Por: Dr. Pedro Reino Garcés
Historiador/ Cronista Oficial de Ambato
Legados e ideas vistas con perspectiva de trascendencia
Para ser más exactos, don Juan León Mera Martínez (1832-1894), según una carta fechada desde Ambato, un 25 de junio de 1875, dirigida al Dr. Tomás Rendón Solano que vivía en Cuenca, le comunicaba:
“Acabo de dar los últimos toques a mi nueva novela, Cumandá o un drama entre salvajes. Todavía le daré otro repaso; luego haré un rollo del manuscrito, le ataré con una pita y arrojaré al fondo de la papelera, donde le cubrirá el mismo polvo que a Los Novios de una Aldea Ecuatoriana. Quizá algún día tocará en nuestra patria la trompeta del juicio literario, y esas obrillas resucitarán de entre los muertos. Como quiera que sea, el escribir mi Cumandá me ha proporcionado algunas horas de distracción en medio de mis tareas gubernativas y del desabrido modo de vida que me llevo por estas tierras. Pensé escribir hoy a nuestro excelente amigo el Dr. L. Cordero, mas el tiempo me viene estrecho…”
Esta carta publicada en el libro: Juan León Mera, Íntimo, de autoría de Wilson Vega, 2007, da la medida de las dificultades, de las postergaciones y de las incomprensiones que soportamos los escritores en todos los tiempos. (Ni siquiera hoy hay una asignación presupuestaria para imprimir una conferencia. ¡Qué vergüenza!)
Con la distancia del tiempo, después de 143 años de haber escrito su carta envuelta en el pesimismo, relativa a la noticia de que está dando los últimos toques a su novela, la que le habría de dar una de las mayores glorias, venimos a rememorar sus inquietudes bajo la perspectiva de la “trascendencia”, según se me ha pedido que realice esta intervención.
El caso es que diez años antes, don Juan León ya había escrito la letra del Himno Nacional (1865), y diremos que habían pasado ya 9 años desde que se lo cantaba con la música que compuso Antonio Neumane en 1866. ¿No le dio fama este suceso? ¿Acaso todavía no era un mimado de las letras para que haya opinado que su novela podía ir a parar en el fondo de la papelera, en los soberados de esta misma casa, donde estamos ahora? ¿Fue solo un decir epistolar, una queja de su ego, o una realidad dura como la que soportamos todos los escritores en términos que somos incomprendidos por quienes manejan el poder y los presupuestos? “¿algún día tocará en nuestra patria la trompeta del juicio literario?”. En 150 años las cosas siguen igual.
Mera trasciende, indudablemente, por la autoría de la Letra del Himno Nacional escrito en 1865; y luego por todo lo que hace con el arte que adorna su espíritu inquieto. De esta fecha a este año de 2018 han pasado 153 años. Un dato olvidado es que el sargento Mayor Juan José Allende “presentó al Congreso una composición musical de su autoría con una letra compuesta por Olmedo”. Se evidencia que este proyecto no tuvo aceptación. ¿Por qué en algunos libros dicen que Allende ya había ensayado su música con la letra de Mera? Nos preguntamos entonces, ¿Por qué pasó a tener aprobación la letra de Mera cuando se lo peticionó por intermedio del Dr. Nicolás Espinoza?
Y a propósito, ¿quién es el doctor Nicolás Aurelio Espinosa y Espinosa de los Monteros? (1831 – 1898). Es el hermano del Dr. Javier Espinosa y Espinosa de los Monteros que llegó a la presidencia del Ecuador. El padre de estos dos políticos se llamó también Manuel Espinosa, muerto en 1844; y su madre fue doña Petrona Espinosa de los Monteros (1800 -1843). El coetáneo de don Juan León era un médico raro que practicaba lo que en medicina se llama el método “dosimétrico” inventado en Francia “que consistía en administrar al organismo pequeñas dosis de veneno para inmunizarlo contra los venenos. El caso es que cuando el propio médico murió, descubrieron “más de cien frasquitos vacíos” con los que pretendió curarse de un tumor de esófago, que por haberlo ingerido le llevaron a la tumba”, cuenta Rodolfo Pérez Pimentel en su Diccionario Biográfico Ecuatoriano.
Mera ya era una figura política de respeto, puesto que ocupaba la secretaría del Senado. Si se jugó la carta de la coyuntura política, bien por nosotros. Haberse impuesto sobre la fama que gozaba Olmedo, -toda una odisea política para Mera- habría sido un desatino para el criterio de los intelectuales que a la época creían en las odas a la guerra y a la exaltación a esos adulos a la barbarie humana. Ni siquiera Bolívar aceptó de buen agrado el Canto a la Batalla de Junín. Y claro, Flores debió haber sentido sus lisonjas con agrado cuando le dedicó la Oda a Miñarica.