Por: Rodolfo Bueno

¿Soy creyente?, debería preguntarse todo ser humano. Aunque lo cierto sea que creer es insignificante en comparación con el Saber. Uno jamás plantea dudas sobre absurdos como si en el Sol nadan peces de oro que comen lechugas de plata, porque se está seguro de que eso no puede ser, pero sí las plantea sobre la esencia de Dios y la realidad de su existencia, preguntas fundamentales que por la superficialidad de nuestro pensamiento nunca son tratadas con profundidad, pues es de sabios ignorar la verdad y lo esencial no ha sido descubierto todavía.

Lo cierto es que para toda religión, Dios es la razón evolutiva del universo y le dio talento al hombre para que colabore en conservar su creación y actúe sin temor en esta empresa; para lo cual debe comprender sus leyes, huellas de la Inteligencia divina. Eso es lo que debería pensar un religioso que ha estudiado profundamente la matemática, para no magnificar las tesis de los científicos. Por otra parte, si un científico es sincero y no sobredimenciona su saber, debe tratar seriamente los misterios del universo. ¿Cuáles? Entre otros tantos, la aparición del mundo y su evolución.

La cosmovisión de la ciencia se empobrece por no aceptar al demonio de Maxwell, lo único que podría explicar racionalmente estos fenómenos, ya que el crecimiento de la entropía, la formación del universo, la aparición de la vida, el desarrollo de las especies, incluida la nuestra, tienen muy poco en común y, más bien, se contradicen. No existiríamos de no haberse producido el Big Bang, pero esta explosión tampoco puede explicar por sí misma nuestra existencia.

Se dice que el Big Bang sólo enseña que el universo se expande y que eso nos impide especular más allá de lo que este hecho implica. Sin embargo, es falso sostener que el universo se expande y más falso, todavía, que eso es lo que muestran las observaciones actuales. Y cualquiera se debería preguntar; ¿Actuales? Y caer en cuenta de que se observa lo que pasó hace miles de millones de años y se ignora lo que sucede en el universo en este instante, pues si se mira la foto de alguien haciendo algo, eso no significa que lo continúe haciendo, a menos que todo permanezca inalterable.

Si la teoría del Big Bang fuese verdadera y el tiempo tuviera un inicio, no habría cómo especular sobre su eternidad. Por otra parte, el Big Bang y nuestra existencia son mutuamente contradictorias, porque el tiempo es un instante demasiado pequeño de la Eternidad, en cuyo decurso es imposible que se dé nuestra existencia. Si los quince mil millones de años, que hay desde el inicio del Big Bang, fuesen el equivalente a la billonésima parte de un segundo, el tiempo transcurrido desde entonces, medido con esta pequeñísima escala, sería insignificante en comparación con la inimaginable magnitud necesaria para que se forme el universo por el azar simple y puro.

Pero el universo y la vida se formaron, la prueba de ello es que existimos. Eso no se discute. Claro que se formaron, pero eso no explica nada, porque su formación y su evolución no pueden ser medidas con ayuda del tiempo, que en el caso planteado es un infinitésimo. La vida del universo es demasiado corta para que en ella quepan las condiciones que permitieron que ahora se debata este problema.

Sucede que es imposible imaginar cómo se concatenan el Big Bang y la formación del mundo y todavía no hay quien lo entienda por más que se lo investigue sin resultados, pues se ignora la ley que los vincula. El azar es sólo la constatación de nuestra ignorancia y por sí mismo no explica nada. Pero como existimos y, se recalca, no por casualidad, la desconocida ley que causa y regula todo tiene un contenido que se discutirá sin fin y sin que se pongan de acuerdo los científicos, que rechazan cualquier explicación que contenga visos de esoterismo.

¿Esoterismo? ¿Acaso no huele a eso brujería? ¡No!, eso significa que no se ha podido desentrañar la interioridad de las cosas, ya que se debe ver con la imaginación si uno se quiere acercar al conocimiento profundo del Todo, pues es insignificante lo que los sentidos perciben. O bien, el azar rige la formación del universo y todo lo que Es no pudo ser o el azar no lo rige o, mejor todavía, no existe; entonces, alguna Ley o Alguien debe regular la evolución del universo para que pudiéramos llegar a Ser.

¿Alguien o alguna Ley? Suena intrigante. Sí, porque uno de ellos es necesario para eliminar la incompatibilidad de lo existente con el azar puro. ¿Con lo poco probable, tal vez? ¡No! Más bien, con lo absurdo, porque si se toma en cuenta exclusivamente el azar es mucho más probable que un bacalao seco nade libremente por los océanos a que se mantenga este diálogo, a menos que todo esté orientado desde su mismo inicio.

Lo antedicho sugiere que lo existente es la manifestación suprema de una evolución orientada, se supone por el demonio de Maxwell. Ahora bien, se debe desatar este nudo gordiano, ¿qué demonios es este demonio? Ese nudo no es tan difícil de desatar. Imagínate que juegas una partida de dados, cuyo ganador es el que en cien lanzadas obtenga la mayor cantidad de veces el número seis. Cada vez que tiras el dado y no va marcar seis interviene el diablo y con su tridente lo voltea para que caiga seis; supón que se repite lo mismo las cien veces que juegas. Ahí tienes la respuesta.

Si eso pasa, te caen a patadas; aunque si se trata de entender, lo que se dice equivale a sostener que alguien no sólo juega con nosotros sino que hace trampa con dados cargados, que todo está predeterminado desde su mismo origen. Pero no hay que quedarse con la boca abierta ante este descubrimiento y exclamar: ¡Dios mío! ¡Todo está predeterminado! ¿Pero por quién? No se sabe. Tal vez por lo que llamamos Dios, aunque eso no sea realmente lo importante sino que ese Alguien se encuentra en el centro del Universo, en la Razón profunda de nuestra Mente. Lo único importante es que haya lugar para la Fuerza Vital que da ánima a la naturaleza, el demonio de Maxwell, que bien puede ser llamado el único mito científico de Occidente.

Se mezclan los mitos con las ciencias para que nos ayuden a conocer un mundo que se da en infinitos planos convergentes, pero como ninguno de ellos es posible abordarlo en su totalidad, nos queda únicamente fascinarnos por la belleza de su sencillez intrínseca, lo que nos convierte en científicos o en artistas. Es que para comprender este mundo no hay otro camino que empobrecer la realidad mediante su simplificación. Esto es lo que pasa en la matemática, en la música y en todas las ramas del saber humano.

¿Dónde queda entonces la teoría del Big Bang, según la cual las galaxias se separan con velocidades crecientes, lo que conlleva a que algún día terminemos flotando solitarios en un espacio completamente vacío? La respuesta es simple. Así miente la gente docta. Esta peregrina idea es parte de la estupidez humana, alguien la formuló y el resto la repite sin pensar, por absurda que fuera. Y te preguntarás: ¿Absurda? ¿No es acaso eso lo que nos muestran las observaciones? ¡No!, no es así. ¿Acaso lo observado debe tener una explicación única? Y si mañana los planetas se alinearan, ¿qué se vería con posterioridad? Que se alejan mutuamente. O sea que las galaxias se alejan sólo en apariencia, pero en la realidad giran alrededor del centro del universo con diferentes velocidades tangenciales.

Entre éstas y las otras, si esta doctrina herética fuera cierta, habría suficiente material para condimentar con ella una novísima teoría científica. Tal vez, querido amigo, he roto tus esquemas mentales, te haz quedado anonadado y ya no sabes en qué creer. La respuesta es simple: Cree no sólo en la razón sino en lo que hay en lo más profundo de tu ser, en tu intuición, y elévate a las alturas donde nada ni nadie obstaculice lo eterno que hay en ti; usa tu inspiración para buscar la Verdad, tu imaginación para plasmarla en realidad y tu inspiración para encontrar el Amor. ¡Trasciende e impulsa tu desarrollo de manera que vivifiques tu espíritu; obedece a tu destino, y así arribarás a puerto seguro. Por último, ama lo que sabes, ese es tu único bien indestructible, sólo de esa manera amarás a la vida y a todo lo existente.

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