente V y traslada su residencia a la ciudad francesa de Aviñón. Este Papa es tan sumiso al rey que nombra cardenales del círculo real y bajo su pontificado es eliminada la orden de los Caballeros del Temple, que con las armas defendía la religión.

Los Templarios

Toda la historia de los templarios transpira por doquier mitos y leyendas; se trata de una orden sacerdotal y militar que rinde cuentas solo al Papa y cuya misión es defender a los cruzados de los múltiples peligros que los acechan en su ruta a Jerusalén.

En poco tiempo se convierte en una poderosa organización de combate, la primera en el ataque y la última en la retirada.

También administra tan eficientemente los bienes que le encargan los cruzados que cuando ellos retornan los encuentran fructificados; además, crea un sistema semejante al bancario. En esa época, la orden del Temple es más rica que el mismo Felipe IV, pese a que sus miembros cumplen rigurosamente el voto de pobreza al que se sometieron al ingresar.

Felipe IV, que siempre ha reinado con premuras económicas, quiere entrar al Temple para controlar sus riquezas. Su compadre, Jacques de Molay, el último gran maestre de esta orden, le indica que debe iniciarse como aprendiz. Pero como al rey le falta tiempo y dinero, habla con Clemente V, que le debe el papado; lo que se hace igual se deshace, dicen que le responde el Papa.

El viernes 13 de octubre de 1307, los templarios son simultáneamente arrestados para ser sometidos a torturas bárbaras con el fin de que confiesen supuestos delitos; desde ese entonces, el viernes 13 es considerado día de mal agüero. Se cuenta que en la noche de la Candelaria de 1314, cuando de Molay es quemado vivo frente al Louvre, ve que Felipe IV y Clemente V se regocijan de su ejecución; entonces, los maldice a todo pulmón y los conjura para que antes de un año se encuentren ante el Señor para que Él juzgue quién es culpable y quién inocente. Cierto o no, los maldecidos mueren antes de ese plazo.

La Iglesia se queda sin cabeza hasta que Felipe V, hijo de Felipe IV, en 1316 encierra a los cardenales en Lyon y los alimenta con pan y agua hasta que elijan papa. Durante el cónclave le da patatús al cardenal Jacques Duèze, de edad muy avanzada para la época, por lo que los demás cardenales, para zafarse del encierro, lo eligen Papa; pero se equivocan profusamente porque Juan XXII, nombre que toma el nuevo papa, gobierna en Aviñón durante dieciocho años.

La maldición del último templario surte efecto sobre la dinastía de Felipe IV, cuyos hijos no dejan heredero legítimo al trono de Francia, y sobre la Iglesia católica, que se vuelve bicéfala, o sea, que tiene dos papas, uno en Roma y otro en Aviñón. Este cisma dura hasta que el concilio de Constanza, en 1417, nombra papa único a Martín V.

El Concilio de Constanza

Para la iglesia no le es fácil zafarse del Gran Cisma, o sea de tener dos representantes terrenales de Dios, uno en Roma y otro en Aviñón. Imagínense el galimatías ecuménico, durante cuarenta años un Papa nombra cardenales de su entorno, emite excomuniones y bulas, que se contradicen con lo que decreta el otro; todos los reinos europeos sin saber a quién obedecer espiritualmente; unos teólogos con Santo Tomas y otros abandonados a la bartola. Esto se debe resolver a como de lugar.

Hubo varios concilios fallidos antes del de Constanza, en uno de ellos se declara herejes a ambos papas y se elige a Baldassare Cossa, o sea a Juan XXIII. Pero el remedio resulta peor que la enfermedad, pues el Papa electo tiene antecedentes de corsario y no goza de buen predicamento ante nadie, por lo que los pontífices depuestos lo desconocen y el galimatías se triplica, y ahora hay tres papas.

Con este embrollo de preámbulo, el emperador Segismundo y Juan XXIII convocan al concilio de Constanza, que depone al papa, lo declara antipapa y en 1417 nombra sucesor a Martín V. Este concilio, a pesar de concederle salvoconducto, condena a morir en la hoguera a Juan Hus, un discípulo del reformador Wycliff, cuyos huesos se desentierran y se queman junto a sus escritos, por haber sostenido en vida que el papa es el anticristo. El martirio de Hus da inicio a la rebelión de los husitas, que es la mecha de la Guerra de los Treinta Años, la más atroz de la historia.

Tantos cátaros, templarios, husitas, brujas, herejes y libres pensadores quemados vivos trae cola sulfurosa. Sus inocentes espíritus claman por justicia y cien años después del Concilio de Constaza la maldición del último maestre del Temple resucita y actúa sobre la iglesia, que se divide definitivamente al nacer en Alemania el protestantismo, luego de clavar Lutero en la puerta de la iglesia de Wittenberg, en 1517, sus 95 tesis.

Si bien la razón de este movimiento es religiosa, pues se opone a la pretensión del papa de ser el representante de Dios, también es cierto que detrás de este escudo está el interés económico de los reformadores, a los que disgusta que no les quede un ápice de los ingentes recursos generados por la venta de indulgencias, mamotreto creado para financiar la construcción de la Basílica de san Pedro.

Pero nada es perfecto en la viña del Señor y con la idea antojadiza de que cualquier perico de los palotes puede predicar luego de leer la Biblia, nacen los más de cinco mil credos protestantes que se desperdigan por todos los rincones del planeta.

Benedicto XVI y Francisco

Estos relatos no se hacen con la intención de echar lodo sobre la Iglesia Católica, que siempre tuvo miembros probos y sobre los cuales se escribirá en su debida oportunidad, sino para que se pueda juzgar objetivamente el crucial instante que ahora vive.

Con respecto a las acusaciones que se hacen en contra del Pontífice reinante sobre su actuación durante la dictadura argentina, se debe poner en claro que incluso el sacerdote Jalics, sometido a duras torturas durante ese régimen, ha negado que el Papa lo hubiera denunciado a él o a su amigo. Declaró tajantemente: “El hecho es: el padre Bergoglio no denunció a Orlando ni a mí”.

Es imposible ponerse en el lugar en el que el Papa estuvo, sin aceptar que en Latinoamérica jamás se dio algo tan cruel como esta dictadura instaurada por los EE.UU. Si él hubiera sido radical, lo habrían arrojado vivo desde un helicóptero o asado a la braza, y si hubiera tenido solo una pizca de radical, no habría llegado adonde llegó; por eso hay que dar tiempo al tiempo y no dar palazos de ciego, tener paciencia porque amanecerá y veremos, además, él no la tiene nada fácil: debe cortar por lo sano y limpiar las acusaciones de homosexualidad y pedofilia que recaen contra solo una minúscula parte de sacerdotes católicos, y lo más complicado aunque no imposible, combatir la corrupción en el manejo mafioso de la economía del Vaticano, porque es bien conocido que por la plata baila el perro y por el oro perro y perra, y en sus arcas hay mucho oro. Sería un verdadero milagro que la banca de la iglesia, inmersa en la banca internacional, controlada por la podredumbre de las grandes potencias, que incumplen los mandamientos no robar y no matar, no se hubiese contaminado.

El Papa Francisco debe hacer suyas las palabras de su predecesor, Benedicto XVI, quien sostuvo: «Jesús fue enviado por Dios para salvarnos de ese mal profundo, arraigado en el hombre y en la historia, que es la separación de Dios, el pretencioso orgullo de actuar por sí solo, intentar competir con Dios y ocupar su puesto, decidir lo que es bueno y es malo y ser el dueño de la vida y de la muerte», que es lo que a diario hacen las potencias imperiales al agredir a los pueblos en busca de arrebatarles sus riquezas y diseñar un sistema que está acabando con la vida, la más hermosa obra del Creador.

Por lo pronto, el Papa Francisco ha comenzado con pie derecho al pedir perdón en nombre de la Iglesia «por no haber hecho lo suficiente» y canonizar a una de las víctimas de la dictadura argentina.

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